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No es la primera vez que un secretario de Hacienda intenta llegar a la grande, conocido por los mexicanos en un lenguaje castizo como “La silla”. Han existido en la historia de nuestro país básicamente tres, por lo menos en lo que fue el siglo XX hubo dos. El primero no logró llegar aunque estuvo cerca, el otro obtuvo la anhelada presea y con todo lo que hizo durante su sexenio hubiera sido mejor que no lo lograra; ahora en pleno siglo XXI se suma uno más, que tampoco la tiene pero quiere contender por ella y aunque no la tiene fácil, tampoco sería descabellado que no lo lograra. Por eso es que este artículo bien merece titularse “El bueno, el malo y el feo”, haciendo clara alusión a ese trío de personajes y las características formas de hacer política.

El bueno

José Limantour Marquet fue un gran secretario de Hacienda y Crédito Público en México, durante el régimen de Porfirio Díaz; la llamada “pax porfiriana” que trataba afanosamente de lograr una estabilidad económica que posicionara al país dando una imagen estable donde se podía invertir y sobre todo donde existía la anhelada paz. Los tiempos tumultuosos habían pasado y ahora el porfiriato daba otra cara al mundo. Una vez que Limantour llegó al cargo de la Secretaría de Hacienda en 1893 y conforme pasaron los años, él logró en la inversión privada un gran empuje para la economía repuntara a tal grado que el dólar llegó a la par con el peso mexicano. Sus logros fueron varios, como la supresión de las alcabalas; el equilibrio presupuestal; el impulso en obras de infraestructura, como ferrocarriles, puertos, alumbrado, urbanización, parques, etcétera; la reforma monetaria, incluyendo la cancelación de los arrendamientos a particulares de todas las casas de moneda; la consolidación del sistema bancario y la conquista del buen crédito internacional a través de operaciones de apertura o de conversión de la deuda pública interna o externa. Asimismo, favoreció a los empresarios y compañías extranjeras interesadas en invertir en México.
Un hombre que participó en la formación de México, que logró tanto y posicionó al país bien merecía un cargo más elevado; pero, ¿cuál podría ser? La presidencia de la República era cosa ajena e impensable, ya que solo el “candidato perpetuo” de Nicolás Zúñiga y Miranda había contendido una y otra vez afanosamente contra el gran patriarca de la nación, Porfirio Díaz, y en todas había sido derrotado; el sistema político imperante era manejado por Díaz. Sin embargo, la suerte le sonríe a aquellos que lo merecen y se vislumbró la posibilidad de que justamente fuera Limantour el sucesor del gran Porfirio Díaz, continuando con la magna obra que había contribuido en construir.
El apoyo lo tenía, aquel grupo denominado “Los científicos” lo apoyaban, todos ellos de grandes ideas y sobre todo buena cuna se aglutinaban para encumbrar a quien podría ser, quizá, el primer neoliberal en la historia del siglo XX. Sin embargo y a pesar de que Díaz le hiciera creer que podría llegar a ser el delfín, al último simplemente se arrepintió e ingeniosamente, Díaz decidó enviarlo a Europa durante la cuarta reelección para revisar asuntos pendientes sobre deuda externa con varios países, principalmente con Francia; durante la estadía en el viejo continente, Díaz creó un proceso para descartar la opción de Limantour como sucesor, debido a su nacionalidad francesa, por lo que Limantour perdió la oportunidad de llegar a la presidencia.
Aunque estuvo cerca de haber logrado ser el sucesor de Porfirio Díaz y no lo logró, es merecedor recordarlo como “El bueno”, ya que trajo grandes avances a México y aunque él hubiera no se conjuga en historia, quizá hubiese sido buen presidente y evitado la Revolución mexicana; la historia patria hubiera dado un giro.

El malo

Se llamaba José López Portillo, era mejor conocido por Pepe o Pepito, como su buena madre le llamaba; un hombre de ascendencia criolla que escribiría en sus memorias “fui educado en la hidalguía” y que lo más relevante de su existir fue estar en el momento justo de la historia. Pocos han logrado tener buena suerte o karma como se le menciona en la actualidad, y será justamente López Portillo uno de ellos.
Llegó a la presidencia de la República por ser amigo de infancia de Luis Echeverría Álvarez, y justamente este al viejo estilo presidencial llamado coloquialmente “dedazo” lo colocó como el sucesor para el periodo 1976-1982. En unas elecciones presidenciales en las que no había ningún otro contendiente, en donde en la planilla solo estaba su nombre, bastó para darle la presidencia o como él mismo se enorgullecía “bastaba con que mi madre votara por su hijo Pepito para que yo ganara la presidencia”. Más impunidad y cinismo, imposible.
Cuando López Portillo tomó posesión ante un México decaído, pronunció un discurso que le otorgó el apoyo del país entero: “Hagamos una tregua inteligente para recuperar nuestra serenidad y no perder el rumbo, podemos hacer de nuestra patria un infierno, o un país donde la vida sea buena”.

Continuará…

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