Nací el 15 de abril de 1962, acabo de cumplir 56 años. Nunca dejo de festejar mis cumpleaños, me gusta palpar el paso del tiempo mientras me cantan las mañanitas o corto la rebanada de un pastel.

Cuántos recuerdos lindos, quizá por eso siempre se me revuelve la niña y la señora, la adolescente y doña madura, la ceceachera con la doctora, la enamorada con la ilusionada, la bella con la airosa, la que soy y la que fui con la que todavía me gustaría ser. Nostalgia, melancolía, pasado y presente.
Evoco cuando cumplí 11 años e invité a un niño que me gustaba mucho y me regaló un anillo que yo consideré una señal de amor. En mi fiesta de XV años mi papá empezó a embarrarnos de merengue y todo terminó en una guerra divertida que me hizo famosa en mi escuela. La necedad solidaria de mi hermano -siempre tan cariñoso- de comprarme un pastel pese al gran dolor que en ese momento enfrentábamos con la muerte de mi sobrino Ernestito. Sin duda, uno de mis cumpleaños más tristes.
Cuando visito la casa de mi papá y de mi mamá no puedo creer que en ese pequeño departamento hice tantas fiestas para celebrar mis cumpleaños, en aquellos tiempos que estudiaba en la universidad. Bailar al ritmo de Queen, tomar clases de chachachá con mi querido maestro Froylán López Narváez, moverme al ritmo de Pedro Navajas segura de que la vida te da sorpresas.
Luego los festejos con mis amigas feministas, poemas y brindis con vino tinto. Mi pancita de tres meses de embarazo y el primer cumple celebrado con mi amado hijo. Las sorpresas de llegar a mi salón de clases y ser recibida con “despierta mi bien despierta”, abrazos y notitas de buenos deseos.
Hacer una gran fiesta y reunir a cada persona amada cuando cumplí 40, las amigas de la infancia, las maestras memorables, mi familia, mis amores, canciones y baile, toda la noche sintiéndome bien querida.
La primera vez en Europa y celebrar mis 48 en playas italianas mientras mi querida Josefina preparaba una deliciosa ensalada, Vicente conseguía un vino espumoso, Rosalinda las copas y Gloria nos conmovía con sus relatos de arte e historia.
Llegar a los 50 envuelta en los vientos de mi tierra bella y airosa, creyéndome niña madura e inmadura y por eso recibo gozosa como regalo una bolsa en forma de vaca, una sirena que canta esplendorosa, una Mafalda de mirada cómplice, un Frida que me presta sus alas, medias de figuras gatunas o de flores tatuadas.
Y seguir sumando velas más sonrisas, cariños más alianzas, cantos y abrazos, confesiones públicas de buen amor, cartas discretas de bien amados, mensajes que pese a la distancia contienen el cariño de siempre, abracitos cariñosos de amistades tan queridas.
Y ya son 56 pero mi alma sigue niña, todavía tengo sueños de adolescente ingenua pero celebro estos logros de señora tentación, de señora hora por hora, de señora bien acompañada, de señora bella y airosa. Mis canas delatan el paso del tiempo, mi sonrisa mi fe en la eterna juventud. Sigo dando pasos con medias de seda y corazón de pollo. Y sí, ya son 56.

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