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Siguiendo con la secuencia del artículo anterior, analizando a tres secretarios de Hacienda que han coqueteado con llegar a la presidencia de la República, donde uno de ellos no logró llegar aunque estuvo cerca, otro obtuvo la oportunidad y con lo que hizo durante su sexenio hubiera sido mejor que no lo lograra, y ahora en pleno siglo XXI se suma uno más, que tampoco la tiene pero quiere contender por ella y aunque no será nada fácil obtener la anhelada “silla”, tampoco sería descabellado que no lo lograra, claro que no de forma legal, sino poniendo en práctica las artimañas añejas que caracterizan al partido que lo representa.

El malo

José López Portillo fue el último presidente de la era populista, autoritaria, paternalista y corrupta del sistema político mexicano. Sin grandes méritos políticos y gracias a una firme amistad con el entonces presidente Luis Echeverría, López Portillo fue “destapado” por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1975 para ganar como candidato único las elecciones de 1976 en medio de grandes derroches, aunque sin la necesidad de fraudes ni alquimia electoral. Abogado de origen, intelectual de vocación y economista por las circunstancias, don Pepe protagonizó uno de los periodos presidenciales más tormentosos, controvertidos y, a la vez, dinámicos de la historia moderna de México.

Sus primeros tres años de gobierno fueron extraordinarios, la economía creció a pasos agigantados gracias a la bonanza petrolera, pero el resto del sexenio fue desastroso hasta concluir con la nacionalización bancaria, que provocó un estancamiento en México de por lo menos 10 años.

Las anécdotas del expresidente son abundantes, algunas son insultantes, otras irrisorias, pero no faltan por ahí otras que demuestran el poder, la ambición y la frivolidad que hizo gala este personaje tan sui géneris.

En una reunión formal, López Portillo afirmó que su hijo José Ramón, en aquel entonces subsecretario de evaluación, era el “orgullo de su nepotismo”.

A su amante Rosa Luz Alegría la hizo primero subsecretaria y luego secretaria de Turismo, y nunca cuidó las formas a la hora de viajar. En la famosa reunión Norte-Sur de 1981 que organizó en Cancún, López Portillo la llevó en su comitiva junto al secretario de Relaciones Exteriores.

El derroche y la corrupción en tiempos de López Portillo fueron abrumadores. Su esposa Carmen Romano viajaba con una orquesta completa, incluyendo un piano de cola a Europa, mientras su hijo e hijas se daban vida de príncipes.

La Colina del Perro, una mansión gigantesca que se construyó López Portillo al finalizar su sexenio, motivó grande escándalo. El expresidente argumentó en varias ocasiones que tanto el terreno como la construcción le habían sido donadas por Carlos Hank González, quien fue su regente del Distrito Federal, además de aliado y amigo.

López Portillo intentó abrir las puertas a la democracia y la transparencia electoral, pero sus esfuerzos fueron tenues e inconstantes. Su mayor logro político fue promover una reforma política que permitió el registro de los partidos de izquierda, entre ellos el Partido Comunista Mexicano.

Mientras por un lado abría puertas, por el otro las policías federales y la capitalina de su compadre Arturo Durazo, reprimían sin compasión a grupos disidentes y desaparecían a todo aquel delincuente que se salía de los cánones establecidos por el Negro Durazo.

El feo

Un neoliberal sin titubeos, un tecnócrata de carrera, un político de escritorio, un lector solo de textos de circunstancia, un alto servidor público desde joven solo en gobiernos neoliberales fracasados, un temprano defensor de los intereses de la banca rescatada con bonos Fobaproa, un operador del llamado sector financiero del Estado, dos veces secretario de Hacienda, alto funcionario de los dos gobiernos del Partido Acción Nacional (Vicente Fox y Felipe Calderón), del anterior del PRI (Ernesto Zedillo) y del actual (Enrique Peña Nieto).

Además, carece de militancia formal en partido político. Es el perfecto candidato.
Él es José Antonio Meade, aquel que no tiene entre sus virtudes ser “guapo”, no por lo menos como fue la característica distintiva durante la campaña de Enrique Peña Nieto cuando era el candidato priista por excelencia que despertaba lo que en lenguaje castizo denominaríamos “rompe corazones” y las damas que lo apoyaban coreaban “Peña, bombón, te quiero en mi colchón”.

La anterior estrategia se deja a un lado y se da por aludido el PRI y los sectores que apoyaron la candidatura pasada que la ciudadanía no pretende ni quiere que su presidente sea un símbolo de belleza, sino un individuo que tenga trayectoria y cerebro. Aunque el tener estas virtudes no necesariamente da por hecho que sea un candidato idóneo. El aspirante tiene, sin embargo, problemas en cuanto a su prestigio. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, uno de los templos del neoliberalismo mundial) dice que el actual gobierno mexicano “no ha logrado disminuir la pobreza ni la desigualdad”. En otras palabras, los actuales gobernantes mexicanos son unos defraudadores porque hace más de cinco años prometieron reducir esas dos aberraciones.

José Antonio Meade, llamado en público cariñosamente Pepe por Peña Nieto, es cómplice del sobreendeudamiento de su promotor político, Luis Videgaray, y es culpable directo de las reducciones en la inversión pública y de los recortes presupuestales del gasto social.

Este nuevo Pepe, como los otros tres Pepes, y que de igual forma que los anteriores se desempeñó en la Secretaría de Hacienda, tratará de dejar una huella profunda en las próximas elecciones y si tiene suerte, o bien, aunque las encuestas no lo favorezcan, su partido le dará el triunfo con viejas artimañas características de este, seguro es que seguirá siendo “el feo”, por lo que ha hecho en su desempeño político y por su propio rostro que, como menciona el picaresco pueblo mexicano: “El otro era el bonito y ahora este tan solo hay que mirarle el rostro de queso de puerco que tiene, carajo, ¿a dónde vamos a parar?”.

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