Vamos, entren ya, aunque sea una, apúrenle.

Con el torso desnudo y equilibrada sobre una silla de plástico sostenida por otra de madera, Laura abanicaba la funda de la almohada por la ventana, instigando a las avispas a meterse a su cuarto. Rápido, dense prisa.
Por más que giraba la funda no atrapaba ninguna, por más que se estiraba no se acercaba ni tantito al nido, por más que lo pedía ninguna aceptaba su invitación, únicamente lograba que volaran más y más rápido. Escuchó apagarse el motor del coche, un portazo, por favor, aunque sea una que entre, un ratito y luego sale, por favor.
Comenzaron los gritos, una avispa entró, a tiempo, dijo Laura. Cerró la ventana y los reclamaron disminuyeron, no lo suficiente. Ahora ven, baja del techo, por favor. Dio un brinco desde las sillas, corrió a la cama, cambió la funda por la almohada y la lanzó con suavidad contra la avispa, que voló por la habitación, se posó en la puerta cerrada y voló a la ventana donde chocó, se posó, voló de nuevo y se posó en la base saliente.
Laura caminó con la almohada entre las manos, poco a poco aunque un plato se rompiera abajo entre gritos, despacio la posó sobre la avispa, esperaba no lastimarla. Aguardó un momento, el ruido de abajo era terrible, retiró la almohada y comprobó que la avispa estuviera agarrada, ahora a la cama, rápido, pero no tan rápido porque se espanta y otra vez a cacharla.
Hizo una carpa con la colcha, las piernas cruzadas, su cabeza como sostén principal y cuidando de cubrir las salidas por abajito, aún escuchaba el escándalo y ya vendrían llantos. Volteó la almohada, a la luz tenue vio a la avispa mover sus antenitas, Laura sonrió, la cubrió con su palma hueca a la espera que trepara. Sintió patas trepar por su espina y sonrió más, qué bien, se había metido otra hasta debajo de la cobija y ni la vi.
Llanto, gritos, platos rompiéndose y trastos de metal que no se rompían. Vamos, trepa a mi mano, o tú en mi cuello. Las patas tantearon la base del cabello, Laura escuchó el zumbido de la avispa cuando voló, aunque no saldría de aquí, ni por abajo ni por arriba. El zumbido recorrió su otra oreja y la avispa se colgó en la frente, qué esperas, y la de mi mano de seguro ya se durmió.
Retiró el domo que era su mano, la diminuta cabeza oscilaba, luego las alas se desplegaron para remontar el bochorno de la carpa, buscando una salida, deteniéndose y buscando una escapatoria. El zumbido incitó a la segunda avispa, ambas volaron aleatorias, excitadas, desesperadas. La colcha las detenía pero no el escándalo de abajo. Vamos.
El hombro izquierdo fue el primer helipuerto, la avispa tanteó piel tierna, batió las alas sin despegar, clavó el aguijón. Los ojos de Laura se apretaron, su sonrisa apareció. La segunda avispa aterrizó en su brazo izquierdo, atrasito de una constelación de ronchas, algunas cicatrizadas y otras aún rojizas, sin preámbulo hundió el aguijón, los párpados oprimidos conteniendo lágrimas, la sonrisa ensanchándose, el griterío bajando de volumen. Gracias.
Despreocupándose de los insectos, desmontó la carpa para respirar aire fresco y se recostó. Las avispan traen buena fortuna y suerte, ligadas con calma, seguro que sí, como dicen los libros de mamá. Qué suerte que decidieran poner su casa afuerita de la ventana. La sonrisa de Laura se relajó, la gritería abajo fue diluyéndose.

***

Era de noche y había ruido. No tendría porqué haber ruido. No había ruido de noche desde hacía mucho, cuando a los gritos de abajo se sumaron los de los vecinos, y sonidos como los que hacían sus pies cuando corría descalza, y luces rojas y azules por su ventana, los azotes en la puerta de afuera, las prisas por la escalera y azotes en la puerta de su cuarto, jalones y… No.
Pero entonces desconocía los libros de mamá, y aún las avispas revoloteaban fuera sin poner su nido en la esquina de la ventana. Esta vez no.
Laura se levantó de la cama, el brazo izquierdo inerte e hinchado, la lengua demasiado grande para su boca, la frente briznada. Dos veces en el mismo día, necesitaría mucha ayuda. Sin vestirse agarró la funda, caminó oscilante, el piso se movía poquito, las sillas continuaban en equilibrio, Laura trepó y cayó de sentón, qué difícil, las sillas también se mueven, aún quedaban platos por romper. Aprisa.
De pie, a trepar con solo un brazo, arriba, la ventana abierta, los reclamos la estremecieron más que el viento frío en su pecho desnudo, no puedes hacer esto carajo, hago lo que se me da la gana y eres nadie para decirme lo que puedo hacer, soy el que te da dinero para que tengan algo que tragar, para los tres pesos que me das, dinero bien ganado carajo, y crees que me la paso holgazaneando, te la pasas con tus brujerías y chantajeando gente vaya forma de ganar dinero, platos, sartenes, sonido como de pisadas descalzas, llanto. Aprisa.
Agitaba la funda con la energía que aún le quedaba, las avispas no salían. Deben estar dormidas, qué suerte la de ellas que no escuchan en su casita. Agitar, estirarse, abanicar, de puntitas, ni una sola. Bueno, si no quieren venir voy por ustedes.
Puso su peso sobre la base de la ventana, sin sentir los raspones, luego la rodilla para arriba, para arriba, el brazo izquierdo colgando, ahora de pie con cuidado porque la base de la ventana es delgadita y también se mueve, la funda descendió hacia la oscuridad y los gritos, ni siquiera notó soltarla, un pasito, y otro, otro más, agarrada como puedas, los dedos izquierdos se movieron poquito, así los agarro de aquí y con esta mano despierto el nido, vamos, despierten, las avispas acuciaron, las luces de las casas se encendieron alrededor, y niña que estás haciendo que te vas caer.
El pie resbaló queriendo reunirse con la funda, la mano izquierda una prensa involuntaria, los dedos derechos perforaron el nido en intento de aferrarse, el tirón desprendió todo el panal, medio cuerpo colgando, por dios niña te vas a matar, los gritos se rompían en platos y cristales y muebles volcados como nunca antes, los zumbidos por todos lados.
Laura se recuperó, aunque cada parte del mundo giraba sin conectarse con el resto. Como pudo se sentó en la base de la ventana, las piernas dentro del cuarto, aflojó la mano derecha y aventó el panal eléctrico a la cama, le atinó, qué suerte. Los zumbidos eran una aureola que la protegía, ya casi no escuchaba nada, debía asegurarse que no pasara nada. Los dedos izquierdos necesitaron ayuda para zafarse, luego un brinco hasta el piso móvil, la frente golpeó el piso, o eso creyó. Rápido rápido, las luces rojas y azules ya están aquí, y antes de que se escapen.
La carpa con la colcha, la cabeza o lo que fuera como sostén principal, cubrir las salidas por abajito para que no escapen, pero qué suerte, eran tantas que no importaba si se fueran unas. Laura repasó el panal esponjoso con la mano derecha que dejaba de ser sensible, oía su refugio saturado de zumbidos, la discusión abajo dejó de existir, y ni siquiera aterrizan, ni siquiera siento sus patitas andar en mi piel.
La sonrisa y las lágrimas emergieron. Laura se recostó, sin ocuparse en retirar la colcha para que pudiera respirar aire fresco, sin preocuparse por cerrar la ventana por la que entraron gritos hace un momento, sin preocuparse por nada más que estar repleta de buena fortuna y suerte.

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