Alfonso Valencia

Caminábamos mucho. Desde mi escuela en Revolución hasta tu casa en Loreto. Platicábamos mucho. De cualquier cosa. Me gustaba escucharte. Te gustaba escucharme. A pesar de que yo era un niño, me prestabas atención. Hablábamos del mundo que yo imaginaba y que tú conocías. Los mezclábamos. Pensábamos en lo que hay en el centro de la Tierra, en cómo se alimentan las hormigas, en por qué las víboras no pasan sed en el desierto. Una vez, recuerdo: caminábamos por Revolución y justo en el cruce con Madero, en la glorieta, un taxi se estrelló contra el poste del semáforo y golpeó indirectamente a una señora que esperaba el paso: le rebanó la pantorrilla. Era la primera vez que veía un accidente y lo que hay más allá de la sangre: el hueso. Corrimos hasta donde la señora gritaba y la abrazaste. Le cubriste las piernas con mi chamarra. La calmaste hasta que llegó la ambulancia. No importó que faltara a mi exhibición de tablas rítmicas en el gimnasio de la Miguel Alemán. Me enseñaste tanto esa tarde. Al otro día, en el periódico salió una nota del accidente y una foto. Te veías ahí, de espaldas, con una rodilla en el suelo, sosteniendo la cabeza de la señora. Llevabas tu conjunto de camisola y pantalón, color ultramar. Siempre fuiste mi héroe. Me tatué un león para llevar tu bendición siempre. Fuiste el origen de mi poesía:

“Tú eres Pedro, que significa piedra. Y llevarás, también, el nombre de tu abuelo: Andrés, que quiere decir valiente. Craig Pierson. Juan, hijo de Pedro. Antes no lo hacías, pero ahora le temes a la muerte. Has visto la sangre correr montaña abajo y brotar de las entrañas de la tierra. Has visto el brillo del oro cuando aún es roca. Tienes miedo ahora que los ríos se revuelven cargados de peces rojos. Tienes la liviana certeza de la montaña y sabes tanto como el zorro que ve caer las plumas de la nieve. Evocas el nombre de tu padre mirando al cielo y un árbol se desgarra en aves que vuelan confundidas, como si un disparo pero sin ruido, como si un rayo incendio y nada se escucha: solo el vuelo, el viento agitado bajo las alas y ninguna certeza. Craig Pierson, el hijo de Pedro: observas las aves que mueren en el fuego del horizonte y sabes que no vendrá la lluvia, que no habrá consuelo”.

Escribí eso hace mucho, cuando le temía enfermizamente a tu ausencia. Y yo soy Juan y soy tu hijo. Y aunque me enseñaste que la única certeza es la muerte, te extraño. Te extraño tanto.

@eljalf

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