Cuando llegó la mañana, después de una noche de reencuentro que pasó como un soplo en las vidas de M y K, este último despertó y se encontró solo en la cama, en la casa, en el barrio y en mundo. Una desazón inmensa lo conmovió hasta el tuétano y lo dejó confundido. Esperando ser más feliz que nunca, se encontró con una desolación interior que no sabía de donde procedía y que no podía interpretar.
En ese estado le dio por pensar, es decir, por dar rienda suelta a su imaginación, que era mucha y la mayoría de las veces desordenada. Le impuso, sin embargo, en esta ocasión cierto orden y sistematicidad, pues resultaba importante centrar el asunto y darle un arreglo coherente que le diera cuenta: de sí mismo, de su mujer y de ambos.
Empezó por el principio: la pregunta, o sea, por una formulación en forma de interrogante formal a la que era preciso dar por lo menos una respuesta coherente que se fuera desarrollando en forma progresiva conforme a los cánones de cierta cientificidad estructurada en lógica, no en retórica, que había aprendido en su época remota de estudiante aplicado de filosofía y letras.
La pregunta debía ser sencilla, lo fue: ¿Qué pasa por la cabeza de M? La respuesta, sumamente complicada inició con una disertación que más tenía que ver con él mismo que con su mujer. Empezó de esta manera: “Hace unos días vi la película de Avatar, de James Cameron, y me interesó su parte filosófica del yo-otro yo, no su propuesta ambientalista, aunque, desde luego, esa fuera su finalidad. Me explico: lo que realmente fue de mi interés resultó ser la posibilidad de parasitar otro cuerpo, el huésped, desde la mente.
“Entonces, y como simple presupuesto, esa mente parasita, la mía, podía recibir la información sensitiva –cognitiva y de raciocinio no, desde luego. ¡Qué pena!– del cuerpo huésped, el de M, y por tanto sacar algunas conclusiones interesantes sobre su constitución sensitiva y hasta llegar a su génesis y conformación sentimental.
“Aplicando todo ese entramado conceptual, un tanto enrevesado lo reconozco, y practicándolo, con la técnica transferencial del Avatar, llegaría al núcleo de mi mujer y la entendería al fin…
En ese preciso momento llegó M con una sonrisa de oreja a oreja y con un delicioso desayuno colocado perfectamente en una bandeja de aluminio adornada con dibujos de flores tropicales e invernales que conformaban una curiosa y extraña composición.
K sintió el amor de su esposa y se olvidó de sus disquisiciones introspectivas y manipulativas del orden natural y psicosocial fundante de su mujer. Era más placentero así, no le cabía duda, y es por eso que se dejó llevar por la sensación cálida que le producía el contacto de la mano de M al pasarle la taza rebosante de café con leche.
“Está todo muy rico”, le dijo con un guiño de su ojo izquierdo, el único que sabía cerrar con el otro abierto, mientras que con la mano que le quedaba libre acariciaba la mejilla de su esposa, primero, y después repetía el gesto de recoger el pelo de ella como si sus propios dedos fueran los de su mujer.
La mañana era perfecta como lo había sido la noche y el domingo se presentaba como un reflejo de sus corazones. No necesitaba de la teoría ni de la práctica del Avatar para ser feliz. Tampoco necesitaba entenderla. Ella era la medida de su libertad. Dejó de pensar en la filosofía del Avatar, también dejó de pensar en cualquier otra cosa. Besó a M mientras por la radio de la vecina sonaba el inicio de un viejo bolero que le gustaba mucho: “Bésame, bésame mucho…”

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.