Las calles de Cerritos, localidad de Santiago de Anaya, Hidalgo, resguardan la fortaleza y la fe de sus habitantes; de entre las aproximadamente mil 306 personas que dan vida a esa comunidad, destaca la mujer de los fuegos artificiales, la catequista, una mujer de espíritu fuerte, como la describió una de sus vecinas. Brígida Martínez Paredes tiene 51 años, desde hace 43 años elabora pirotecnia y lleva 10 luchando contra el cáncer de mama, la siguiente es una historia femenina construida con entereza, dignidad, constancia y amor

Su historia

Cuando Brígida tenía ocho años descubrió su propia pasión, algunos lo llaman vocación, otros un don, ella una bendición; observaba a su padre trabajar en un oficio heredado de su abuelo, a esa edad mientras otras niñas jugaban en los campos de Cerritos, ella tomó la decisión de dedicarse a una labor que era arriesgada para los hombres e inconcebible para las mujeres: la pirotecnia.

“A esa edad me pasaba el tiempo observando cómo mi papá hacía los cuetes y después los castillos, somos ocho hermanos y recuerdo que nos peleábamos entre nosotros para ayudarle a mi padre; ahora yo pienso: ¿Cómo es posible que mi papá me dejaba? Sin embargo, a los 12 años ya agarraba los materiales más peligrosos, hacía los colores y las bombas. Antes ocupábamos puro clorato y nitratos, ahora los magnesios, antes hasta molíamos la pólvora a mano.

“Yo no supe qué fue la juventud, es decir, convivir con otras personas de mi edad, para mí la vida estaba en el taller, era muy divertido trabajar. Cuando cumplí 18 años mi papá falleció y tuvimos que tomar la decisión de continuar elaborando pirotecnia o abandonar, pero ya teníamos cinco contratos que había firmado él y yo les di ánimos a mis hermanos para seguir en eso. Hice lo que él hubiera querido.”

Después de una infancia y juventud entre cuetones, castillos, bombas, cuetes de luz y voladoras, los prejuicios de su localidad la incitaron a casarse a la edad de 30 años para convertirse en madre de dos mujeres y un hombre; “mi sueño siempre fue concursar en Santiago de Anaya porque sé hacer todo de la pirotecnia, pero me convertí en madre por primera vez a los 33 años y las cosas cambiaron”.

Pruebas de Dios

Hace 10 años la vida de Brígida cambió con una enfermedad que ella entendió como una prueba de Dios, una batalla en la que perdió el seno izquierdo, pero jamás la fe.

“Años antes de que mis hijos nacieran, muchas veces estuvo a punto de explotar el material, tenía que actuar rápido y gracias a Dios nunca me pasó nada, por eso yo le dije que le daría algo a cambio por la forma en la que nos ha cuidado siempre a mi familia y a mí, y la prueba llegó cuando me detectaron dos tumores en el pecho y los médicos me dijeron que era cáncer de mama”.

A través de estos 10 años de lucha contra el padecimiento ha recibido el reconocimiento de los médicos por la fortaleza con la que lo enfrenta, con la que habla de su enfermedad como parte de ella, en ningún momento titubea o siente ganas de llorar; ha recibido el reconocimiento también de su localidad, en cambio no el del gobierno, pues actualmente tiene que cubrir los gastos sin ningún tipo de apoyo.

“Las quimioterapias son de lo peor, me ponen muy mal tres días y así estoy a veces en el taller desde el amanecer hasta el anochecer aunque los médicos me prohibieron trabajar en eso, pero es mi único ingreso y de aquí sale para gastos de mis hijos y para el tratamiento del cáncer, aunque la situación es cada vez más difícil, por ejemplo, ahora que vino lo de la contingencia ambiental no pude entregar un trabajo y es cuando me pongo a pensar: ¿Por qué siempre nos afectan a los que estamos más abajo? Si hay que cuidar el ambiente que sea parejo para todos, ¿por qué no prohíben la producción y venta de cigarros?

“Por eso les digo a mis hijos que estudien, ya no quiero que trabajen en esto, pero a una de mis hijas sí le llama la atención, y lo malo es que aunque estudien no consiguen trabajo y aquí en el pueblo tienen que volver a dedicarse a lo mismo que nosotros, pero no importa lo que venga, pase lo que pase, solamente Dios nos va a dar la fuerza para seguir adelante.”

“Aquí lo que manda es la fe”

Brígida dice que ese es el trabajo de su vida, que lo volvería a elegir las veces que sean necesarias, aún con la llegada de la tecnología, preserva las tradiciones de ese oficio para seguir empleando a personas y no máquinas; cuando las quimioterapias no lo impiden, trabaja en su taller de lunes a sábado y los domingos se los dedica a Dios, por ello también es catequista de su localidad, por simple gratitud.

“Siempre le digo a Dios ‘si tú dices que me voy a deshacer en mil pedazos, aquí estoy’. Cuando mis hijas iban al preescolar yo le decía a mi hija mayor ‘si me llega a pasar algo, que explotó el material o que morí no tengas miedo nunca y cuida a tus hermanitos’, muchas personas me juzgaban por decirle eso, pero era la realidad. Yo únicamente he seguido adelante con ese trabajo por la fe. En ese oficio no puedes venir a trabajar enojado o con tus problemas en la mente, debes hacerlo con amor para que la pólvora sea buena contigo.

“Lo amargo de ese trabajo es cuando un compañero muere en una explosión, porque en cualquier momento puede suceder, los que más duelen son los niños y los jóvenes. Mi temor más grande es que algo pueda sucederles a mis hijos, por eso no quiero que se dediquen a eso. A las personas quiero decirles que no pierdan la fe, porque Dios nos va a ayudar a ver un nuevo amanecer.

“Siempre le digo a la gente que se queja que les cambio sus problemas por los míos para que pueda comprender el valor de la vida que es como el clima, a veces llueve, a veces hay Sol, lo importante es vivir con gratitud, con nuestro trabajo damos alegría a muchas miradas, nuestro trabajo es de alegría, por eso ante los problemas nos levantamos y seguimos.”

Escuchar la vida de Brígida Martínez Paredes fortalece el alma, inspira a la lucha por mantenerse de pie ante cualquier batalla, en su mirada observas paz y en su sonrisa felicidad. Es una mujer de respeto, una mujer guerrera y por ello su historia nos recuerda que tenemos espíritu, pero necesitamos temple.

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