En los días que corren, en el contexto de renegociación del TLCAN, nuevamente se pone de relieve cómo los bajos salarios son por excelencia la palanca para elevar la competitividad de las empresas exportadoras. Cifras publicadas por El Financiero (5 de septiembre de 2017), con datos de Inegi y The Conference Board, comparan, en dólares por hora, los salarios en la industria automotriz a nivel global. En 2015, en Noruega un trabajador en ese sector ganaba 69 dólares por hora, en Alemania 63.07, Francia 52.4, Estados Unidos (EU) 46.9, Reino Unido 41.3, Canadá 41, Japón 31.9; en México, solo 8.1 dólares; es decir, un noruego gana 8.5 veces más que un mexicano, un alemán 7.4, un norteamericano 5.7. Los misérrimos salarios son la base de nuestro “atractivo” para la inversión extranjera, y explican por qué nos hemos convertido casi en la meca de la industria automotriz mundial.
Para el sector manufacturero en general, la misma fuente indica que, en los países del TLCAN, en junio de 2007, en Canadá se pagaban 20.2 dólares por hora, en EU 17.3 y en México tan solo 2.4; es decir, en Canadá se pagaba 8.4 veces más que aquí, y en EU 7.2 veces. En junio del año pasado, el salario en este último país era de 20.4 dólares, ¡casi 10 veces mayor que en México! Según datos de la OCDE, en México se paga el salario más bajo en ese grupo de naciones. Al año, un mexicano trabaja en promedio 2 mil 226 horas y gana 12 mil 850 dólares, mientras en los países de la OCDE los trabajadores laboran mil 765 horas y perciben un promedio de 23 mil 938 dólares. En fin, estudios recientes de la CEPAL indican que en América Latina y el Caribe, México registra el menor crecimiento en el salario real. He aquí la causa del arribo de maquiladoras, empresas de aeronáutica, electrónica, ropa, entre otras. ¡Esto es jauja para el capital mundial! Aquí se regala mano de obra. Pero, paradójicamente, es también el reino del hambre y la pobreza.
Ejemplos de ello. Para adquirir un kilo de bistec, en Dinamarca un trabajador con salario mínimo debe trabajar una hora, en Suecia 1.4, Australia 1.5, EU 2.6, Argentina 4.2, pero en México debe laborar 18 horas. Para adquirir igual cantidad de pescado, en Suecia 1.1 horas, Dinamarca 1.2, Australia 1.5, EU 3.3, Argentina 7.2, en México necesita esforzarse 32.6 horas (El Financiero, 23 de agosto; con datos de Caterwings, Meat Price Index 2017). Recuérdese que el salario mínimo es de 80 pesos por jornada de ocho horas y que, oficialmente, 39 por ciento de la población ocupada gana entre uno y dos minisalarios, dato muy cuestionable, pues deja fuera a los empleados no registrados en el sector informal, a los millones de jornaleros agrícolas y a los campesinos. Socialmente, las consecuencias de tan bajos ingresos son devastadoras. Según el Coneval, de los 55.3 millones de mexicanos oficialmente en pobreza, 28 millones sufren de carencia alimentaria, es decir, uno de cada cinco padece hambre. Y esto en el país número 12 del mundo en producción de alimentos (Sagarpa); por ejemplo, en 2015 exportamos un millón 100 mil reses en pie, aportamos 46 por ciento del total del aguacate que se comercia en el mundo, etc. Lo dicho, la gran contradicción que lacera a México es: un pueblo pobre en un país rico.
Y nos enteramos en estos días de que, por insólito que parezca, el mayor sindicato canadiense, Unifor, está demandando (obviamente por propio interés) elevar los salarios… en México, para igualar las remuneraciones en los tres países; lo que indigna es que los sindicatos mexicanos nada hagan para lograrlo; pero eso no debe sorprendernos, pues el sindicalismo ha degenerado, y de defensor de los legítimos intereses de los trabajadores ha devenido mecanismo de sometimiento. Como parte del engranaje del modelo económico, se mantiene a los trabajadores sujetos a los sindicatos, se los compra y maniata, y cuando ese control falla, se les somete por la fuerza, incluso con pistoleros. Esto quiere decir que aceptar ese régimen salarial no es cuestión de oferta y demanda, ni de leyes del mercado, sino de política económica y, en última instancia, de empleo de la fuerza gubernamental.
Los datos nos autorizan a afirmar que la capacidad de México para competir en el mercado mundial con mercancías más baratas, y la competitividad para atraer inversión extranjera, tienen como factor principal los bajos salarios; es decir, se costean con deterioro del bienestar social. Pero entonces, ¿qué sentido tiene el “éxito” económico así logrado? ¿Por qué autoridades y empresarios se vanaglorian de los impresionantes volúmenes de producción o de exportaciones récord? La respuesta es sencilla: esto les permite acumular fabulosas ganancias y amasar grandes fortunas.
Sin duda, en el mundo el caso mexicano es uno de los más escandalosos en materia de explotación de los trabajadores, un capitalismo depredador, por su carácter tardío, dependiente y colonial, y por el tradicional sometimiento de su clase trabajadora. Pero viendo las cosas en positivo, observando los niveles de ingreso y bienestar en otros países capitalistas, los mismos datos nos muestran y enseñan que es posible vivir mejor, como ellos, en el marco mismo de la economía de mercado, sin romper con ella, simplemente aplicando otra política económica. La experiencia de otras naciones, algunas mucho más pequeñas, con menor población, e incluso con menos riqueza, muestra que puede aplicarse un modelo económico distributivo, que compita en los mercados de otra forma, con base en el desarrollo tecnológico y en una mayor productividad, mejor infraestructura de transporte y comunicaciones, altos niveles educativos de la fuerza laboral o vecindad con la gran potencia.
Para revertir esa situación, es urgente aplicar tasas impositivas proporcionalmente mayores a quienes ganan más y reducir impuestos, e incluso eliminarlos a quienes ganan poco o nada; generar más empleos y elevar los salarios para que todos puedan adquirir los medios de consumo básicos, reactivar el mercado interno y reducir nuestra dependencia de los avatares del comercio internacional. Urge canalizar el gasto social hacia los más desprotegidos, dotándoles de los servicios indispensables y, en contraparte, reducir las groseras subvenciones a las grandes empresas, que bastante dinero tienen ya, para que encima se les estén regalando los recursos que el pueblo paga en impuestos. Necesitamos una solución estructural que implique necesariamente la sustitución del modelo vigente por otro que, por encima de la acumulación, procure el bienestar social. Para lograrlo, es preciso que sindicatos y organizaciones populares exijan con mayor energía, pues la experiencia secular enseña que el gobierno y los grandes empresarios no se ocuparán de ello motu proprio. So pena de seguir en esta situación, o empeorar, los sectores sociales empobrecidos deben prepararse para reclamar su derecho; de no haber respuesta positiva, es necesario, en última instancia, que el pueblo gobierne, para hacer de México una patria más generosa.

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