En los últimos días hemos estado envueltos en un complejo y delicado debate sobre si el país está o no en bancarrota, como lo afirmó en el contexto de su gira de agradecimiento el presidente electo Andrés Manuel López Obrador. Más allá de lo fuerte del término, sobre todo para el sector económico y financiero, tanto nacional como internacional, permitió que se discutieran y analizaran situaciones desde una perspectiva distinta y tal vez no políticamente correcta y menos en boca de un presidente. Para todas las personas asociadas al sector productivo esa es una palabra prohibida, la bancarrota es la pérdida de todo, incluso de las posibilidades como individuo.

La bancarrota es la quiebra, la fractura, el hundimiento de una persona o empresa, que no puede hacer frente a sus acreedores y, por tanto, a sus deudas y a sus procesos de producción o trabajo. Eso amerita en cualquier parte del mundo una intervención de una acción judicial, que permita a los acreedores recuperar parte de lo prestado para los proyectos que desarrollaba la empresa o persona. Entonces, bancarrota se asocia a la ruina, es decir, a la destrucción de toda posibilidad de crecer y prosperar. De ahí la reacción inmediata de los empresarios, pequeños y grandes, que toman esa declaración como un golpe a sus ánimos de desarrollo y de confianza en el futuro.

También es importante señalar que una bancarrota es distinta a una crisis, no son sinónimos. Una crisis es una situación difícil, grave, que genera incertidumbre y en muchos casos conflictos, es una situación ingrata pero siempre superable, no definitiva. Situación que, con disciplina, constancia, austeridad y con estrategia se superara rápidamente, e incluso puede permitir un desarrollo y prosperidad no esperados.

Entonces, conclusiones, más o menos nos deberíamos quedar con las palabras del presidente electo que afirmó y en realidad quiso decir crisis y no bancarrota.
Sin embargo, el presidente tiene razón, hay mucho sentido de percepción de una situación de bancarrota, debido básicamente a la angustiante y agobiante situación en la cual estamos viviendo hace algunos años. Puede no ser una bancarrota económica, que por cierto está llena de tecnicismos que eclipsan la realidad más lacerante del país y que tenemos claro que no nos gusta para nada.

Tenemos esa idea de que gran parte del país está en ruinas, está en quiebra, está en bancarrota. En efecto, se aprecia un hundimiento y falta de recursos para sacar adelante el proyecto del país. Pero esa percepción no está correlacionada necesariamente con la situación económica, sino más bien política, vivimos una bancarrota política.

Bancarrota que se nutre de tres procesos brutales que nos han marcado en las últimas décadas: la violencia, la impunidad y la corrupción. Tres dolorosos y devastadores procesos que corren paralelos, pero que al final hablan de las ruinas de la política para mejorar la situación de los ciudadanos.

La violencia, que se asocia a la inseguridad, tiene relación con la incertidumbre de todos los ciudadanos de ser víctima de ella en cualquier ocasión, incluso sin buscarla. Eso lleva sin lugar a dudas a rompimiento de la identidad nacional, somos hijos de la desconfianza, no todos somos iguales, los iguales se respetan, ya no nos sentimos un solo cuerpo, somos muchos Méxicos, el de los buenos y el de los malos.

La impunidad, los hechos más graves no tienen castigo, las personas involucradas directa o indirectamente no han recibido sanción por los hechos cometidos, eso ha generado un descrédito de la clase política, que no tiene la confianza de ningún ciudadano.

Por último, la corrupción, hechos grandes o pequeños que involucren a pocos individuos o muchos, como las llamadas estafas maestras, el hecho es que generan desconfianza en las instituciones.

Sin una idea colectiva de país, de confianza mutua, de identidad, de reconocernos todos como parte de ese proyecto de país, sin una clase política que cuente con la confianza de todos los ciudadanos, no solo de los que votan por ellos y de un conjunto de instituciones fuertes y confiables que trabajen para proteger los valores más apreciados por todos, desde la salud, la educación, entre otros y terminando en las pensiones dignas, no nos queda más que mirar este escenario actual como una bancarrota, una bancarrota política.

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