Ahora que lo pienso, no le conozco un rostro en versión tristeza y, a decir verdad, para los 187 años que ya contaba, Balbina tenía una piel que varias personas de este pueblo quisieran al cumplir el primer centenario. Decía mi abuela que ese fenómeno se debía a la falta de llanto en su vida. –Mira Joaquín, estas arrugas que ves frente a ti, más que del tiempo son del dolor, el rastro de prolíficos ríos de agua salada–. No se cansaba de decirlo, y yo no me cansaba de escucharla, cada vez con mayor intriga. Jamás resolví el misterio que acompañaba a su reiterado verso, sobre todo cuando hablábamos de ella, la dama que padecía del rechazo de la tristeza. Ahora que lo vuelvo a pensar, ¡es cierto! Jamás le vi sin esa sonrisa, siempre dibujada con labial marrón, ni siquiera la noche en que Ciro Buendía, el viejo milenario que la cuidó como un padre, se entregó con toda voluntad al corazón de las Cataratas de Buriana.

Desde luego que no creo en las burias, al menos desde que decidí no hacerlo, pero me gusta hablar de ellas a los foráneos, contarles el mito que da sentido al nombre de mi pueblo, Burianos, y rematar con la enigmática historia de Balbina, la mujer que jamás derramó una lágrima, qué trágico, ¿no? Porque, sépanlo todos, si algo nos complace en esta tierra es sufrir, y bueno, no es casualidad que no escatimemos en condolernos por la desgracia de Balbina, la única en buriana que no sabe de las mieles de la melancolía y sus días sin Sol, sus valles de nubes bajas, sus vientos de húmedo sereno y sus tejavanes, tan cómplices del canto de la lluvia perezosa.

Y bien, las burias, aunque el sonido del término pueda hacerte pensar que se trata de un misterioso y/o extravagante grupo de criaturas con predisposición femenina, son de ninguna manera algo que podamos vincular a los géneros sexuales conocidos: no son mujeres y, por descarte, tampoco son hombres, mucho menos un híbrido de ambos o alguna posibilidad que ya nos haya mostrado la diversidad humana. Nada de eso. Es complicado definir su existencia, pero, según el promedio de las voces populares, tienen una forma de esfera, algunos colonos las relacionan con las burbujas, otros les otorgan más peso, al describirlas como una alucinante bola de metal en la que uno puede ver su reflejo; no son malas, pero tampoco han hecho algo para acreditarles alguna cualidad bondadosa. En lo que sí estamos de acuerdo todos es en que las burias se alimentan de nuestra tristeza.

De niño, cuando aún creía en las burias, ellas consolaban mi tristeza, revoloteaban alrededor mío cuando no podía contener las lágrimas, mis sentimientos se encontraban en completa confusión porque, por un lado, me embargaba un malestar latente, pero al mismo tiempo podía regocijarme con la extraña presencia que revoloteaba en mi entorno.
Quizá por eso amemos tanto la sensación que nos produce ligar el dolor con el gozo. Dudo que Balbina conozca esta experiencia, siento tanta pena por ella, pues le ha tocado ser, deduzco, la terrible excepción que garantiza la norma en Burianos. Mi abuela decía que lejos de admirarnos por su extrañeza, debíamos ser solidarios y orar para que sus días de aislamiento fueran llevaderos en su extensa alegría. Lo hago todas las noches, y aunque hoy me resisto a volver a creer en las burias, les ofrezco restituirles mi fe, a cambio de un par de lágrimas para esta triste vieja feliz.

@AlejandroGasa
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