Baldomero, el imbszil

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baldomero

Ante múltiples apariciones de mi imagen y pensamiento sarcástico ha llegado el tiempo de presentarme como es debido. Gracias a una serie de costumbres lingüistas de este país, han osado pronunciar mi nombre como Baldomero el Ibeczil, sin embargo, la correcta pronunciación es Baldomero la Eminencia, y por ende mi profesión es ser crítico de arte.
Querido lector, seguramente te habrás preguntado cuál es la función de mi existencia en este noble diario, y si no te lo has preguntado de todas formas lo respondo. Como todo ser humano, o por lo menos un ser consciente de mi vida en este mundo, he tratado de definir el sentido de mi existencia, a partir del estudio constante del arte con el objetivo de entender el escenario cotidiano: “el mundo”. En próximas fechas entenderás mi vida en el arte a partir de una serie de cuestionamientos que estoy decidido a realizar, pese a quien le pese.
Sin importarme la ignorancia y/o molestia de algunos artistas, es importante analizar el significado de la palabra crítica, según la Real Academia Española (RAE) el término se refiere a: “Analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según los criterios propios de la materia de que se trate”. Por lo tanto, la realización de una crítica de arte tiene como objetivo distinguir, identificar y reflexionar sobre esos criterios específicos que determinan un objeto estético con la intención de generar una interpretación que permita el disfrute, el análisis y la contemplación del hecho artístico. De antemano sé que la ignorancia de otros que se dedican a escribir para destrozar el trabajo de los “pobrecitos” creadores sin establecer fundamentos teóricos y mucho menos inteligentes, han provocado la degradación de mi profesión y por ende de algunos artistas que han emprendido la poética labor de la abstracción significante. A nombre del crítico antiético, noble audiencia, les pido perdón… Pero también aclaro, no es mi labor ni mi interés defender lo indefendible. Pero he identificado que alguien en este mundo debe darse a la santa tarea de regular el arte… y ese seré yo.
La razón ahí les va:Vivimos es un mundo y un tiempo en el cual toda persona se permite hacer una “escultura”, rayonear un lienzo y llamarle abstracción, hacer ruido y llamarle música “alternativa” porque los posmodernos han decidido negar, desconocer o simplemente son ignorantes de la labor que realizan, olvidándose de las palabras técnica, estilo y discurso; así los espectadores hemos sido victimizados por una serie de búsquedas y experimentos de los artistas contemporáneos. Ser artista contemporáneo no es malo, sin embargo, bajo ese concepto un sinfín de ocurrencias se presentan día con día bajo los términos “experimental”, “multidisciplinar”, “interdisciplinar”, “transdisciplinar”, “performance”, “posmoderno”, “posdramático”… ¿pos qué se traen? Claro que todo proceso artístico verdadero lleva consigo las consigna de experimentación, riesgo, prueba y error, replanteamiento, análisis y cuestionamientos. Pero eso no significa que los pobres espectadores estemos obligados a aguantar sus traumas, sus exorcismos ni sus ocurrencias. Las galerías, los teatros, las calles y los otros espacios no pueden ser basureros de su esquizofrenia artística… y lo peor, todavía pretenden que les paguemos. No les basta con hacer mal uso de nuestro precioso tiempo con sus engaños, todavía nos cobran por mentirnos.
Considere esto querido lector, usted asiste a un restaurante de alta cocina porque desea alimentar su cuerpo, degustar un buen platillo y disfrutar de su tiempo libre, y está dispuesto a pagar lo que cueste, porque se lo merece. Y lo que recibe es una silla sucia, un lugar con goteras, flores de plástico, bebidas en vasos desechables, comida fría y desabrida. Un servicio así no puede llamarse experimental ni contemporáneo ni conceptual. Un buen cocinero es limpio en su hacer, precioso en sus ingredientes, cuidadoso en su presentación para ofrecer una gran experiencia por medio del sabor. Pues en el arte es lo mismo. Como espectador espero ver un trabajo limpio, honesto, reflexivo, ordenado (incluso en su caos estético) y tal vez bello (digo tal vez, porque “lo bello” es una gran discusión a la que quiero entrarle). La cuestión es que tengo derecho a ver arte de calidad. Si se supone que el artista ayuda a elevar el espíritu del individuo que se relaciona con una experiencia artística, pues empiecen por elevar sus trabajos por medio del estudio, la técnica y, sobre todo, el oficio. No con palabras, no con nuevos conceptos que ni siquiera comprenden. Una cuestión importante, el objeto estético puede o no gustarme (eso no importa) pero tengo derecho a ver algo bien hecho.
Aquí se pone interesante el asunto, qué es un trabajo bien hecho, qué es arte, cómo se compone y muchas más preguntas nos haremos, y probablemente hagamos que esto algún día tenga sentido.

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