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K buscaba perpetuar el estado anímico que en condiciones marítimas, de airecillo puro y cielo azul inmaculado, junto a M dormida profundamente detrás del espejo, había conseguido. Pero le resultaba imposible alcanzar de nuevo esa dicha.
Ahora se encontraba en un estado de ánimo distinto, poco propicio a la suavidad y concordia de antes. Le corroía una duda sustancial sobre el devenir de una identidad difusa y contingente, la de una generación como la suya tan presta a una acción continua sin reflexión.
No databa la fecha de la pérdida que le había llevado a aquella condición sartriana: llena de un existencialismo más propio del absurdo de Ionesco que del hombre unidimensional de Marcuse o el de la revuelta de Camus: solitario y angustiado por las playas de Argel, tan hermanado con Raskólnikov que se dirían siameses del mismo delito: el vacío existencial.
K estaba ensimismado en su propia consideración de ser alejado y queriente de una pequeña diferencia que constituyera la esencia de su ser. Un K que, por otra parte, aportaba poco a su desarrollo espiritual. Ese K, decimos, carecía en esos momentos de sustento.
Sin embargo, una razón perentoria lo sostenía y lo hacía a sabiendas, las de él, de que el soporte era frágil y perentorio. Tanto que lo llevaba continuamente al oficial francés alunado en el desierto. Él se sentía pescador frustrado de los peces dorados del deseo.
Entonces, el pensamiento de K cambió de rumbo llevándolo a las bifurcaciones borgianas: jardines laberínticos que se cruzaban en el corazón de personajes desnortados que sucumbían a la soledad.
Hizo K una parada en su filosofar y miró a M con un amor inmenso. Ella lo miró con una incógnita que el despejó y llevó a una matemática superior aplicada a la física del nosotros. Fue realmente un bálsamo de fierabrás para su alma condolida por el pensamiento.
No podía durar, sin embargo, aquel bienestar adquirido, y no duró. Al girar la cabeza se encontró con la negrura de su escritorio y con la blancura del papel junto a la pluma que yacía a su lado.
Era aquello una llamada de la selva de la palabra a la que ningún Rudyard Kipling de este mundo hubiese podido negarse. Se encaminó hasta allí por los senderos bifurcados del corazón y empezó a escribir y tirar a la papelera frases desgarradas e inconexas.
Quería empezar un nuevo cuento, un nuevo cuento de otoño que disipara las incertezas que le había dejado el fantasma de don Rogelio, el presidente fantasma que ejercía de aprendiz en una farmacia.
Se negaba su imaginación a iniciar un espacio de personajes que se relacionaran de alguna manera y dibujaran un ambiente creíble para el lector o que, por lo menos, lo atraparan en una trama de enredos y desenredos que fueran de su agrado.
Le resultaba extremadamente difícil, se devanaba los sesos a fin de encontrar una historia que le sirviera de excusa para narrarse a sí mismo en la diversidad de palabras y acontecimientos de una narración desarrollada.
Por fin creyó encontrar el modo, que aunque resbaladizo e incierto podía llevarlo a algún lugar propio, algo así como al idilio perdido de un mundo feliz sin Aldous Huxley. Empezó a escribir: Cuentos de otoño 2: Piedad…

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