Hay mentes que desafían el tiempo y las reglas que la sociedad, esa masa amorfa de mil cabezas, nos imponen desde antes de que entendamos de qué se
trata la vida en este mundo. Son personajes singulares, que no se ajustan cuando las queremos meter a un cajón conceptual. Revolucionan, rompen paradigmas, desafían convenciones. ¿Deben ser por ello considerados anormales? ¿Pícaros? En este Maldito Vicio leeremos sobre dos personajes que entendieron qué es lo que había que hacer para ir adelante, para “ser bellacos con los bellacos”, como dice Pablos en El Buscón, de Francisco de Quevedo, o para nacer incluso antes, como provocó Denis Lavant, quien reía y lloraba constantemente desde el vientre materno.

Biografía no autorizada de un anormal

Julia Castillo*

Denis Lavant reía y lloraba constantemente en el vientre materno, lo que incomodaba a la madre y le provocaba estados de ánimo alterados. Por ello el parto fue apurado, y con apenas seis meses, el invierno de 1961 y París fueron su gentilicio. Denis fue recibido en casa y arropado con seda y cobertores finos. Lo esperaba una sutil calefacción natural que elevaba el olor a cedro de los muebles y duela del enorme apartamento: el padre había dispuesto que en cada una de las 10 habitaciones, las nanas pusieran una vasija con agua caliente.
La nalgada del médico, asistido por la partera familiar, causó en el bebé una carcajada que de inmediato se convirtió en lloriqueo falso cuando estuvo en los brazos maternos. La precocidad lo hizo protagónico en cualquier espacio.
Es de todos conocido, aunque se supo hasta que llegó a la fama, que Denis se burló de la riqueza de sus padres y la abandonó. Precisaba de alimentos, de ropa básica, pero despreciaba cualquier utensilio o juguete costoso. Incluso pedía a sus padres, en plena infancia, que no gastaran en sus estudios como lo hacían con sus hermanos mayores.
Con solo ocho años, un día pidió que le permitieran abandonar la escuela
que, según él, lo limitaba. Debido a los constantes enfrentamientos, la dejó por completo a los 12 años sin el consentimiento familiar. Pero a los ojos de sus padres, acudía a la institución solo para escapar y trabajar en cualquier lugar en el que se lo permitieran. En los mercados y tiendas, a las afueras de la ciudad, fue conocido como “l’uniformisé” o “le petit uniformisé” (el uniformadito).
“Le petit uniformisé” vendía, cobraba, empacaba, cargaba, iba y venía con pedidos y compras. Denis invirtió el dinero ganado en pagar prostitutas, a quienes les mostraba cómo recrear la más famosa escena de la película entonces en boga, El último tango en París. Desde su estreno, se las había arreglado para escabullirse en las salas cinematográficas y aprenderse los diálogos y movimientos eróticos de Marlon Brando, practicados también en el piso de su habitación mientras todos dormían.
Las mujeres, aterrorizadas por los meneos del mozo, con una moral espontánea, aventaban el dinero y renunciaban, pero hubo alguna más joven que aceptó. Ambos, disfrazados de Paul y Jeanne, los protagonistas, buscaron una de las calles más transitadas de la capital francesa para desnudarse y recrear la escena en la cual se inventan nombres guturales. Bastaron dos minutos para abrir bocas y alertar conciencias de algunos parisinos. Las autoridades detuvieron a los incipientes artistas. Fue así como los padres de Denis supieron que su hijo ya no asistía a la escuela y que trabajaba para pagar meretrices que quisieran actuar.
El genio de Lavant no se detuvo por regaños ni castigos. Demostró a sus padres haber leído grandes obras literarias sin asistir a la escuela y, sobre la matemática, dijo que ya sabía lo que tenía que saber de números. Luego de largas discusiones, sus razonamientos le permitieron tomar clases en casa, en lo que se hacía mayor para poder vivir solo, como era su deseo. Al principio aceptó materias que su padre impuso, pero poco a poco convenció a su madre y ella solapó la enseñanza en las artes: canto, danza, piano, pintura.
A los 15 años, Denis salió de casa dejando a dos maestras enamoradas. Él quería explorar su cuerpo, cuyas extremidades todo el tiempo estiraba y torcía. Fue entonces que decidió viajar como acróbata amateur en un circo.
Recorrió Francia sosteniendo su cabeza con las plantas de sus pies, fumando cigarros de mariguana detenidos entre los dedos de sus pies, besando su propio trasero, mimetizándose con los animales e imitándolos. Fue justo en una de esas presentaciones, cuando hacía las veces de una pantera portando un traje negro de licra y algodón confeccionado por él mismo, que deslumbró al próximo director de cine Léos Carax, quien acudía como simple espectador pero, al finalizar el espectáculo, pidió conocerlo y le prometió que algún día crearía una película especialmente para él.
Después vinieron sus viajes en caravana con otros artistas, para llevar a Molière a los barrios franceses más pobres. Y de ahí pasó a los teatros parisinos hasta que en 1984 fue contactado por Carax, quien nunca le perdió el rastro.
Denis tenía 23 años y Carax 24 cuando nació la primera película de ambos, Boy meets girl. Pero no es sino hasta varias películas después que Léos Carax cumplió su promesa y creó en 2012 la prodigiosa Holy Motors.
Holy Motors es la cinta que recién vi y que es innecesario que describa. Solo diré que, mientras transcurrían las anárquicas y maravillosas escenas, yo pensaba en esta biografía del actor Denis Lavant, cuya vida desconozco casi por completo.

*Hace infografías. En sus ratos libres es una cabra.

El Buscón  (fragmento)


Francisco de Quevedo*

“Haz como vieres” dice un refrán y dice bien, de puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello. Pero aseguro a VM que hice todas las diligencias posibles. Lo primero, yo puse en pena a todos los cochinos que entrasen en casa y a los pollos que del corral pasasen a mi aposento.
Sucedió que un día entraron dos puercos, del mejor garbo que vi en mi vida; yo estaba jugando con los otros criados y los oí gruñir y le dije a uno “vaya y vea quien gruñe en nuestra casa”. Fue y dijo que dos marranos. Yo, que lo oí, me enojé tanto, que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casas ajenas; y diciendo esto, le envasé a cada uno –a puerta cerrada– la espada por los pechos, y luego los acogotamos; y porque no se oyese el ruido que hacían todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones, los chamuscamos en el corral; de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba hecho, aunque mal si no eran los vientres, que no estaban acabadas de hacer las morcillas, y no por falta de prisa, que en verdad que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro. Supo, pues, don Diego y el mayordomo el caso y se enojaron conmigo de manera que obligaron a los huéspedes –que de risa no se podían valer– a volver por mí. Me preguntaba don Diego qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia. A lo cual respondí que yo me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes, y, si no me valiese, diría: “Como se entraron sin llamar a la puerta, como en su casa, entendí que eran nuestros”. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego: “A fe, Pablos, que os hacéis a las armas”. Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso, y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro, o la virtud o el vicio.

*(Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes, España, 1645) Escritor español.

Quevedo cultivó todos los géneros literarios de su época. Se dedicó a la poesía desde muy joven y escribió sonetos satíricos y burlescos, a la vez que graves poemas en los que expuso su pensamiento, típico del Barroco.

Lo peor del #Pícaro es que las picardías que inventa son jocosas, caen simpáticas y parecen perdonables.

Volbong
@volbong

 

 

 

 

Biografía no autorizada de un anormal

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial
Diseño: Cuauhtémoc Ríos

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