La aspiración natural en toda sociedad democrática es el derecho a la vida, a la salud, a la educación laica y gratuita, al trabajo bien remunerado, a la alimentación, a la cultura, a la vivienda, a la seguridad social, a un medio ambiente sano y el acceso a todas las oportunidades que permitan a cualquier ciudadano su libertad de expresión, el derecho a la felicidad y a vivir bien y en paz; y esto cada vez es más difícil tenerlo, pues el sistema político mexicano y el régimen autoritario que padecemos por su visión y concepto de libre mercado y de privatizaciones solo generan que los ricos cada vez sean más ricos, mientras más de la mitad del país está sumida en mayor pobreza, padeciendo las consecuencias de la emigración, el desempleo, la discriminación, la inseguridad con un grado de violencia jamás visto, generando el miedo, amedrentamiento y desesperanza, todo ello forma parte de una política de los grandes intereses económicos y geopolíticos diseñados por los poderes fácticos del mundo que los políticos de derecha nos pretenden imponer y que tienen en México su versión más acabada con el PRI, el PAN y sus partidos lacayos.
Es absolutamente inaceptable el retroceso que hoy se vive en el país con los feminicidios, las desapariciones forzadas, la represión a la protesta social, el desplazamiento de comunidades enteras de indígenas como en Chiapas, la muerte de periodistas y luchadores sociales, los secuestros, el espionaje contra críticos del gobierno, entre otros grandes males que no tenían este grado de descomposición. El gran clamor de las mujeres a una vida segura y digna, para poder andar por las calles sin temor al acoso, a la agresión y en muchos casos a la muerte, poder divertirse sin ser estigmatizadas, decidir sobre su cuerpo y gozar de sus derechos plenos como seres humanos; así como el de cualquier ciudadano que hoy sufre más robos a su persona y a su patrimonio, pues este incremento de la inseguridad no es un asunto de percepción, sino una realidad que ya no es exclusiva de algunas regiones, sino lo es ya en cualquier parte de México.
Por ello existe un desgaste y una disminución del grado de credibilidad de los ciudadanos al conjunto de la clase política, pues la mayoría de ellos solo ven sus intereses, su futuro político, el de sus familias y camarillas, gobernando y legislando en contra de los intereses de la mayoría de la gente, entregando la soberanía nacional sobre nuestras riquezas, como claro ejemplo están las leyes retrógradas que han aprobado en las últimas semanas y que ponen en riesgo la democracia y todas las libertades civiles, pretendiendo una sociedad controlada política y militarmente, censurada con la reglamentación de las redes sociales, pretendiendo con esto que aceptemos y nos resignemos a que no se puede hacer nada, que es mejor no oponerse al gobierno, que no es posible el cambio, que todos los políticos son iguales y no acudir a las urnas el primero de julio de 2018, esto sería claudicar y permitir la sociedad del miedo que quieren implantarnos.
Quienes desde hace muchos años venimos trabajando políticamente con una visión ciudadana progresista consideramos que sí hay de otra, que otro México es posible, que sí es viable el cambio democrático a través de las urnas con el voto libre y secreto para mejorar las condiciones de vida de la población; quienes rechazamos el colaboracionismo entreguista, oportunista y simulador como el de los que apoyaron el Pacto por México, pues ellos no pretenden el cambio de régimen, sino solo maquillarlo para que todo siga igual, haciendo creer que combaten la corrupción y la impunidad, pero en realidad pretenden preservar este sistema político de privilegios, por ello debemos oponernos a las políticas derechistas del priismo empanizado y del panismo tricolor que son lo mismo. Para ello tenemos que ser autocríticos reconociendo lo que hemos hecho mal o lo que hemos dejado de hacer, que han permitido que los arribistas sin escrúpulos sean las cúpulas que como en el PRD acabaron con el partido de izquierda más importante, pues abandonó sus principios y convicciones democráticas y hoy se alían a la derecha solo para sobrevivir; tenemos que regresar al origen, trabajar desde abajo con la gente en las comunidades asumiendo sus justas demandas.
El buen vivir sí es posible, no es una utopía ni un sueño guajiro, pues partimos de la primicia que tenemos que darle sentido a la vida, a actuar positivamente, que podemos vivir en un ambiente sano donde se modere la opulencia, que liberemos a los cautivos de la cárcel de la ignorancia, que podemos restaurar el tejido social, que la actividad artística y cultural florezca, que toda familia tenga derecho a una vivienda digna, que todos los jóvenes tengan el derecho a la educación pública, científica y de alta calidad en todos los niveles, a hacer realidad el derecho humano a la alimentación y al agua, al empleo decoroso, a consolidar la democracia como una forma de vida, respetando siempre la diversidad, la pluralidad y la prevalencia de las diferencias.
Por eso tenemos que asumir con responsabilidad el organizarnos, el informarnos debidamente, acudir a las urnas a votar el próximo año, como es nuestra obligación, para derrotar a los mercaderes electorales que trafican con la necesidad de la gente, impedir que puedan comprar votos y que ese sufragio libre acabe con los abusos del neoliberalismo depredador que fabrica legiones de pobres, tenemos el futuro inmediato en nuestras manos y podemos construir una sociedad más justa y equitativa. Veamos el ejemplo de lo que hoy los gobiernos de Ecuador y Bolivia están logrando por el buen vivir, que además de ser ya un derecho constitucional, forma parte de sus planes nacionales de desarrollo, donde sus principales componentes son: la armonía interna de las personas, la armonía con la comunidad y la armonía con la naturaleza.

Facebook: RicardoBaptista
E-mail: [email protected]

Comentarios