Autonomía, ¿para qué?

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Ariel Vite

La autonomía es democracia, es el horizonte de libertad, libertad del otro para expresar ideas o asumir valores, preferencias o formas de vida diferentes. Lo anterior implica que la autonomía no solo admite el disenso que tiene su raíz en la diferencia originaria, sino también el que se mantiene después de haberse recorrido. La autonomía reclama, necesita y se nutre del consenso y el disenso. A partir de este principio, la comunidad universitaria está caracterizada por la igualdad de condiciones y preponderantemente guiada por un espíritu igualitario.
Siguiendo a Bryce, la democracia –y con ella la autonomía– se asume como un ethos, como un modo de vivir y convivir, como una condición general de la sociedad. Es un ethos igualitario que se manifiesta en el valor igual que las personas se reconocen mutuamente. Por ello, en la acepción original del término, revela una sociedad cuyo ethos exige a sus propios miembros verse y tratarse como socialmente iguales. Así, la universidad es todo lo que hacemos y soñamos, es el puente para romper la separación y unirnos al mundo y a nuestros semejantes. La universidad es la conciencia, los días de nuestra vida, la memoria social; estas múltiples expresiones permiten que la universidad sea el mejor y, quizá, único espacio de movilidad social.
Lo anterior permite afirmar que la autonomía universitaria es el puente para una sociedad abierta, donde la relación entre gobernantes y gobernados se base en la premisa de que el estado está al servicio de los ciudadanos y no los ciudadanos al servicio del estado. Partiendo de este principio básico, se puede preguntar ¿para qué la autonomía universitaria? Para que el derecho social a la educación a que obliga la Constitución sobre que la universidad pública se imparta libre de cualquier influencia, ideológica, dogma o injerencia externa; es indispensable que la actividad universitaria no se contamine de cuestiones extraacadémicas.
¿Cuál es el riesgo de una intromisión externa en la vida de la universidad pública? La respuesta nos la ofrece Luis Raúl González Pérez, en su carácter de abogado general de la Universidad Nacional Autónoma de México (2009); dicho investigador señala: “El riesgo de la intromisión en la universidad se corre cuando se pretende objetar un proceso de designación de una autoridad universitaria, pues podría traer como consecuencia que por encima de un criterio académico se imponga un criterio político, así sea aderezado con una supuesta corrección jurídica. El resultado es que quien fuera designado autoridad universitaria con un proceso distinto o con fines distintos al espíritu de la legislación universitaria traería, por sí mismo, un perfil político o ideológico diferente al estrictamente académico. En esa tesitura, la actuación del así designado estaría permanentemente en duda en cuanto a su verdadero propósito”.
De acuerdo con el reconocido científico mexicano Francisco Gonzalo Bolívar Zapata –Premio Juan Carlos y Sofía de España, entre otros muchos– la autonomía “compromete a la universidad con la sociedad de una manera más intensa”. La autonomía universitaria está plenamente identificada con la responsabilidad social; los resultados alcanzados por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) permiten reconocerla como una institución comprometida y responsable socialmente, así lo demuestran las certificaciones otorgadas por los organismos internacionales, QS Stars y Times Higher Education (THE), que la ubican como la cuarta mejor universidad del país y entre las mil 100 mejores del mundo por su calidad académica.
La levadura que anima la autonomía es la capacidad que tiene la universidad para existir pacíficamente con las diferencias y articularlas mediante el diálogo racional. La autonomía universitaria, de acuerdo con el constitucionalista Sergio García Ramírez, “implica una capacidad propia y un valladar frente a la instancia ajena; es una frontera y una garantía. ¿Ante quién? Frente al Estado central, a otros organismos autónomos, a los grupos sociales, a las fuerzas económicas, a los individuos, a las corrientes ideológicas”. El marco natural y único de la autonomía es el respeto radical a la persona humana, a la humanidad del otro, a lo que el otro es y a lo que el otro piensa. La autonomía es el mejor garante de la colectividad para asegurar en él, el progreso cultural, la razón y el espíritu libertario.

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