Bienvenido a casa

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casa

Antonio Madrid*

*Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa; ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna

La barda luce desgastadísima por los años. Quizá tuvo un revoque alguna vez, no lo sabemos. Hoy luce descascarada y muestra insolente sus ladrillos desnudos. Al pie de la desgastada tapia hay algunos yerbajos que han crecido, pero que por alguna extraña razón no logran darle un mal aspecto, sino al contrario, ayudan a darle esa imagen nostálgica que pretende anunciar que ahí el tiempo parece haberse detenido.

Luego está la entradita. Sin reja alguna y, a pesar de su estrechez, abierta inmensamente, como invitando a todos a pasar. Del otro lado sigue una cerca de madera, con los mismos arbustos a sus pies y un letrero que dice: “Welcome home”. Casi devorando a la placa, una madreselva se extiende generosa cubriendo gran parte del cercado.

Pero la casa es tema aparte. Se levanta a contraluz blanca e imponente, con sus dos chimeneas, sus dos plantas y su techado también de dos aguas. Ya si se ve más a detalle se puede apreciar una especie de pórtico y cinco ventanas corredizas a lo largo y ancho de toda la construcción.

Justo ahí, en una de las ventanas del piso superior, me parece ver a Virginia Woolf, con toda la belleza de sus años mozos, sus enormes ojos diáfanos, sus labios carnosos y su rostro anguloso, asomarse y preguntar en perfecto inglés británico: “What can I do for you?” Enmudezco y de inmediato siento cómo un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Quisiera preguntarle ¿cómo se escribe una novela fulgurante, como las que ella escribía?, ¿cómo se puede ser una leyenda y permanecer en el tiempo?, ¿cómo…? El claxon de un taxi me saca de mi ensimismamiento y tras voltear a ver el vehículo y regresar la mirada a la ventana, el bello rostro ha desaparecido. Por cierto, me pareció verlo en blanco y negro.

El taxista me mira extrañado y me pregunta si ya nos vamos. Titubeando le contesto que sí y subo al coche, no sin dejar de voltear a la ventana.

–¿Qué, no me diga que también la vio? –pregunta a bote pronto con mirada sardónica el taxista.

–¿A quién? –le contesto.

–Pues a ella. La escritora.

–¿A Virginia? –¿A quién más? Es lo que dice en la placa, que ahí vivió… No me es posible comprobar lo que me señala el chofer pues ya nos hemos alejado bastante de la casa, por lo que pregunto extrañado: –¿Eso dice? El taxista vuelve a sonreír socarronamente, arqueando su bigote rubio, enmarcado en su cara regordeta, mientras nos dirigimos hacia el aeropuerto de Londres, situado a escasos cinco kilómetros, donde tomaré un vuelo de regreso hacia el continente americano, luego de varios días en Inglaterra. Quisiera decirle que la placa decía simplemente: “Bienvenido a casa”, pero… Muchas veces he querido regresar a ese lugar, pero no he podido. Me he conformado con seguir leyendo a Virginia y presumir para mis adentros que tuve la oportunidad de ser atendido por ella, aunque, por supuesto, jamás lo externaría. Me tomarían por loco luego de saber que, sufriendo de lo que hoy llaman trastorno bipolar, se suicidó hace 78 años al retacar de piedras las bolsas de su abrigo y sumergirse en el río Ouse, muy cercano a su domicilio, donde murió ahogada.

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