Aunque sea de maestro

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“Aunque sea de maestro” así contestó cuando le preguntaron qué haría al terminar la universidad, si pensaba ejercer su carrera de inmediato pues no había muchos lugares donde emplearse. El chico dijo que ya sabía que sería complicado pero que buscaría la manera de emplearse mientras encontraba un lugar digno para demostrar su preparación de años en un espacio de calidad. Y efectivamente, considero que ese joven así como muchos otros universitarios, merecen el mejor lugar para desempeñarse.
Lo que hizo ruido en mí fue esa respuesta tan impensada desde mi punto de vista: “Y voy a empezar a trabajar, aunque sea de maestro”… Perdón por iniciar tan abruptamente, tal vez debí comenzar mi relato diciéndoles que soy profesora por convicción y por profesión desde hace 25 años. Que amo mi carrera y que también me formé de manera académica en las aulas; que después de mi formación en una institución de educación superior además deseaba encontrar un espacio digno donde laborar para asimismo demostrar que mi preparación merecía un espacio de calidad. Y lo encontré precisamente en las aulas, y desde entonces digo con orgullo y dignidad que ejerzo la mejor y más completa de las profesiones: la docencia.
Viajaba yo en una unidad de transporte público, de esas donde sin quererlo te vuelves parte pasiva en todas las conversaciones que allí suceden. Dos jóvenes hablaban entusiastamente sobre la próxima conclusión de sus estudios profesionales y fue uno de ellos el que me llevó a toda esta reflexión. “Aunque sea de maestro” ¡Cielos! Sonaba tan despectivo en su boca. Hubiera querido preguntarle por qué se expresaba así, hubiera querido compartir con ellos mi opinión y mi experiencia. Hubiera querido decirle de todas las bondades que mi profesión ofrece; exponerle (pues al parecer no lo había considerado) que detrás del más grande científico, del mejor político, del gran médico galardonado, del más creativo arquitecto, del perspicaz ingeniero, del ingenioso abogado, en fin, de todos los profesionistas del mundo; detrás de todos ellos, somos muchos profesores que participamos en su formación y que contribuimos a que fueran quienes ahora son.
Tal vez también debí prevenirles que es un trabajo de apariencia… sí, de apariencia sencilla pues la generalidad de las personas así lo considera y creen que todo se reduce a pararse frente a un grupo pasivo de contenedores a los que hay que llenar de cosas que no saben; y peor aún, suponen que este llenado se da de manera automática. Es decir, que el solo hecho de platicar es lanzar el conocimiento a esos contenedores que lo recibirán hasta llenarse y una vez hecho eso, se sellarán y allí se quedará todo, guardado y listo para usarse en cualquier momento. Ellos no imaginan que además el estar al frente del salón de clases implica un poquito más: observar a los miembros de ese colectivo como individuos y así pensar en ellos y en lo que requieren para su mejor aprendizaje. Conocerlos y saber por qué hoy asistieron todos a clase y ayer no; entender que no todos aprendemos de manera similar y eso coloca al docente en la posición de diseñar actividades para satisfacer todas las necesidades de su audiencia (desde luego que primero tendrá que identificarlas); que su responsabilidad es grande pues tiene en sus manos material humano que hay que moldear de manera artística y que le corresponde tocar muchas vidas. Tenía que aclararles la realidad es totalmente diferente a lo que creen ver. Tal vez se habrían desilusionado al saber que eso que ellos suponen se hace en las aulas no es todo lo que hace un docente; que antes de pararse a dar ese discurso, el buen profesor ya utilizó gran parte de su tiempo en casa planeando la mejor forma de transmitir el nuevo conocimiento de manera que todos los miembros de su audiencia puedan comprender y hacer uso asertivo de la nueva información; que también preparó los materiales adecuados para facilitar esa tarea. Que probablemente después de la clase se lleve a su hogar los trabajos, las tareas (no de uno, sino de los grupos que maneje) para revisarlos en casa pues no puede hacerlo mientras está explicando; y que después de cierto número de sesiones también le robará tiempo a su familia para diseñar el material con el que evaluará el trabajo desarrollado por sus alumnos y que ese material además tendrá que ser revisado aparte, pues reitero, el tiempo de clase es para la clase y para lo que le pagan al profesor, para desempeñar su trabajo en el aula. Lo demás, lo que se lleva a casa, el tiempo de su vida que utiliza para el diseño y evaluación. Ese no se ve, ese no se paga, ese es solo parte de trabajar “aunque sea de maestro”.

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