La determinación de Diego José de hacer pública esta decantación de versos es de suyo un motivo de regocijo. El que esta se haya materializado en una editorial determinada a producir libros en Pachuca constituye un hito en lo que hace a la forma en que se producen, concretan, distribuyen y difunden las creaciones literarias independientes.
Después de La herida de Ulises, Elementum no encuentra razones para que las ediciones de factura pachuqueña, que suceden sin subvenciones públicas, carezcan de calidad, tampoco hay motivos para que los autores dejen de descubrir desde aquí la universalidad que mueve al arte, y que lo nombren y lo recreen, como artistas del mundo. Así ha hecho Diego José, quien además ha dado a su poesía una lectura multisensorial.
Esta introducción fue leída por la editora Mayte Romo para abrir la presentación de La herida de Ulises en la sala Abundio Martínez el jueves 6 de julio. La entrevista que reproducimos en esta edición de Maldito Vicio fue el marco que provocó el diálogo con el autor.
La compartimos para regocijo nuestro y
gracias a la generosidad del poeta
Diego José, la editora Mayte Romo y
el detonador de este diálogo,
Eduardo Islas Coronel.

Conversación con Diego José

El símbolo de Heráclito (primera parte)

Eduardo Islas: en el 2000 se publicó en el Fondo Editorial Tierra Adentro Cantos para esparcir la semilla, tu primer libro. En uno de sus momentos más álgidos, apuntas lo siguiente en un par de versos del poema “Carta a una poeta rusa”:
“Aún si el rayo fulminante nos hiriera
algo de nosotros retornaría al fuego”
Al respecto, resulta difícil no pensar en Heráclito y en la ontología que asienta sobre el tropo del rayo. También en la fascinación que profesaba por la oculta violencia de la inspiración; energía que encuentra en el poeta y su canto, al pararrayos perfecto para entrar en el mundo.
Parecería como si aquel poema que escribiste hace más de 17 años (ráfaga de viento inaugural) hoy se hubiera condensado en experiencia de vida. Hablaba de tu primer libro, ahora hablo del libro que nos convoca esta tarde. El estilo es depurado, pasado por el fuego. Busca aprehender la “totalidad de lo enunciado” a través de un mínimo de lenguaje. No hay un solo aliento, una sola imagen, que no justifiquen por sí mismos, de manera rotunda, su inclusión en el conjunto. El estilo es el del hombre que, sin sacrificar el asombro frente a la inminencia del rayo, ha aprendido a nombrarlo, a recoger lo que deja el incendio. Es el del poeta que sintió en la primera juventud la mordida de la amada: “hurtando el aliento, apretando el ramo de las venas”, y también el de Odiseo, que durante el viaje se hubiera consumido “mesuradamente”, pero que ahora vuelve a Ítaca para reencontrarse con la Musa.

Diego José: El signo del fuego forma parte de la evolución necesaria de todo poeta. La enseñanza que la vida nos ofrece, la poesía la confirma: aprender a domar el rayo. Heiddegger lo dice respecto a “Hölderlin y la esencia de la poesía”: el poeta sirve de pararrayos ante la inminencia de los dioses. Resulta imposible domarlo, pero el atrevimiento consiste, primero en recibirlo en la profundidad de nuestro ser, vivir bajo su signo y, después, transformarlo en lenguaje capaz de conmover.

Arte poética

EI: “Me entrego humildemente al Viento”, escribe León Felipe en su poema “Oda Rota”, que sirviera como prólogo definitivo a su obra antologada. Jaime Sabines afirma en una entrevista que solamente cree en el poema que ha sido dado gratuitamente (casi como un fruto) y no en aquel que ha sido construido a consciencia por el escritor. La Biblia en su conjunto fue dictada por el Espíritu Santo. Sin embargo, sabrán quienes escriben que detrás de un libro de poemas, o de cuentos (no digamos ya de una novela) hay mucho trabajo y persistencia.
¿Cómo reconcilias estas dos poéticas en La herida de Ulises y en tu obra en general? Es decir, aquella en que la Musa es una amada que no se entrega si no quiere; contra aquella otra (evidente) en la cual el poeta debe afinar todos los días sus herramientas de trabajo (la métrica, la rima), llevar a cabo la corrección de los textos, etcétera. ¿Hasta dónde debe intervenir la persona que escribe en el poema?, ¿hasta dónde debe tratar de dejárselo todo a la Musa, como afirmaba Borges?

DJ: Borges era muy celoso de la memoria. Sabemos que difícilmente ponía en papel un poema que su memoria no repitiera con fidelidad. Mnemósine es la madre de la musas. Para mí la inspiración es un estado de atención que nos permite vislumbrar la epifanía. Gracias a la inspiración es necesario diferenciar una ocurrencia de una revelación. Valery decía que el primer verso era un dádiva de los dioses, el resto se labra trabajando. Inspiración, voluntad y entrega. Procuro tener presente el precepto gaélico que nos compartió Robert Graves: Tres cosas necesita el poeta: el conocimiento de los mitos, la facultad poética y una importante fuente de poesía. Hay que saber que la facultad poética no es solo el dominio de la técnica sino, como decía Heaney, una actitud frente a la vida, es decir, una forma de visión poética.

Sobre las influencias del poeta

EI: En algunos poemas, sobre todo en la primera sección, pueden percibirse ciertos ecos de poetas que son eminentemente “marinos”, tales con Derek Walcott, Saint John Perse, Constantino Kavafis, etcétera. En el poema “Primera confrontación” nos concedes lo que me parece que es una especie de lista de quienes fueron tus “poetas iniciáticos” (Pierre de Ronsard, y algo que suena como a Bécquer o Miguel Hernández).
¿Cómo se ha ido construyendo esa lista a lo largo de los años? ¿Quiénes se han incorporado con fuerza y quiénes permanecen? Por otro lado, ¿cómo trabajar la metáfora del mar cuando se vive tan lejos del mismo?, ¿crees que un escritor elige y construye la cultura de la que prefiere devenir, o se tiene una suerte de compromiso con el lugar de origen?

DJ: Mencionaste con gran precisión la herencia que está detrás de muchos poemas de La herida de Ulises. Mi deuda con Perse, Kavafis y Walcott (sigo recordando la mirada transparente de Walcott y su voz de mar apacible el día que lo conocí en Bellas Artes). Siento una enorme devoción por mis poetas patriarcas y siempre regreso a ellos. Por ejemplo, cuando me siento fuera de tono busco el consejo de Bécquer, Darío, Machado, Lorca… los leí desde muy joven, desde niño cuando memoricé rimas y estrofas. Sin duda, otro poeta bajo el signo del rayo es Hernández, con él comprendí el sentido metafórico del rayo y sé que caló profundo en mi ser.

El Blues del perro
endemoniado

Un sector de la crítica mexicana actual ha definido una corriente llamada “La poesía del Resentimiento”, misma que ha quedado circunscrita a ciertos poetas importantes como lo son Ramón López Velarde, Antonio Plaza, Eduardo Lizalde y Rubén Bonifaz Nuño. En estos poetas (sobre todo en los dos últimos), así como en “El Blues del perro endemoniado”, la palabra “resentimiento” guarda una doble acepción. Primero, como una suerte de rencor contra la ausencia o la traición de la mujer amada; que si bien guarda relación con ciertas formas de la poesía popular, como la música ranchera (José Alfredo Jiménez es el referente más inmediato), evita caer en el lugar común. La segunda acepción se enlaza precisamente con esto último: re-sentimiento como una manera de re-sentir o de re-significar el lenguaje, para así renovar el discurso amoroso en la poesía.
¿Tiene “el perro endemoniado” algún vaso comunicante con el tigre de Lizalde? ¿Lleva en su carne algo del gran mendigo cósmico, del solterón lopezvelardeano? si no es así, ¿de dónde le viene la influencia? Sobre todo: ¿cómo logras hacer de los aullidos lastimeros del perro endemoniado algo tan original y desgarrador?, ¿cómo hablar del amor evitando en lo posible ser fútil o reiterativo?

DJ: Mi generación tiene una deuda enorme con Lizalde; pero, también con Abigael Bohórquez, esa extraña flor marginal. Considero que parte de la misión del poeta es resignificar la emoción y las maneras de nombrarla, otorgándole vitalidad a las palabras. El canto popular es fascinante aunque puede ser limitado. Uno de los poemas del libro, “Cardenche”, nació pensando en el canto arriero del desierto de Coahuila que se conoce con ese nombre; se trata de un lamento desgarrador que busca emular el dolor que produce la espina cardenche, la cual no se percibe cuando entra, pero al sacarla genera una intensa desgarradura.

El símbolo Heráclito
(segunda parte)

“El oro de los ríos
moja la orilla de las cosas
que están sobre la mesa”

Con estos versos comienzas el último poema que otorga el nombre a todo el libro. De nueva cuenta, el tropo es innegable: “En el mismo río no nos bañamos dos veces”, nos receta El Oscuro Heráclito en el que es, casi con total seguridad, su aforismo más famoso. El río es el tiempo. El oro de los ríos, la luz arrancada al agua por el Sol nos remite a la transparencia de la infancia, a la claridad de los nuevos descubrimientos. Las imágenes que nos regalas a lo largo de todo el libro (a excepción quizá de la noche que envuelve al perro endemoniado) son bastante luminosas. El oro de los ríos (el sonido de su cauce), y también la terca lluvia que vuelve, llevan a cuestas la musicalidad del poema; la misma que escuchábamos cuando la disposición del espíritu aún no había sido maleada por la brutalidad de la experiencia. A nadie le parecerá que la misma “Herida de Ulises” que se lee esta tarde sea la misma que se leerá en unos años. Uno siempre encuentra algo distinto al volver a la poesía, algo novedoso se revela. De ahí que haya quienes aseguren que la polisemia, la multiplicidad de sentidos, es indicio irrefutable para saber si nos encontramos frente a una verdadera obra de arte. Para dar cuenta de lo anterior, cito un fragmento del prólogo que Rafael Argullol escribe para cierta edición de “Las flores del mal”, de Charles Baudelaire:
“Las flores del mal ha fascinado a multitud de lectores; pero para sucumbir a Baudelaire la primera lectura de sus poemas ha de realizarse desde la juventud. Quien acceda al texto con posteridad puede admirarlo literariamente, aunque es difícil que acepte el arrebato propuesto. Puede calibrar la técnica, disfrutar de la extraordinaria imaginería y del humor corrosivo; no será, sin embargo, cómplice.”
¿De qué manera tu labor poética ha modificado la forma en que lees a los muertos y a los vivos?, ¿qué es lo que echas de menos de las primeras lecturas?

DJ: Bueno, volviendo a Heráclito, ese oro de los ríos que es el tiempo ha sido el gran tema de toda la literatura. A mí me fascina y estremece. Me aterra y seduce. Desde niño me mordió el tiempo inoculando la nostalgia y la espera. El tiempo es, en muchos sentidos, la herida de Ulises. Siempre recuerdo el soneto genial de Góngora “De la brevedad engañosa de la vida” que concluye: Las horas que limando están los días, / los días que royendo están los años. La experiencia nos permite mirar las pérdidas y cosechar lo sembrado, nunca hay que perder el ímpetu ni el asombro.
Respecto a lo que dice Argullol sobre leer a Baudelaire, lo entiendo pero intento no conformarme. El dedo señalatorio del correcto lector es para la academia, y Baudelaire sigue vibrando en mí, es decir, yo intento que la poesía –leyéndola en voz alta o escribiéndola– me permita romper la coraza y volver al arrebato. Cada vez creo menos en la idea del poeta concluido y determinado, me parece triste. Yo busco cabalgar el rayo.

* Nació en Pachuca, en 1993. Estudió la licenciatura en ingeniería mecatrónica en la Universidad La Salle Pachuca.
Ha participado en talleres literarios dirigidos por Agustín Cadena y Diego José. Su poemario breve
“El mismo desamparo”
aparece en la antología
Se oyen voces en el pasillo.

Director del mal: Jorge A. Romero

Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

Ilustración: Especial

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