Todos los seres que habitamos en este maravilloso planeta estamos compuestos por infinidad de células, que son parte fundamental del cuerpo humano. El tema en esta ocasión lleva consigo recordar un poco o, un mucho, los aspectos de la biología, la que desde que asistimos a la escuela primaria nuestros maestros inician su enseñanza con la finalidad de que conozcamos cómo está constituido el cuerpo humano; porque es la ciencia la que estudia a todos los seres vivos, su origen, evolución, propiedades, cómo se nutre, la morfogénesis, la reproducción, etcétera; intenta descubrir la estructura y dinámica utilizable que es común de todos los seres vivos, para instaurar leyes generales que rijan la vida orgánica y también sus principios. De esta ciencia se deriva un sinnúmero de estudios, todos relacionados con lo que le acontece al ser humano y su mejora, como la biología molecular, biología celular, la fisiología, botánica y la zoología, entre otros campos.

Cada campo de estudio surge en muchas de las ocasiones por casualidad, tal como le sucedió a esta científica Bárbara McClintock, quien recibió el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1983, que no fue nada fácil.

Ella nació el 16 de junio de 1902 en Hartford, Connecticut, Estados Unidos. Fue registrada como Eleanor y a los cuatro meses de edad le realizaron el cambio de nombre por Bárbara; ocupó el tercer lugar de la familia, su padre fue el médico Thomas Henry McClintock y su madre Sara Handy McClintock; a temprana edad demostró su independencia, la que más adelante ella la describiría como su “capacidad de estar sola” (Bernardo, 2014).

Desde los tres años y hasta la edad de asistir al colegio vivió con sus tíos en Brooklyn, Nueva York, esto como en tantas otras familias lo hicieron con la finalidad de ayudarse económicamente como familia, por la situación en la que vivían para que su padre se estableciera en su consultorio.

Siendo una niña independiente y solitaria, su acercamiento amoroso y emocional fue casi siempre para su padre, no igual para su madre. Con el transcurso de los años ella mencionó que sus padres la habían apoyado en todo, pero que en cuanto a su mamá su cercanía era muy fría. Los estudios de secundaria los realizó en el Erasmus Hall High School de Brooklyn, y ya desde ese entonces se inclinaba por la ciencia. Sus estudios los continuó en la Universidad Cornell, cabe hacer mención que en esta ocasión no fue su señor padre, sino su mamá, quien se oponía para que sus hijas recibieran o asistieran a estudiar la educación superior, por lo de siempre, que no era bien visto por la sociedad que una mujer estudiara en la universidad porque ya no encontrarían opciones para poder contraer matrimonio; porque aunado a ello, la familia continuaba con crisis económicas.

Bárbara, por su parte, en la Escuela de Agricultura Cornell no pagaba colegiatura, en virtud de que cuando terminó su instrucción secundaria consiguió un trabajo en una oficina de empleo, siendo autodidacta derivado del uso de la biblioteca pública. El apoyo recibido por su padre fue mucho, ya que él intervino para que pudiera asistir a la universidad en 1919; lugar donde fue muy bien recibida académicamente y en el ámbito social también sobresalió, pues fue presidenta de una asociación estudiantil. En la Escuela de Agricultura estudió botánica y obtuvo su título en 1923 de Bachelor of Science (Bsc).

En 1921, cuando estudiaba su primer curso, le llamó la atención la genética, el que estaba dirigido por el mejorador vegetal y genetista CB Hutchison, que tenía similitud con el de la Universidad de Harvard, dado su interés presentado, Hutchinson la invitó a participar en el curso de genética para graduados en 1922, esa invitación marcó la pauta para no alejarse jamás de la genética.

En esta escuela a las mujeres no se les tenía permitido obtener título, pero ella obtuvo su MA o posgrado y Phd o doctorado en botánica en 1925 y 1927, respectivamente.

Su investigación consistió en el desarrollo de técnicas para visualizar y caracterizar cromosomas de maíz, produciendo su técnica en la tinción con carmín para la mencionada visualización con la utilización de la microscopía óptica, donde por primera vez se mostró la morfología de los 10 cromosomas del maíz. Por su interés en la genética y citogenética obtuvo el doctorado, y también por ese interés la convirtieron en líder del grupo de la investigación. Pasaron muchos años e injustamente sus investigaciones no fueron tomadas en cuenta, no obstante, ella siguió sus experimentos, observando cómo se producían los cambios en los cromosomas cuando se está reproduciendo el maíz, su indagación en las plantas del maíz, la existencia de muchos genes con capacidad de saltar de un cromosoma a otro, surgiendo de esa manera la aparición de mazorcas con manchas rojas, marrones o también de color azul.

Fue la primera investigadora en 1930 que descubrió los entrecruzamientos entre cromosomas homólogos. En 1931 probó la existencia de la relación del entrecruzamiento y también la recombinación de caracteres heredables; antes de ese descubrimiento se demandaba que la recombinación genética podía ocurrir en otro momento; en este mismo año, Bárbara hizo público el orden de tres genes del cromosoma nueve del maíz por medio de la cartografía genética para el entendimiento del ligamiento y entrecruzamiento, para 1933 hizo un nuevo estudio citogenético del centrómero y aquí mostró su organización y función (Pino, 2009).

En la Universidad de Misuri-Columbia, obtuvo la plaza de profesora asistente en el departamento de botánica, y descubrió cómo los extremos de las cromátidas rotas se unían después de la replicación del ADN. Pero como siempre, las mujeres no son reconocidas como es este caso, aunque ella siempre comprobó sus experimentos del maíz. Dejó un gran descubrimiento en el campo de la genética. Muy tarde se le otorgó el Premio Novel, 30 años después de su hallazgo, gran descubrimiento adelantado para su época, la teoría de los “genes saltarines”, demostrando que los genes eran capaces de saltar en diferentes cromosomas, investigación que en este siglo es una concepción esencial en genética.

En 1971 le otorgaron la Medalla Nacional de la Ciencia y en 1981 se convirtió en la primera mujer en ganar la beca de la Fundación John D y Catherine T MacArthur, mejor conocida como “Beca de los Genios”.

Bárbara murió el 2 de septiembre de 1992 en Huntington, sin dejar descendencia.

“Si usted sabe que está en el camino correcto, si usted tiene este conocimiento interno, entonces nadie puede rechazar su solicitud de… no importa lo que diga”
Bárbara McClintock

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