Todos tenemos una relación única con el mar.
Cuando lo vemos, sabemos que no importa lo que suceda, tenemos que regresar. No sabemos cuándo, pero buscamos por todos los medios reencontrarnos con él. ¿Qué desencadena semejante hechizo? Será su sonido. O el roce de su consistencia acuosa sobre nuestros pies. O su presencia magna, inabarcable para nuestra vista. De eso escribe Mireia Mendoza: de la relación íntima con ese ente que conocemos convencionalmente con el signo lingüístico “mar”. Es otra decaída más. Maldito Vicio.

I – Mar de vida

Infancia:

Te veo y sonrío;
sonrío embelesado por tu inmensidad,
sonrío porque hoy nos conocemos y me recibes con una calma templada.

Tu vaivén parece querer arrullarme
y yo me dejo arropar por un murmuro sutil y cálido:
te impones solemne y grácil ante mi complacida mirada pueril.

El azul es verde y el verde es azul;
y envuelto en cromatismos te observo, te aguardo, te admiro…
y tú te enredas y juegas entre mis pies, rumbo a mi alma.

Te veo y sonrío;
no hace falta más que un instante seductor
para crear un lazo intermitente pero eterno.

Adolescencia:

Me recibes con un abrazo que estremece el aliento; como siempre.
Como siempre me extiendes todo tu ser de una forma reverencial, servil.
Eres amigo que permanece y que se va sin dejar de estar.

Perpetro en tus adentros y no rehuyes: te entremezclas.
Envuelves mi piel tersa y bañas mi alma floreciente: me invades…
pero me invades sin que la sonrisa de mis labios pueda osar diluirse.

Los años, vinculantes, han decidido hermanarnos.
Los años pasan pero no nos llevan; los años nos amarran.
Me meces en el regazo en el que tú me arropas y yo me hundo.

Con un abrazo que me impregna de añoranza me despides; como siempre.
Y me llevo tatuado en la piel el recuerdo salino
de una relación tan fugaz como perpetua;
tan nuestra.

Plenitud y esplendor:

Nos encontramos y te miro: me saludas;
me saludas cubierto con la ornamental espuma que te corona cual guirnalda festiva;
cual guirnalda que, dadivoso, entregas como afable caricia de un amor naciente.

Me adentro en tus etéreas entrañas que me llevan sin vacilar
pero vacilantes de un modo no más incesante que estático:
el tiempo se detiene dejando un lento palpitar en mi ser.

Me calmas, me reconfortas, me alientas.
Eres sanador de mis penas más profundas
y cómplice de mis sonrisas más extensas.

Nos hemos encontrado y aún te miro: me despides;
me despides con un hasta luego portador de melancolía
pero sabedor de mi regreso; de mi vital regreso.

Esplendor y declive:

La piel surcada parece querer imitar tu leve oleaje
como si camináramos hacia una simbiosis contra natura.
Más tú renaces, incansable, mientras yo me canso con cada renacer.

Eres el amigo que has sido: impecable anfitrión constante;
constante ante un huésped que el tiempo, sicario gentil,
abate sin perdón mientras te miro con la ilusión aún de ayer.

Memorias de tus más viles y nada plausibles hazañas
bombardean, insaciables, mi mente: ¿cómo entender tu sabida maldad
cuando tu abrazo, incondicional, es continuo y latente?

Tu leve oleaje apacigua el dolor que reviste la piel surcada.
Poco a poco dejas de estar, pero quedas;
quedas en una última inhalación marina que me embalsama, que me hace mar.

*Originaria de Barcelona, Cataluña. Desde pequeña ha sido una apasionada lectora, derivado del hábito familiar, en donde su tía abuela, aún a los 92 años, seguía leyendo día y noche, aunado ello al hecho que su madre regentaba una librería. Obtuvo el Premio de Narración Corta La Magrana, el cual implicó la publicación de la obra.

Cuando estuve en el mar era marino…

Jaime Sabines*

Cuando estuve en el mar era marino
este dolor sin prisas.
Dame ahora tu boca:
me la quiero comer con tu sonrisa.

Cuando estuve en el cielo era celeste
este dolor urgente.
Dame ahora tu alma:
quiero clavarle el diente.

No me des nada, amor, no me des nada:
yo te tomo en el viento,
te tomo del arroyo de la sombra,
del giro de la luz y del silencio,
de la piel de las cosas
y de la sangre con que subo al tiempo.
Tú eres un surtidor aunque no quieras
y yo soy el sediento.

No me hables, si quieres, no me toques,
no me conozcas más, yo ya no existo.
Yo soy sólo la vida que te acosa
y tú eres la muerte que resisto.

*Nació el 25 de marzo de 1926 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Cursó estudios de Medicina y Letras en la Universidad Nacional. Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983. En 1994 fue distinguido con la medalla Belisario Domínguez. Falleció en la Ciudad de México el 19 de marzo de 1999.

 

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
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