Una vez más la universidad probó que con sus recursos intelectuales e institucionales es el espacio privilegiado de la razón, las ideas, la tolerancia y el espíritu libertario. Con profunda sensibilidad, la institución ha sido capaz de mirar dentro de sí misma, actuando siempre con sensatez, pluralidad y coherencia, su discurso ha sido el reconocimiento de sus diferencias y de su derecho a ser diferentes, una virtud democrática indispensable en las sociedades modernas. Con ese sistema de ideas plural, diverso, civilizado constructivo, autocrítico, imaginativo y generoso, la institución universitaria consiguió que la Suprema Corte de Justicia de la Nación fallara en favor, no solo de esa alma mater, sino también de una conquista más alta: la libertad absoluta del pensamiento, que es una de las expresiones más elaboradas de la autonomía universitaria. La universidad con la autoridad ética y moral que le reconoce la historia se constituye como la voz de la razón libertaria, con ese espíritu y energía enfrentó un régimen autoritario que no comprende el valor del pensamiento; con razón Tocqueville llama a “temer a la tiranía de la mayoría, aunque sea democrática”. A esa burocracia que es notoria por su ineficiencia y opacidad se le puede caracterizar como una burocracia de baja confianza; Rik Peeters refiere que esa burocracia tiene dos caras. “Primero, los ciudadanos (y los universitarios) no pueden confiar en las burocracias para que les garanticen derechos…

Segundo, la administración pública no confía en sus ciudadanos… esa burocracia opera a partir del llamado “efecto Rashomon”, el cual reza que “todo punto de vista depende de mi punto de vista”, en esa perspectiva el narcicismo se convierte en su pilar político.

En ese proceso difícil, azaroso y doloroso, nuestra alma mater se “atrevió a imaginar lo posible y a esperar lo imposible, convencida de que para que pueda surgir lo posible, es necesario intentar una y otra vez lo imposible” (Hermann Hesse); con y por ese espíritu, esa institución ha sido nuevamente reconocida por organismos internacionales como Times Higher Education como la quinta mejor universidad del país y entre las mil mejores del mundo por su calidad académica. La universidad de Hidalgo está hecha de momentos ordinarios que en suma componen un fresco extraordinario, que con razones, teorías y capacidad deliberativa enriquece nuestra noción del individuo. Desde el campus se ha buscado impulsar la mayor participación de diferentes corrientes de pensamiento y escuelas de interpretación de la sociedad, eso supone articular la pluralidad existente en torno a posibles núcleos críticos y pensantes

La universidad y la autonomía se articula a partir de dos conceptos que son: libertad y verdad. He aquí los dos polos del eje universitario. Libertad, para proseguir en la búsqueda eterna de la verdad. Verdad, en la afirmación de las responsabilidades sociales, morales e intelectuales que impone la libertad… A la universidad-museo, preferimos siempre la casa de estudios viva, conciencia clara en la que resuenan las inquietudes que la realidad propone a los hombres como problemas: como problemas que necesitamos considerar con modestia, para poderlos afrontarlos después, con tenacidad” (Jaime Torres Bodet).

Esa universidad viva que propone don Torres Bodet, ha enseñado la manera de vernos y comprendernos en el mundo; desde la casa de estudios los universitarios aprendieron a salir del “nosotros mismos”, para pensar en lo mejor para el otro, para la sociedad. Con esa capacidad constructiva y pensante, la autonomía universitaria enfrentó exitosamente el discurso intolerante que no sabe distinguir entre la realidad y la ficción, entre verdad y mentira; para la literata Michiko Kakutani, “asistimos al espectáculo en el que cada día más personas actúan creyendo tener no solo sus propias opiniones sino sus propios hechos, lo cual parece condenar al resto de los mortales a mirar de frente el grabado de Goya: Murió la verdad”. Sin embargo, a pesar de las adversidades que ha debido enfrentar la comunidad universitaria su espíritu ha hecho de la herejía y la dignidad, de la tenacidad y la crítica propositiva una cultura fundamental en defensa de la libertad y la autonomía, los universitarios son el adentro y el afuera a la vez de esa conciencia.

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