Recuerdo muy bien el día que vi por primera vez a las mujeres. Tenía 28 años. “Es que es tan efectiva la estrategia patriarcal de invisibilidad hacia lo femenino y hacia las mujeres que, incluso nosotras, ya no nos vemos, ni vemos a las demás”, pensaba.
Era mí día de descanso, un jueves; aproveché para hacer pagos en el centro de la Ciudad de México. Distraída, me quedé viendo un aparador que exhibía libros, de momento otra mujer se paró junto a mí, no la miré directamente, vi su reflejo en el cristal. ¡No la vi, la descubrí!Supongo que esa emoción sienten quienes naufragan, se reencuentran con el suelo y exclaman por vez primera: ¡tierra, tierra a la vista!
Me detuve a la mitad de la acera y entonces las reconocí a todas — ¡tierra!, tierra a la ¡vista!—. Las observé con mucha emoción, cómo caminaban, hablaban y ocupaban con su cuerpo el espacio. Claro que las contemplé sin criticarlas, sin compararme, sin todos esos prejuicios que nos inculca el sistema para medirnos, en competencia, entre nosotras.
¡Ya no pude dejar de verlas!
Entonces me decidí, al fin, a hacerle caso a mi voz interior que tenía años insistiéndome sobre cuál era mi camino, cuál era mi querencia, cuál era mi destino si realmente quería ser feliz.
— ¿Y ahora por dónde empiezo?— me pregunté sin tener la menor idea de dónde encontrar mujeres lesbianas. Platiqué con Irma, mi amiga.
— Conozco a una mujer de un grupo que se llama Lambda, si quieres vamos, se reúnen los sábados por la Roma— me dijo no muy segura de convencerme, pero lo hizo.
Fue inquietante entrar en ese garaje, ¡ahí estaban todas aquellas mujeres que sabía que tenían el mismo gusto que yo! Las escudriñé con la mirada, unas me parecían atractivas, otras no, caminaba atenta a sus miradas, ¡podría haber caído con cualquiera!
Anunciaron que habría un sketch sobre unas mujeres platicando en el lavadero, aparecieron las actrices, ¡y ahí la vi! Era ella.
Antes de irnos me acerqué para presentarme y decirle que lo había hecho muy bien. Pronto recibí respuesta, ¡ella también quería conocerme!
La invité a cenar, luego me invitó a comer, fuimos a un café, hasta que llegó el día donde ya no pude eludir el encuentro. Fue en su casa, a media tarde, yo estaba más que nerviosa, no sabía qué hacer, hablaba y hablaba sin parar, todo por no preguntar antes cómo hacer el amor con una mujer.
Mi pecho se fue haciendo grande grande, aun así mi corazón no cabía, era inminente, ¡qué miedo!, ¡qué miedo no tener paracaídas!
Me pidió que me callara, más bien con un beso me calló, ¡bendito estrógeno, que boca más dulce! Me metió la mano en la blusa, ¡bendito estrógeno, qué mano más suave y gentil!, ¡bendito estrógeno, mis pechos reaccionaron! El sofá se acabó muy rápido, nos fuimos a la cama.
Sobre mí estaba ella, ¡bendito estrógeno, qué olor tan sutil!, mis manos encontraron el camino con facilidad, ¡bendito estrógeno, qué piel más tersa, qué curvas tan pronunciadas, qué formas de mujer! ¡Bendito estrógeno, lubriqué! ¡Mi boca ya no pudo dejar la suya!
Entonces la miré directamente a los ojos con una posibilidad de ternura nunca antes experimentada, ¡recibí contestación!, el hueco en el pecho desapareció, se llenó, rebosó.
Pasaron los minutos entre una neblina rosada. Simplemente no nos podíamos separar ni un centímetro. Ella estaba en mi vulva y observaba con fascinación.
— ¡Mira, mira, voy a traer un espejo! — se levantó. Regresó con el espejo y lo puso frente a mí, —Fíjate, ¡meto el dedo y sale mucho líquido!— Cada vez que ella metía el dedo tenía una sensación muy difícil de describir, nunca antes la había sentido.
¡Bendito estrógeno, qué placer!
Salí del departamento cerca de las tres de la mañana, tenía que regresar a mi casa. Mientras manejaba por circuito interior, con una sonrisa en mi cara, reflexioné: ¡qué bendición es ser mujer!

 

*Cuento originalmente publicado en Puto el que lo lea, un fanzine de Malavida Promotora Cultural.Martha Canseco González es optimista irredenta, está convencida de que este mundo puede cobijar a todas sin suponer ningún riesgo más que el de vivir.

Comentarios