Vigésima segunda parte  

La niebla descendía sobre el rocoso San Cristóbal, por la cumbre de la Magdalena, sin rivalizar con el intenso frío aire de las cañadas al pie de la sierra de argento del mineral de Pachuca, avanzando con rapidez sobre el añejo valle hasta envolver la virreinal plaza de Mercaderes, jardín, Portal, Plaza Constitución. Las ascuas de luz del ocaso en el poniente del valle pintarrajeaban el horizonte de amarillos, rojizos, anaranjados fundidos con esfumados del crepúsculo y la grisalla, mixtura de nubes, niebla y firmamento de invierno.
Escoltada de sus inquietos pelones, la abuela rondaba por costumbre las vendimias, los puestos en la antigua traza y periferia de esa Plaza Mayor. Recordando ahí que en el añejo y casi perdido mineral de Pachuca, “se tenía costumbre a finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX de arreglar memorables y suculentas cenas en los días veinticuatro y treintaiuno de diciembre, pretexto para reunirse numerosas familias hasta en olvidado grado, siendo del mismo vecindario o de otros reales mineros, del valle, Sierra y Huasteca”. El festín se daba en la vivienda principal de la vecindad que lucia largo corredor, pisos de solera de barro, paredes descascaradas pintadas, encaladas y blanqueadas con chulo, pasillos llenos de macetas, de las paredes pendían jaulas con gran variedad de pájaros.
De esas celebraciones y disfrutes de la flor y nata de los tiros, túneles, socavones, gente del pueblo, jornaleros, campesinos cobrizos de bronce, ella regocijadamente decía que “los hacían también para liarse y hasta para cruzarse entre familias completas”, el suceso giraba en torno a tres cosas; primero admirar el árbol figurado en una rama seca de mezquite blanqueada bien adornada con muchos colgajos; pelo de ángel, heno, foquitos, nacimiento con trastes religiosos y figuras de barro, en la que brillaba su estrella de Belém, la segunda fue tronar las piñatas elaboradas por familia lo que era verdadera disputa, una competencia por presumir la mejor olla vestida galantemente con papel de china, adornada con grandes picos y flecos, y la tercera, con mayor interés y aprecio, las comilones vistas como enorme muestra de gran variedad de cocinados de familia, incendiarios banquetes, suculentos guisos sabrosos manjares, viandas que circulaban durante la reunión.
Era de gran expectación y alegría para los muchos barrios mineros, de los más añejos de la veta de La Corteza, el de Patoni, el San Clemente, El Mosco, La Malinche, asentados en las faldas del cerro de la Santa Apolonia, los preparativos iniciaban días antes de las esperadas festividades pues así lo ameritaban las viandas y los arreglos del anfitrión. Veíanse bajo manteados en el patio común de la vecindad largas mesas dispuestas, blancos y almidonados manteles, muchas sillas y bancos, en la víspera los corredores llenos ya de familiares, conocidos y vecinos luciendo las mejores vestimentas. De mano en mano pasaban charolas de hoja de lata circulares, rectangulares, platones de barro greteado con pedacitos de jamón, pastel de pollo, galletitas saladas con atún o ensalada mixta, a tras mano iban recipientes pequeños de grueso vidrio con delicioso rompope de las monjas traído de Tulancingo o con licores de marranilla en curtido con ciruela pasa, canela y clavo, con chínguere de la prodigiosa o fuerte de cedrón.
En esas comilonas de fin de año se estrechaban más los lazos de familia, se juntaban para perdonar añejas ofensas, confeccionar eternos compadrazgos, se cerraban compromisos para trabajar en diferentes laboríos mineros previa plática con el líder de la Sección y se podían echar a andar hasta matrimonios, a risotada abierta dijo la viejilla “arraigado estaba que la mujer y la gata es de quien la trata”. La voz femenina de la casa de la comilona de Navidad y año nuevo gritaba ininterrumpidamente “¡a cenar…! ¡a cenar! siéntense, agarren lugar, acomódense, ¡pasen, pasen a cenar… háganos el honor!”. Los concurrentes ya sentados, parados o recargados degustaban y comentaban las delicias de la cena, había gente humilde mineros de todos los oficios incluso cocheros, también algunos presuntuosos pudientes y ricachones envanecidos con la fortuna de los terreros y producto de socavones.
Poco a poco se oían y olían venir los manjares en los que destacaban, sin equivocación según lo contó la anciana, los suculentos y sabrosos tamales de hoja de maíz. Las familias llegaban a la vecindad, a la reunión minera, cargando entre dos un vaporoso bote de lámina tipo alcoholero cubierto con un lienzo de manta de cielo, esto era como la presentación, como la firma, como la aportación de cada participante, los esponjados tamales de maíz cernido aromatizados con anís, amasados con manteca de puerco, con carne de pollo o cochino, de chile colorado o verde desprendían aromático humo. Pero a la viejilla lo que más le gustaba de las exquisiteces que se reunían fue “las suculentas y acostumbradas tortitas de camarón seco molido en metate, delicadamente cocinadas en sofrito de chile guajillo, pasilla, un poco de chipotle rayado secado al humo del carbón y leña, jitomate, ajo, cebolla, con tiernos romeritos y unas hojitas de laurel no más para aromatizar” para luego seguir con el pozole rojo, blanco o verde aderezado con orégano de Santórum.
En ese convite de fin de año era infaltable el vaporoso y calientito ponche para entrar en calor, beberecua con tejocotes de la montaña, guayabas de Michoacán, cañas de azúcar, ciruela pasa, jamaica, piña, tamarindo, endulzada con piloncillo. Para cerrar la digestión frutas secas, colaciones, galletas, arroz con leche, leche quemada tipo cajeta, buñuelos. La música amenizaba la reunión, alquilada con Pompeyo y Brígida, portando un pesado tocadiscos con cuatro cajones como bocinas, en varias cajas de madera discos de música para cantar, para disfrutar, para llorar, olvidar, para bailar ¡así que… ábranles campo!

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