En algún punto en la carrera de Miles Davis, cuando ya no se creía capaz de crear ni de evocar un sonido propio de la leyenda a la que él mismo se elevó y no había espíritu en condiciones para contradecirlo, en medio de una epifanía que osciló entre la intoxicación y una lucidez sobrehumana, concibió una de las atrocidades más reveladoras y trascendentes en el mundo de la música: Bitches brew, que bien podría denominarse: “Cómo el jazz acabó con la noción del tiempo y el espacio como era concebido”.

Es decir, uno de los conceptos básicos que hasta la fecha debe seguir cualquier iniciado en la música, más aún los estudiantes y muchos de los intérpretes consumados, es la noción de que así como el compás marca el tiempo, también instala un límite que decide la forma en que se ejecutará la música, sea la tradición o género al que pertenezca.

Pero cuando Davis, tras un periodo de sequía legendario por el que se pensó que no habría más música salida de sus manos ni pulmones, mismo que aparece representado en la genial Miles ahead (2015), con Don Cheadle caracterizando a un Davis que de verdad parece la encarnación del músico maldito, la temporada que retrata es el preámbulo a la odisea musical de Bitches brew.

Bitches brew representa todo aquello que la música tradicional desdeña, pero en el fondo a lo que aspira convertirse; la sola descripción es difícil, ya que en el fondo consiste en que mediante unos cuantos movimientos de partida, todos y cada uno de los que participan en el ensamble, como bien era parte del estilo musical de Miles Davis, establecen una forma de cadencia mediante el que los instrumentos se comunican entre sí, pero no aciertan a establecer ni buscan un movimiento de cierre que se prevea desde ninguno de los acordes.

Cuando Bitches brew salió a la venta, no hubo una sola alma que diera crédito de lo que Davis había concebido y logrado; era el viaje de viajes en la evolución del jazz. Cada jazzista que se consideraba un artista consagrado se quedó boquiabierto y no dejó de aplaudir ante la obra maestra de Davis, excepto quienes afirmaron que había llegado tan lejos que no había forma de contradecirlo ni para emitir a ciencia cierta un juicio sensato.

La gran ironía es que Davis sentó las bases de tres vertientes musicales que no existían y se volvieron posibles gracias a su álbum: el minimalismo de los experimentos académicos, en la medida que el uso del tiempo se había modificado del todo; la música atonal, ya que así como el tono era una cualidad fundamental de cualquier composición, con Davis pasó a ser un aspecto permutable que bien podía pasar a primer plano, así como el lounge/tribal, tanto por la duración como la aparición de ritmos acústicos que de un efecto de fondo y ritmo pasaban a primer plano con un protagonismo central.

En Miles electric (2004), documental que asoma la dimensión de lo que Davis logró en vivo y con el mitológico cinismo que lo caracterizó toda su vida, empieza la interpretación de una de las piezas del álbum, baja del escenario, se toma una cerveza, platica unos momentos con el equipo tras el escenario, lleva el ritmo de la pieza que comenzó y regresa al escenario para cerrar la interpretación, como si todo estuviera perfectamente planeado, sin romper uno solo de los acordes.

Más o menos con el mismo tenor, Boris Vian, fiel admirador de Miles Davis, se haría célebre por intentar algo como su músico favorito cuando se le concedió la oportunidad de llevar la jefatura de redacción de Jazz News, pero el propio Vian se haría cargo de volver añicos la revista y convertir su esfuerzo editorial en un recuerdo lamentable.

La iniciativa quedó registrada en Escritos de jazz y se antoja un suicidio editorial por donde quiera que se le vea. Eso que algunos de sus lectores entusiastas esperaban con ansias, se convirtió en uno de los trabajos más ridículos que, pese al talento de su creador, dejaron muy mala etiqueta para una revista de la reputación de la que se hizo cargo.

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