Mientras más conozco mi México, más me enamoro de él, de sus tradiciones y de su cultura. Este fin de semana, siguiendo una excelente recomendación, llegamos a Tasquillo, Hidalgo, en donde además de impresionarme su río y sus aguas radiactivas, me cautivaron sus rebosos, chalinas y bolsas artesanales, las cuales son elaboradas manualmente por sus artesanas y artesanos a base de diferentes técnicas como el telar de cinturilla.

Cada una de esas prendas representa días de trabajo, originalidad en sus diseños, historias, pero, sobre todo, la impronta que cada uno de ellos va dejando en cada puntada y cada hilo que se entrelaza.

Semanas antes tuve la oportunidad de conocer Tenango de Doria y por supuesto sus mágicos bordados con hilos de colores, los cuales con tan solo verlos te transportan a un mundo de fascinantes historias entre fauna y flora, ¡los tenangos! seductores bordados a mano que van desde prendas de vestir y sus accesorios hasta artículos para el hogar (colchas, cojines, cortinas, etcétera) convirtiéndolos en piezas únicas e irrepetibles.

En esta ocasión solo me refiero a dos de los 84 municipios del maravilloso estado de Hidalgo, ejemplo vivo de nuestras culturas populares, porque sin temor a equivocarme, Hidalgo cuenta con muchos municipios más que son representantes de arte popular, artesanal e incluso conocimientos tradicionales.

Es aquí en donde quiero detenerme un poco para relacionar esas expresiones culturales y la forma en que son abordadas por la Ley Federal del Derecho de Autor (LFDA) y la vulnerabilidad a la que se enfrentan.

La citada ley, en su título séptimo, capítulo tres, se refiere a los derechos de autor sobre los símbolos patrios y de las expresiones de las culturas populares. En cuanto a los primeros, no me voy a detener porque esos son vigilados y protegidos por la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales, y sancionada su infracción por la Secretaría de Gobernación. Mientras que las culturas populares, consideradas como el arte popular o artesanal, desarrollada y perpetuada en una comunidad o etnia originaria y arraigada en la República mexicana, serán protegidas por dicha ley.

De manera complementaria, el reglamento de la ley establece que las obras de arte popular o artesanal, cuyo autor no sea identificable, podrán ser: expresiones verbales (cuentos populares, leyendas, tradiciones, poesía popular); expresiones musicales (canciones, ritmos y música instrumental populares); expresiones corporales (danza y rituales); expresiones tangibles (obras de arte popular o artesanal tradicional, ya sean obras pictóricas o en dibujo, talladas en madera, escultura, alfarería, terracota, mosaicos, ebanistería, forja, joyería, cestería, vidrio, lapidaria, metalistica, talabartería, así como vestidos típicos, hilados, textiles, labores de punto, tapices y sus similares; instrumentos musicales populares o tradicionales; arquitectura propia de cada etnia o comunidad, y cualquier expresión originaria que constituya una obra literaria o artística o de arte popular o artesanal que pueda ser atribuida a una comunidad o etnia originaria o arraigada en la República mexicana).

Me parece que ese capítulo de la LFDA abraza mucho, pero sujeta poco a las expresiones culturales tradicionales, pues deja la puerta abierta a violaciones en materia de derechos de autor e infracciones en materia de comercio respecto de culturas populares, como el reciente caso de la firma Carolina Herrera, entre muchos más, pues la ley, en su artículo 159, textualmente cita “Es libre la utilización de las obras literarias, artísticas, de arte popular o artesanal; protegidas por el presente capítulo, siempre que no contravengan las disposiciones del mismo”.

De lo anterior, encuentro dos situaciones relevantes: 1. El autor identificable, y 2. La libre utilización.

En cuanto al primero, si bien es cierto que el autor es la persona física creadora de una obra, quien puede dar o no a conocer su nombre, también es cierto que, por la naturaleza de las culturas populares su autoría es colectiva y no se individualizará en favor de un solo autor, pues la propia ley establece que para su uso se deberá de mencionar la comunidad, etnia o región de la Republica mexicana de la que sea propia, sin que eso, a mi parecer, deje de lado los derechos individuales de los autores artesanos.

En cuanto a la libre utilización, se debe dejar bien claro que esa expresión no quiere decir que esas figuras sean del dominio público, por no contar con un autor identificable per ser, pues forman parte del patrimonio cultural como herencia transmitida a través de generaciones. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el patrimonio cultural no se limita a monumentos y colecciones de objetos, sino que comprende también el patrimonio cultural inmaterial consistente en tradiciones o expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes, como tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativos a la naturaleza y el universo, y saberes y técnicas vinculados a la artesanía tradicional.

Como conclusión, me parece que la protección de las culturas populares que transita desde las artesanías tarahumaras hasta los huipiles de Mérida (incluidos los bordados de Tasquillo y Tenango) son protegidos a la luz del derecho de autor, así como una protección sui generis que puede ir desde una marca colectiva hasta una indicación geográfica, siempre que para su gestión haya una buena organización entre las comunidades de artesanos de cada una de las regiones. Máxime cuando uno de los objetivos de la propiedad intelectual es la salvaguarda del patrimonio cultural y sus expresiones culturales tradicionales como parte de ese.

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