Se dice que, no sin buenas razones, el cambio de siglo hacia el nuevo milenio, el sonido de Radiohead cambió en forma por completo dramática y sin explicaciones abundantes, excepto aquellas entrevistas en las que Thom Yorke refirió títulos de libros que recién había terminado y fueron de su interés como para “retomar aspectos desarrollados en el texto y escribir canciones acerca de eso”.

Lo cierto es que además de un gusto bastante claro por consumir literatura como obseso, Yorke ha recorrido una larga lista de autores cuyo rasgo común ha oscilado entre la angustia del siglo XX y la incertidumbre de una cultura que no parece dar indicios de nada claro ni cómo sobrevivirla.

Entre los autores favoritos del cantante se encuentra Thomas Pynchon, autor entre otros de V, La subasta del lote 49 y El arco iris de gravedad; la narrativa de Pynchon, además de ingeniosa y plagada de un humor tonificante, es todo un conjunto de paradojas en las que lo improbable tiende a ser la norma del argumento. De primera mano, tal efecto parecería una mera elección estilística, pero Yorke cayó rendido de hinojos ante la posibilidad de crear un sonido que en la práctica hiciera un tipo de efecto similar a la narrativa de Pynchon.

Precisamente porque a finales del siglo XX el compositor estaba a punto de quedar inmovilizado por un bloqueo creativo tras el lanzamiento y la gira de Ok computer, entre la narrativa de Pynchon y el encuentro con Ruido de fondo, un clásico en la literatura contracultural de Don DeLillo, en el que una familia se entera de la inminente amenaza de una nube química capaz de destruir la vida y que se aproxima a la ciudad donde vive Jack Gladney, el protagonista de la novela; justo en ese punto, la obra de Yorke dio un giro de 180 grados.

El eje de la narración –junto con Submundo– y que DeLillo se encargó de enfatizar con tanta claridad, como le fuese posible, la primera y más importante tendencia de toda manifestación de cualquier poder político, que es absorber y destruir la individualidad bombardeándola con radio, TV, publicidad, música del momento… En suma, una explosión cultural que lejos de dar al sujeto un estado de alerta y conciencia de sí mismo, lo hunde en un estado de insensibilidad similar a ese “ruido blanco” del que habla el título.

Dado que el argumento de la novela es una sensación de muerte inminente, además, DeLillo eleva la intensidad narrativa de su novela con un pasaje que la hace un trabajo fuera de serie y sublime: el Bardo Thodol, libro de los muertos, texto cuya tradición dicta debe ser leído a un costado del fallecido para guiarlo en su viaje hacia el inframundo.

A partir de entonces, Yorke se obsesionó con la necesidad de crear no solo discos, sino cuerpos íntegros de los que cada álbum debía ser por sí solo una pieza integral, autorreferencial y que en cada uno debería existir esa noción de experiencia intersticial, algo dado, pero por igual dejos de otra cosa indefinible.

A partir de ese momento, así como el Bardo Thodol, también la Divina comedia de Dante formó parte de aspectos y fragmentos en las letras de Radiohead. Es muy interesante la manera en que sin ser una variante de hippie posmoderno, a Yorke le pegó, con idéntica intensidad que a Leonard Cohen, uno de los textos más representativos de la cultura asiática y que gracias a él, todavía con más ironía, el tono de la escena musical contemporánea en realidad está permeada además de con textos clásicos previos al nacimiento de la cultura occidental, por una cultura libresca de la que sus escuchas apenas tienen idea.

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