Otra célebre prisión en México lo fue la cárcel de Belem, el doctor Gustavo Malo Camacho nos dice que:
“Inició su funcionamiento como institución penitenciaria y cárcel de custodia el 23 de enero de 1863, al ser adaptado y puesto en uso para dicho fin el colegio de niñas de San Miguel de las Mochas o San Miguel de Bethlem.
El edifico, fundado en 1683 por Domingo Pérez Barcia, funcionó originalmente como casa o colegio de recogidas, posteriormente sirvió de refugio por un breve tiempo a las monjas de Santa Brígida y, finalmente, funcionó como colegio de niñas antes de ser dedicado a su fin carcelario último.
“El edificio, cuando fue construido, estuvo situado en lo que fuera en aquel tiempo el extremo noroeste de la ciudad, en la zona donde hoy convergen formando esquina las actuales calles de arcos de Belem y la avenida Niños Héroes, precisamente en el lugar que hoy ocupa una primaria pública, hasta la calle y plaza general Gabriel Hernández.
“Habiendo sido desocupado el establecimiento en la segunda mitad del siglo pasado, como consecuencia de la disolución de comunidades y corporaciones religiosas originadas por las Leyes de Reforma, las educandas fueron trasladadas a las vizcaínas y el colegio fue clausurado por la misma época, estimándose insuficiente el cupo de la “cárcel de la Hermandad o cárcel de La Acordada”, la construcción fue cedida por el gobierno federal al ayuntamiento de la Ciudad de México, construyéndose ahí la cárcel pública general, hasta el triunfo de la Revolución en 1910.
“El traslado a la cárcel de Belem se realizó por disposiciones del gobernador del Distrito Federal, Manuel Terrazas, del ministro de Justicia Jesús Terán y del presidente municipal Agustín del Río”.
La cárcel de Belem se caracterizó porque en un mismo espacio se albergaban niñas, niños, indigentes, aprendices de ladronzuelos, consumados delincuentes, mujeres y ancianos, su fama se da por las torturas que ahí se daban a los huéspedes y por su aspecto sucio e insalubre, pues siendo un hacinamiento vejatorio, sus moradores hacían sus necesidades en un barril cortado a la mitad conocido como “cuba”, cuyos desechos eran lanzados por las rejas hacia la calle, esta situación le fue puesta al tanto a Porfirio Díaz por la aristocracia de la época generando con ello al presidente la idea de construir una penitenciaria moderna con propósitos educativos, lo que más tarde sería Lecumberri.
La cárcel de Santiago Tlatelolco es otra prisión famosa en México, ubicada muy cerca del Centro Histórico de la CDMX, respecto de ella el doctor Malo Camacho citando a Manuel Rivera Cambas afirma:
“Se denominaba como cárcel de Santiago Tlatelolco a la cárcel Militar de México, ubicada al noroeste de la ciudad, en los antiguos suburbios cercanos a la actual garita de Peralvillo. La cárcel de Tlatelolco, existente desde 1883, había correspondido con anterioridad al convento de Santiago Tlatelolco, fundado por misioneros franciscanos en 1535. El nombre le viene por haber sido construido en una región que anteriormente, en el reino de Anáhuac, había correspondido a una isla llamada Xatilolco, donde después se formó un terraplén que hubo de llamarse Tlatelolco. La iglesia que originalmente tuvo el convento fue derribada en 1543 para ser sustituida por otra mejor, la que a su vez fue demolida para construirse una más en 1609; en dicho convento habría de predicar, entre otros misioneros, Fray Bernardino de Sahagún, en el que fuera el célebre Colegio Imperial de Santa Cruz para niños de 10 a 12 años.
“Cuando los conquistadores señalaron la traza de la ciudad que debía formarse sobre la que fuera la antigua Tenochtitlán, los terrenos que quedaron fuera de la misma se mantuvieron dos juzgados o tribunales, uno en Santiago Tlatelolco y otro en San Juan Tenochtitlán. En Tecpam de Santiago eran juzgados los litigios que pertenecían a la parcialidad de Tlatelolco y cuando quedaron extinguidas las parcialidades, el edificio quedó destinado como correccional de menores, quienes debían ser separados de los criminales consumados. […] El establecimiento estaba integrado por una construcción que el autor describe como de apariencia sombría y parda mole, […] que más tarde sería remodelado para ser museo de historia.”
Esta prisión, como todas las de su tiempo y las que siguieron más de un siglo después, solo sirvió para castigar y contener a los infractores fracasados de la ley penal.
Ahora nos referiremos a una cárcel que es un referente del penitenciarismo mexicano: Las Islas Marías, situada en el pacifico, frente a las costas de Nayarit, alguna vez el escritor José Revueltas se refirió a las islas como “la cárcel de los muros de agua” y en efecto eso es la colonia penal y agregar que tiene a los custodios más incorruptibles “los tiburones”. Los maestros Héctor Madrid Mulia y Martin Gabriel Barrón Cruz nos dan algunos antecedentes de esas islas y cómo es que se convirtieron en colonia penal:
“A fines de 1526 o principios de 1527 Francisco Cortés de San Buenaventura, a quien su tío Hernán Cortes había enviado como gobernador de Colima, obedeciendo las instrucciones que se le habían dado, emprendió desde la Villa de San Sebastián (Colima) una expedición conquistadora rumbo al norte. En términos generales, a la ida seguía un derrotero que lo llevó a la costa de Colima a las mesetas de Autlán, Sayúla, Ameca y Mascota; pasó después a Nayarit y solo detuvo su marcha cuando alcanzó la margen izquierda del río Santiago, aproximadamente al sur de lo que hoy es Centícpac. Hizo el regreso por la rampa costeña acercándose mucho al mar y al amanecer de un día cuya fecha exacta no he podido precisar Diego Gracia de Colio y Juan de Vollagómez le avisaron haber descubierto en el mar los picos de unas islas. Francisco Cortes, que al parecer era hombre de poco empuje, se limitó a consignar el descubrimiento y no ordenó después exploración ninguna”.
Respecto de ese conjunto de islas que son: María Madre, María Magdalena, María Cleofas y el Islotito de San Juanito, se sabe que en la segunda mitad del siglo XIX tenía ya por algunos periodos la función de presidio, después de la segunda mitad del siglo de referencia, el gobierno cedió las islas al general Manuel Carpena, así se llegó a inicios del siglo XX, cuando el gobierno de Porfirio Díaz recupera la propiedad, pagando a la viuda del militar la cantidad de 150 mil pesos y en 1905 se inicia formalmente la vida de esas islas como colonia penal hasta nuestros días, en ella estuvo recluida María Concepción Acevedo de la Llata conocida como la Madre Conchita, implicada junto con José de León Toral en el asesinato del general Álvaro Obregón, presidente de México de 1920 a 1924; Obregón fue asesinado mientras comía en el restaurant La Bombilla, en julio de 1928 cuando estuvo a poco tiempo de volver a ser presidente ya que había sido reelecto, ahí también estuvo preso el escritor, novelista y poeta José Revueltas, de quien se dice fue uno de los artífices del movimiento estudiantil de la Ciudad de México en 1968.
Las Islas Marías también albergaron a otros personajes como Pancho Pistolas y el Sapo, de este último no se sabe con certeza su nombre, lo cierto es que a esos personajes aun en reclusión se les atribuyen decenas de homicidios. De lo que se puede leer en diversas obras la Colonia ha tenido ideas humanitarias de las autoridades y como objetivo una auténtica reinserción social, por periodos de su historia, para facilitar este fin, los presos eran llevados a ella cargando con la familia, instalándose escuelas para los menores, pequeñas viviendas para los familiares y se impulsó la industria procesadora de henequén, la producción de sal, las artesanías, etc. También se cuenta que por años fue centro de malos tratos y de trabajo forzado, ha sido escenario de historias y novelas llevadas al cine y a la televisión, siendo famosa la estelarizada por Pedro Infante. Independientemente de que se haya cumplido con el objetivo de reinserción o no, lo cierto es que Las Islas Marías forman ya un caudal histórico del penitenciarismo mexicano, ojalá que la judicialización de la ejecución penal lleve hasta sus playas lejanas el considerado mítico propósito de enmienda de sus moradores.
El tristemente célebre Palacio Negro de Lecumberri, a consideración de quien esto escribe, es con la edificación de esta penitenciaria el primer intento humanitario y resocializador de la ejecución de penas en México, se dice que motivó esta obra la nefasta función de su antecesora, la cárcel de Belem, y ante instancias del ilustre jurista Mariano Otero es como el presidente Porfirio Díaz ordena su construcción exprofeso. Por siglos, en México las cárceles fueron lugares acondicionados o adaptados a exfortalezas religiosas, anexos a edificios administrativos de gobierno o cuarteles, convencido de que sería un proyecto regenerador de criminales, Díaz, inspirado en ideas penales europeas, el inmueble se basó en la arquitectura panóptica de Jeremías Bentham, quien diseñó una prisión de estructura radial de la que de su centro se desprenden pabellones, con lo cual un solo guardia colocado en el centro puede vigilar todo con solo mover la cabeza, con las instalaciones adecuadas, solo faltaba seguir un método, el cual fue un sistema progresivo también inventado en Europa por Walter Croffton que consistía en que el interno que se apegara a la educación y al trabajo iba poco a poco reduciendo su condena hasta obtener su libertad.
Lecumberri pronto se contaminó, fue dirigido por militares o por abogados en busca de prestigio y sobre todo de dinero, alguna vez escuché decir al doctor Sergio García Ramírez que una prisión es el reflejo de su sociedad y, en efecto, a Lecumberri llegó la estratificación, una pequeñísima parte de la sociedad en extremo rica y otra, la gran mayoría en exceso pobre, y el mal que todo lo corroe: la corrupción, de manera muy detallada el doctor Juan Pablo de Tavira y Noriega relata en su obra ¿Por qué Almoloya?, una serie de sucesos dantescos no solo de este palacio, sino de muchas prisiones de México, llamándome la atención que un general de apellido Arcaute, siendo director, el mismo con su pistola mató a varios presos. La mejor época de una cárcel es cuando a esta llega como directivo un académico.
En Lecumberri asesinaron a Francisco I Madero y a José María Pino Suárez por ordenes de Victoriano Huerta, en la enfermería del penal se les practicó la necropsia a estos personajes, uno de los últimos en hablar con Madero antes de morir fue nuestro paisano el general Felipe Ángeles, quien también se encontraba preso por órdenes del usurpador; Madero también había sido preso por ordenes de Porfirio Díaz en la penitenciaría de San Luis Potosí por sus ideas democráticas y antireeleccionistas, muchos otros personajes de nuestra historia, artistas e intelectuales, también lo fueron como dice el doctor García Ramírez: “Personajes del cautiverio” o como dijo José Agustín: “Recibieron el beso de la mujer araña”.

Continuará

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