-Pero hombre de Dios, véngase para acá y déjese de chácharas consigo mismo. ¡Ya estuvo bueno!, se pasa usted el día hablando de quien sabe qué cosa en sus fantasías y el trabajo por hacer. Valdría más que hiciera lo que le viniera en gana y tuviéramos que hacer su trabajo. Es usted demasiado perezoso. Póngase a barrer y a limpiar, y hágalo rapidito y bien hecho, sino se las tendrá que ver conmigo y no querrá eso, verdad.

Se fue con el mismo vendaval con el que había llegado y su voz siguió sonando, con el mismo timbre desagradable, durante mucho rato. Benjamín, que llevaba más de 20 años trabajando en la casa de los señores Ruíz, antes residencia Palacios, sabía de las formas rudas de doña Rebeca, el ama de llaves, y no se las tomaba a mal.

Seguía haciendo su labor de la misma manera parsimoniosa de siempre, porqué además era el único modo en que podía hacerlo, dada su avanzada edad. “A qué tanta prisa si aún falta mucho para que lleguen lo señores, si es que llegan”, discurría.

Pensaba, cada vez más a menudo, en que diferente sería su vida si se hubiese atrevido a salir de la casa grande y ver el mundo de allí fuera. Pero tuvo miedo de embarcarse y emprender aquel viaje por mar al que le invitaba su amigo Eduardo.

Nunca se arrepintió de aquella decisión. Al fin y al cabo, no le había faltado comida y un techo por encima de su cabeza. El precio había sido alto, la pérdida de sus sueños, pero siempre había que pagar un costo elevado si se quería alcanzar un mínimo de bienestar manteniendo la conciencia tranquila.

Para él, la libertad estaba sobrevalorada, no era tan importante como daban a entender en la publicidad. Valía mil veces más agachar la cerviz que levantarla y que acabaran por hundirla en el fango a la fuerza. Su madre le había dicho tantas veces aquellas palabras que terminaron por macarse a fuego en su alma.

Lo que más le dolía era que se había quedado solo, sin nadie a quien contarle lo poco que le sucedía. Tal vez fuera mejor así, una mujer se aburriría tarde o temprano de aquellas pequeñeces y terminaría por dejarlo. Ese abandono le hubiese hecho sufrir demasiado. Así que se conformaba con los reclamos de doña Rebeca, que eran lo más próximo a una relación humana que tenía.

A sus patrones no los veía nunca, cuando llegaban le escondían en la pobre casita de los criados y allí lo tenían encerrado hasta que volvían a irse, lo cual sucedía dos o tres días después de su llegada. No le importaba estar allí encerrado, para él era un tiempo de dicha en el que podía sumergirse en mil vidas diferentes a la suya y vivirlas como si fueran la propia.

Sin que nadie se lo hubiese dicho sabía que su patrón era su compañero de juventud, quien se había enriquecido y elevado a las posiciones más altas de la sociedad. Aunque para él seguía siendo simplemente Eduardo, el de los tres lunares en el pecho que brillaban al salir del río.

Benjamín sonrió y siguió barriendo la escalera, dejándola bien limpia para su amigo y joven esposa. Una pareja dichosa y feliz que disfrutaba de los dones más preciados de la madre Tierra.

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