Beber un cáliz

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Ricardo Garibay

Rosa María González Victoria

Sobre el autor

Ricardo Garibay
Nació en Tulancingo, Hidalgo, en 1923 y falleció en Cuernavaca, Morelos, el 3 de mayo de 1999. Además de escritor, se desempeñó como periodista, guionista y dramaturgo. Escribió más de 50 libros, entre los cuales se encuentran las novelas Beber un cáliz (1965), ganadora del Premio Mazatlán; La casa que arde de noche (1971), reconocida con el Premio al Mejor Libro Extranjero y publicada en Francia; Verde Maira (1977); Par de reyes (1983), Taib (1989) y Triste domingo (1991). De sus cuentos destacan La nueva amante (1946), Cuaderno (1950), Cuentos (1952), El gobierno del cuerpo (1977) y El humito de tren y el humito dormido (1985). Fue becado por el Centro Mexicano de Escritores de 1952 a 1953; impartió clases de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); ocupó el puesto de presidente del Colegio de Ciencias y Artes de Hidalgo. En el ámbito periodístico, colaboró en los diarios Excélsior y Novedades y en las publicaciones Proceso y Revista de la Universidad de México. Obtuvo una mención honorífica en el Centro Nacional de Periodismo por su crónica “Cómo se pasa la vida”, publicada en Excélsior. En 1987, fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo. En la Secretaría de Educación Pública se desempeñó como jefe de prensa. Fue el autor de los guiones de películas como Lo que es del César (1970), El milusos (1971) y El Púas (1991). En teatro escribió Diálogos mexicanos (1975), Mujeres en un acto (1978) y Lindas maestras (1985).

En Beber un cáliz, Ricardo Garibay narra en primera persona, con crudo detalle, el derrumbamiento físico y mental de aquel hombre cuya presencia y modo de ser le originaba temor y miedo, cuando era niño, pero que muchos años después, en su adultez de casi 40 años, le causaba y despertaba sentimientos encontrados: odio-amor, admiración-rechazo, desasosiego y cierta paz. Parecía que, de una manera cruel, la vida o, mejor dicho, el dolor se encargaba de cobrar venganza por él, de ese miedo y esa indiferencia paterna que sentía cuando niño. No se trataba, sin embargo, de un dolor cualquiera; era un dolor que lo mantenía bajo control, bajo un cruel régimen de sometimiento, a tal medida de provocarle dejar de ser quien era.

Una figura colosal En la obra, Garibay relata la cruel agonía de su padre; un hombre que, de tener una figura colosal “que oscurecía cuanto tocaba” y un tono de voz que caía como “una losa justo arriba de las cabezas de todos los hombres”, ahora se encontraba disminuido, en huesos y silenciado por esas enfermedades que se apoderaron de su cuerpo, su mente, alma, espíritu y de todo él.

Provenía de una familia sostenida por un sueldo “cómicamente pequeño” del padre –el abuelo de Garibay–. Con esa mísera cantidad sostenía a la esposa y a sus seis hijos; sus “cinco hermanos suicidas”: Roberto, Josefina, Salvador, Rómulo y Jaime.

Su padre, a quien “nunca” pudo mirarlo de frente y tampoco le vio los ojos cuando le estaba mirando, era un hombre que “supo tanto de la pobreza que la mera esperanza de dinero le llenaba de preocupación”. Y la falta de empleo le enardecía y justificó una reprimenda violenta al hijo temeroso por algo que le parecía mal hecho: “Me gritaba. Yo no oía. Se exasperaba. Y me alcanzó en las escaleras, rugió, me golpeó. Yo sentía la tarde como algo abominable para siempre. Al día siguiente, llegó con la noticia de que le habían dicho que sí a propósito de un empleo que andaba buscando. Entre bromas y veras, mi madre le reprochó la ira de la tarde anterior.

“Era la angustia, dijo, de no saber qué iba a hacer, cómo los iba a mantener, a estos –nos señaló–, a ustedes –señaló a mi madre–.

” Ese hombre de “hombros y risa brillante y alta, de hablar de aldeas y fumadas tan largas, de dedos como cordones de hilos de acero”, que en su plenitud “amó la vida como nadie”, 40 años después el cáncer y la gangrena se habían apoderado de su cuerpo.

Y el dolor En ese relato sobre la atroz agonía de su padre, a quien “ahora le duele todo”, Garibay recuerda, con cierta ironía, cómo el dolor trabajó sobre el cuerpo de su padre; cómo le causó “dolores insospechados, hechos con astillas de lámina”, lo cubrió de manchas moradas y negruzcas y afectó su densidad, al extremo de poder ser levantado como se levanta a un pequeño niño. Y cómo, a la vez, a él le provoca dolor.

En su obra registra algunos fragmentos de aquella conversación que sostuvo con un sacerdote, con el padre Velázquez, respecto al dolor, al dolor que a él le causaba ver el sufrimiento de su padre y haber presenciado el sufrimiento de otras personas: “Mire, el dolor es cosa muy compleja; mejor es no hablar de él; no está usted ahora para hablar de eso.

“Compleja y simple a la vez, padre –insistí–, porque está aquí, se siente, se ve. ¿Es malo darse cuenta de esto? Y no me refiero solo al dolor físico.

“A veces, conviene no darse cuenta de lo que sucede.”

En ese mismo encuentro, recuerda que le dijo a aquel sacerdote que el mismo Jesucristo vio venir el dolor y le tuvo miedo y “bebió su cáliz hasta la última gota”. Y que este, irritado, le respondió que no debía envanecerse: “No se ensalce usted a usted mismo. Por ejemplo: su padre ha bebido y está bebiendo el cáliz que le corresponde; pero no se siente en privilegio, simplemente se siente desdichado; es decir, simplemente sufre… ¿Sabe usted qué debe hacer?… Cuando sienta que llega el dolor –como usted dice–, piense: ‘A lo mejor no es, a lo mejor estoy exagerando’”.

“¡Madre santísima!” A casi un año de la partida de su padre (“Ya me voy”, alcanzó a decir), como epílogo de ese deceso trágico, Garibay concluye el relato con la muerte de su madre, registrada casi un año desde la de su padre y después de ser vencida por un tercer infarto.

Aferrado al médico, se desploma negando tal anuncio: “Mi madre santísima no. No mi madre santísima. Mi madre santísima no”.

Aquella mujer seguía al hombre que, después de haber esperado 10 años a un novio que quiso, ya no hubo otro hombre más en el mundo, porque así lo decidió.

Cuando volvía estar con él, luego de que se llegaban a separar por motivos de trabajo, por desempleo, solo pedía estar con él después de estar con sus hijos, pues “después de verlos a ustedes (él) era mi mayor placer”.

Pese a que Beber un cáliz es el testimonio verídico vivido por su autor, enfocado al dolor, agonía y fallecimiento de su padre, el 9 de junio de 1962, y, en las últimas seis páginas, la muerte de la madre, el 15 de junio de 1963, esta obra está escrita con la destreza y habilidad de un escritor que logra relatar, con una singular prosa, belleza poética y sentimiento humano, el fin dramático de una vida.



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