Fue mi jefe durante ocho años, hoy seremos compañeros de cubículo y sí, los cambios prometidos están llegando. Y así empiezo el mes de febrero con la grata noticia de que el maestro Mauricio Ortiz Roche regresa al área académica de comunicación.

Gracias a él yo trabajo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, aunque alguna villana se quiere dar todo el crédito, pero fue él quien revisó mi trayectoria y no dudó un solo instante para aceptarme y formar parte de su equipo.

Fue así como durante casi durante 3 mil días aprendí de su liderazgo, de su disciplina y de su alma solidaria y generosa. Con él nunca hubo privilegios, solamente trabajo del bueno. Me fascinaba la manera en que nos integraba ya sea para hacer un buen rediseño o realizar los exámenes de oposición, el respeto ante alguna propuesta para presentar un libro o para hacer una mesa redonda sobre feminismo y sororidad. No olvido su orgullo cuando a la doctora Josefina Hernández Téllez y a mí nos aceptaron en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Lo sencillo que era pedirle permiso para ir a un congreso, para salir a hacer una entrevista, para editar un libro dentro o fuera de nuestra institución. Confiaba en nosotras y nosotras en él. Hasta la fecha, después de dar una ponencia o hacer una presentación, me parece escucharlo decir: “Bien, Elvira”, su mirada cómplice, su pasión garza que siempre sabe contagiar. Se empezó a animar a escribir textos académicos e hizo su maestría y, pronto, estoy segura, hará su doctorado. Publicamos juntos el libro Relatos sonoros donde recuperamos la historia de Radio UAEH y compartimos esa loca idea de tener un programa de radio al que bautizó como “Quinto Poder”.

Me permitió aproximarme a su familia y cada vez que me encuentro con su hijo e hija, los abrazo como si fueran mis sobrinos. El año pasado, en un vuelo México-Costa Rica, compartí el trayecto con la mujer que ama y las dos coincidimos en que es un hombre de buen corazón, trabajador y comprometido. Por eso, ella también lo ama.

Si bien estuvo al frente de otras áreas, luego de dejar la nuestra, nunca estuvo lejos porque nuestros encuentros no necesitaban un lugar específico. Así en cualquier pasillo del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, el abrazo sincero de inmediato surgía. Las aventuras en la Feria Universitaria del Libro (FUL) siempre tenían el mejor toque cuando compartíamos inauguraciones, presentaciones y una que otra improvisación. Por eso hoy tengo que celebrar públicamente su regreso a nuestra área, planear ya todo lo que podemos escribir juntos, los congresos en donde podemos acompañarnos y algún libro que volvamos a coordinar en complicidad. Mauricio Ortiz Roche fue una persona definitiva para que yo sintiera a mi universidad como otro hogar, fue determinante para nunca creer que trabajaba de más y que valían la pena las desveladas para apoyarlo en todo.

Gracias Mauricio por tu ejemplo y por tu amistad, por regresar con ese gran compromiso garza, por haber sido el mejor jefe que he podido tener, por ser mi amigo y por aceptar compartir cubículo –pese a mis cantos desafinados, mis vacas de peluche y todo el aire feminista que circula por esa estancia–. Bienvenido.

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