Azul Kikey Castelli Olvera

El fragmento del poema “Monólogos del despierto”, de Margarita Michelena, da una excelente
entrada a lo que se pretende discutir en este texto, las preguntas en torno a las que girará la discusión es ¿qué es la historia, porqué nos importa tanto?, ¿es el sueño de alguien como lo menciona Margarita, alguien nos ha soñado y creado un pasado?, ¿o es el sueño de
muchos, de diversas realidades que en ocasiones se contraponen?

Lo cierto es que si revisamos planteamientos desde la física desarrollados por el físico Albert Einstein, nos encontramos con que el tiempo y el movimiento son relativos, percepciones de quienes habitamos este mundo, desde esa perspectiva, no se equivocaba el poeta Pedro
Calderón de la Barca cuando aseguraba que la vida es sueño, y los sueños, sueños
son.

¿Será que la memoria nos engaña, igual que lo hace nuestra retina que percibe movimiento, en imágenes fijas? Lo cierto es que todas y todos somos parte de una construcción histórica, que es quizás una invención, una construcción cultural del tiempo, pero que nos da sentido
como seres colectivos e individuales, por eso Michelena no erraba cuando invocaba las raíces de su sangre, de su estirpe, para desentrañar el secreto de quién era en realidad.

Es decir, como individuos no podemos negar nuestro acaecer en este mundo vinculado con la vida, decisiones y posturas de las generaciones que nos antecedieron.

Como sociedad, no podríamos explicarnos sin mirar atrás, puesto que cada eslabón determina lo siguiente, como los pasos de una persona que marcan el camino que sigue y quizás el que seguirá. Por supuesto que la reconstrucción de ese camino depende de quién
siga los pasos de esa persona y las razones por las que lo hace, lo anterior es lo que justifica la existencia de una historia oficial, la historia contada por aquellos que tuvieron el poder para hacer que su voz se legitimara y que permite que la de los otros, la de los vencidos, quede en la oscuridad.

La historia, como disciplina que estudia el pasado, tiene dos modos de explicar su importancia, primero: lo pasado es para muchas sociedades un modelo para el ahora; segundo: conocer la historia permite predecir, con toda la impericia que pueda contener la palabra, el futuro, eso claro, partiendo de ciertas regularidades, ciclos que se repiten, e incluso decisiones similares, tomadas por otros que derivaron en ciertas consecuencias
que permiten hacer un símil con situaciones actuales.

Pese a que el cambio es parte de la evolución de las sociedades, este no es asumido hasta que se le observa como algo inevitable y en cierta manera necesario, o deseado. Lo cierto es que frente a cambios inesperados o que provocan rupturas sumamente bruscas, el individuo
y la sociedad misma se vuelven hacia la historia en busca de parámetros aplicables, y se aferran, en cierta manera, a lo pasado para ir deglutiendo poco a poco lo nuevo; sin embargo, la mayoría de las ocasiones el pasado no ofrece modelos adecuados, la historia nos abandona cuando más la necesitamos. Un ejemplo de lo anterior es el caso de los
cazadores de cabezas, pueblo ilongote originario de Filipinas, que ante la prohibición
de una práctica cultural que fundamentaba su cosmovisión del duelo y la aflicción, al no encontrar en sus propias tradiciones una práctica que supliera a la anterior; tuvieron que aprender nuevas formas de enfrentar el dolor basadas en la conversión a otra religión.

Finalmente, sea una invención cultural o una realidad tangible, la importancia de la historia y del pasado radica en que representan las huellas de los seres humanos y la construcción de sociedades en este planeta: su surgimiento, desarrollo y extinción. El pasado como genealogía y cronología representa dos problemas concretos para el estudio de la historia, porque pese al avance y el cambio que se viva en las sociedades actuales y futuras, apunta el historiador Eric Hobsbawm, el sentido del pasado como un continuo de experiencia de carácter colectivo sigue siendo asombrosamente importante, incluso para los más partidarios
de la innovación y de la creencia de que novedad equivale a mejora, porque representa los cimientos de lo que somos, tal y como dice Víctor Toledano:
“Así que el tiempo no existe

Lo real es más que la racionalidad

Y más rico que la irracionalidad

Dentro de cada cosa hay un reloj de arena.”

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