Todos los días, 5.5 millones de usuarios transitan por las 12 líneas del Metro de la Ciudad de México, llevando y trayendo consigo una cantidad inimaginable de agentes microscópicos que se intercambian al respirar, hablar, toser, estornudar y con el contacto físico. Ese tipo de transporte público ha atraído la atención de investigadores por la alta concentración de personas que ahí conviven

ANA LUISA GUERRERO /
AGENCIA INFORMATIVA CONACYT
Ciudad de México

Un mar de personas atiborra la entrada de la estación Indios Verdes del Metro de la Ciudad de México. Son las 6 horas y el trajín habitual conduce a todas esas personas a los torniquetes de acceso, cada uno portando una carga aproximada de 100 billones de células de microorganismos como bacterias, virus y hongos.
A diario, 5.5 millones de usuarios transitan por las 12 líneas de ese medio de transporte, llevando y trayendo consigo una cantidad inimaginable de pasajeros invisibles que se intercambian al respirar, hablar, toser, estornudar y con el contacto físico.
Esos agentes microscópicos están presentes en el aire, los asientos, las paredes, los barandales y en cualquier superficie; aunque resulte aterrador, todo el tiempo las personas conviven en escenarios parecidos que, al exponerse a ellos, resultan benéficos para la salud.
Pueden ser espacios públicos que concentran una gran densidad de personas, como estadios, teatros o el transporte público; o bien, lugares cerrados cuya característica sea el contacto humano y la poca o escasa ventilación, como oficinas, comercios y el propio hogar.
En ambos escenarios, la microbiota –los microorganismos que viven en un entorno específico– está compuesta de bacterias inherentes a los seres humanos, como aquellas asociadas al tracto digestivo, vías respiratorias, piel y boca, órganos sexuales, etcétera.
Científicos alrededor del mundo estudian la diversidad de patógenos a los que las personas están expuestas en diversos ambientes para conocer los riesgos a algunas enfermedades, su relación con aspectos epidemiológicos, la resistencia antibiótica de las bacterias o, incluso, el descubrimiento de otras que hasta ahora son desconocidas y que podrían ser benéficas para el ser humano.
El transporte público, en particular el Metro, es un espacio que atrae la atención de investigadores por la alta concentración de personas que ahí conviven. En la Ciudad de México, la microbiota de ese sistema de transporte es estudiada por la gran afluencia que tiene, una cantidad casi similar a la del Metro de Nueva York, con la diferencia de que esa red consta de 436 kilómetros y 468 estaciones, mientras que en la capital mexicana se tienen 226 kilómetros y 195 estaciones, lo que habla del sobrecupo que presenta.

Microorganismos citadinos

En 2013, Christopher Mason, investigador de la Universidad Cornell, hizo un estudio para analizar la diversidad microbiológica del Metro de Nueva York, identificar potenciales amenazas biológicas y proporcionar datos que pudieran ser utilizados para el diseño de una “ciudad inteligente” en pos del urbanismo, la gestión y la salud humana.
A través del análisis metagenómico de las muestras tomadas con hisopos en diversas superficies, encontró que casi la mitad del universo biológico que obtuvo (48 por ciento) se desconoce; el identificado corresponde a bacterias, virus, hongos y animales, de los cuales solo 12 por ciento podría estar asociado a alguna enfermedad.
A partir de ese trabajo surgió la inquietud de conocer la microbiota del Metro de las ciudades más grandes del mundo, conformándose el consorcio MetaSUB, en el que participan grupos de investigación de 61 ciudades en los cinco continentes.
Por México colaboran los doctores Celia Alpuche Aranda y Jesús Martínez Barnetche, investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), que en 2016 realizaron un proyecto piloto en cinco estaciones del Metro de la Ciudad de México, recolectando muestras que fueron analizadas por secuenciación masiva en laboratorios de Nueva York.
En ese estudio preliminar detectaron bacterias presentes en el microbioma humano, como pseudomonas, bacilos, estafilococos y estreptococos, entre otras, que no representan un riesgo para las personas con buena salud, aunque no así para aquellas inmunodeprimidas.
“La mayoría de lo que se ha encontrado en el Metro es lo que se encuentra en el microbioma humano; no ha habido ninguna descripción de algo que pueda ser riesgoso. Se encontraron pseudomonas, que son patógenos hospitalarios que infectan a personas que están inmunodeprimidas o que tienen una condición médica persistente. Estos agentes se encontraron ahí, de la misma manera en que se encuentran en el súper o en nuestra propia casa”, dice Jesús Martínez Barnetche.
El estudio preliminar –que sigue en la búsqueda de financiamiento para su realización formal– abona al planteamiento de que cada ciudad tiene un perfil de resistencia antimicrobiana particular que, en el caso de la de Ciudad de México, indicaría que la contaminación ambiental modifica el perfil microbiológico.
De ahí que resulte pertinente la ejecución de ese proyecto, debido a que los resultados incipientes permitieron identificar marcadores genéticos de resistencia diferentes a los de bacterias presentes en otras ciudades del mundo.
“Con los datos que obtuvimos, detectamos indicios que sugieren que ciertas vías metabólicas involucradas en el metabolismo de compuestos químicos, tóxicos y demás –producto de la contaminación y del uso de hidrocarburos– estaban sobrerrepresentados. Mi impresión es que esto podría deberse o estar vinculado a la presencia de ciertos componentes en la atmósfera que favorecen el crecimiento de algunos microorganismos sobre otros”, indica Martínez Barnetche, adscrito al Centro de Investigación sobre Enfermedades Infecciosas del INSP.

Conocer para actuar

Motivados por el interés de revelar el microbioma del gran “gusano naranja”, científicos de las universidades Autónoma Metropolitana (UAM), Nacional Autónoma de México (UNAM) y de la Ciudad de México (UACM) estudian las bacterias presentes en ese medio de transporte, a través del análisis molecular por secuenciación de ácido desoxirribonucleico (ADN).
Ese trabajo está encaminado a conocer el riesgo de estar en contacto con esa gran diversidad de bacterias, pero también los beneficios que pueden generar, porque muchos de esos viajeros microscópicos pueden contribuir a una buena digestión, a que se tenga mejor metabolismo o a regular procesos hormonales.
La doctora Mariana Peimbert Torres, investigadora de la UAM unidad Cuajimalpa, quien participa en el proyecto Microbioma del Metro de la Ciudad de México, indicó que han visto que las bacterias presentes están relacionadas con las personas.
Por medio del análisis de muestras de superficies y del aire que se respira en el Metro en 48 puntos de las líneas de la red, identifican los microorganismos existentes para conocer su diversidad en el tiempo y el espacio.
“La red está conformada por estaciones subterráneas y otras que van sobre la superficie; queremos saber si el microbioma es distinto en cada una de las zonas de la ciudad en que se ubican las líneas. Además, queremos ver cómo va cambiando su presencia en el tiempo”, detalló.
La información obtenida con ese trabajo puede contribuir a la toma de decisiones en materia de salud pública, por ejemplo, en casos de contingencia sanitaria o en la operación del Sistema de Transporte Colectivo (SCT) Metro.
De acuerdo con la también jefa de la división de ciencias naturales e ingeniería de esa casa de estudios, el trabajo abre la oportunidad de explorar otras líneas de investigación, como estudiar las comunidades bacterianas en las estaciones asociadas a los hospitales, para saber qué tanto influye la diversidad de microorganismos de las personas que ahí transitan; o aquellas que conectan con las terminales de autobuses y el aeropuerto, por ser puntos de confluencia de personas que llegan de otros lugares y cuya carga bacteriana es distinta.

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Bacterias, aquí y allá

La exposición que tenemos al universo bacteriano se da en cualquier lugar, aunque es mayor en espacios con elevada densidad humana. En la Zona Metropolitana del Valle de México, la población respira cerca de 120 diferentes tipos de bacterias vivas en la atmósfera baja.
En la Ciudad de México y su zona metropolitana la densidad poblacional es de 20.8 millones de personas, situándose en la cuarta posición de las ciudades más pobladas del mundo, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 2014.
Por razones laborales, de educación y de otra índole, hay zonas que aglutinan a una buena parte de esas personas que se desplazan en las diversas rutas del transporte y, con ellas, una gran nube de microorganismos.
Con el propósito de conocer qué integra ese microbioma urbano, científicos del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), del Instituto Politécnico Nacional (IPN), analizaron las bacterias en la atmósfera baja siguiendo las vías del transporte público.
El doctor Jaime García Mena, investigador del departamento de genética y biología molecular del Cinvestav y líder del proyecto, explicó que capturaron bacterias vivas aerotransportadas en la altura de un metro en 67 sitios de muestreo para hacerlas crecer y caracterizarlas por secuenciación masiva.
El estudio, realizado entre 2010 y 2012, identificó cerca de 120 diferentes tipos de bacterias con las que los ciudadanos pueden estar en contacto o respirando; aunque el número varía según la estación del año, en junio y julio es cuando hay más bacterias aerotransportadas.
Ese trabajo deja ver que las actividades humanas que se realizan en diferentes sitios cambian la variedad de microorganismos, incluso en distancias de menos de dos kilómetros, pues “donde hay una gran concentración de personas hay una gran diversidad bacteriana, pero si además de ello adicionamos que existen actividades económicas, como transporte de mercancías, entonces aumenta más”, puntualizó el investigador.
De esa manera, en la otrora región más transparente del aire –como la describiera el viajero Alexander von Humboldt–, se encuentran bacterias aerotransportadas que tienen la capacidad de formar esporas, como bacilos; pero también aquellas que no las forman y, sorprendentemente, fueron capturadas vivas en el análisis dirigido por García Mena, entre ellas estafilococos, estreptococos y pseudomonas.
A ello puede atribuirse que el entonces Distrito Federal y el Estado de México reportaran en 2011, 19.8 por ciento de casos de enfermedades infecciosas provocadas por bacterias, virus y parásitos a nivel nacional, según el anuario de morbilidad de la Secretaría de Salud.
“Consideramos importante que haya un semáforo de la carga microbiana, porque es primordial que los gobiernos de grandes urbes tengan el conocimiento para implementar medidas correctivas, en caso de que existiera una epidemia”, concluyó.

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