Le dijeron que llegaban los cambios y en la mirada de ella brilló la esperanza.
Entonces, se puso a bordar besos en esas sábanas viejas que fueron cómplices de muchas pesadillas, malos sueños en esos días oscuros que parecían reinar.
Amontonó amaneceres alternativos en esa ventana donde cada mañana se asoma para tomar aire no solamente para cantar sino para inspirarse y escribir sobre la vida, dar voz a cada mujer que admira, delatarse feminista sin que nadie la señale ni se persigne a su paso.
Decidió que ya no iba a deshacer los dobladillos de su minifalda y con buenas puntadas bordó a ritmo de coros solidarios, al tono de la sororidad de verdad.
Se puso a colorear las paredes con todos los estados de ánimo que iluminan siempre su propia vida. Así el azul garza le provocó orgullosos sonoros, mientras que el rosa pálido le hizo recordar lo lindo que es saber perdonar, en tanto que el violeta –su color favorito– regresó los trazos de su rebeldía abnegada.
Debajo del colchón guardó sus silencios, esos que siempre por prudencia y respeto resignificó para no lastimar, silencios que siempre necesitaba para seguir midiendo la eficacia de su fortaleza.
Rellenó su almohada con sueños que clasificó por sabores, peso y profundidad así volvería a saborear sonrisas deliciosas, a cargar sus kilos de paciencia y zambullirse en su alma de sirena encantada. En la cabecera de la cama dibujó el Sol de sus ilusiones, las lunas de sus pasiones y las estrellas de sus gozos.
Metió a la lavadora las indiferencias y los malestares. Por supuesto, depositó en la secadora esas lágrimas que nunca derramó por amor a sí misma. En las botellas vacías de su perfume, gota a gota, fue guardando ese aroma que solamente huele a ella y que la hace presente en cada pasillo, en cada habitación y en cada recuerdo, aroma que la anuncia a cada paso, aroma que pese a todo, ya nadie puede borrar.
Detrás de su librero favorito ocultó las cartas que nunca escribió pero que siempre inventó para consolarse ante la certeza de que la gente mala existe y pueden rasguñar su alma, pero siempre cada palabra inventada suturaba cada herida, borraba el dolor.
En el teclado de su computadora guardó creativamente las palabras amor, respeto, generosidad, fuerza y autoestima, por eso nunca dejó de escribir ni cuando un alma negra se lo ordenara, la escritura siempre fue su salvación.
En su calendario siguió palomeando los viernes aunque saliera tarde, cada lunes porque descubrió que los cautiverios más bien la liberaban y tachaba los martes porque siempre han sido sus días de la buena suerte.
En las pinturas firmadas por sus chamanas de cejas espesas logró dibujar todos los buenos consejos para enloquecer y todos los malos consejos para mostrarse ecuánime. Le quitó el polvo a su espejo y el reflejo esta vez fue fiel a su alma, pues descubrió una mirada llena de esperanza, se conmovió como nunca. Y sí, los cambios ya llegaban.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.