Arrastraban el ánimo como una pesada carga. Por suerte para ellos estaba próximo el día de la liberación. Decimos “suerte” y quizá estamos utilizando mal ese término, pues no estamos del todo seguros de que ellos fueran conscientes de “ese día de liberación”, y ni siquiera sabemos si ese día estaba por llegar.

Lo que sí conocemos es que formaban una cadena humana, cuya linealidad de sombras llenaba todo el camino. Desde luego, había entre ellos algunos que todavía pensaban en que podrían alcanzar la tan preciada libertad con solo desearlo. Los más viejos desde hacía tiempo habían desistido de ese sueño. Se limitaban a seguir, no sin dificultad, el paso de los más jóvenes.

Hacía tan solo tres días que había sido Navidad y ya la habían dejado tan atrás en sus pensamientos que pareciera que nunca hubiese existido. Pablo levantó la cabeza de la gran sombra de la que formaba parte y el cielo azul se le incrustó en la mirada como un frío.

Sus ojos azules, entristecidos, formaron un círculo de mirada antes de caer enfermos en la podredumbre del ánimo lacerado. Los guardias, atentos, lanzaron un exabrupto que le hizo bajar la mirada y encogerse. Volverse todavía más pequeño dentro de su encorvado cuerpo.

Hacía años que Pablo esperaba el momento de soltarse de la cadena y caer boca abajo por el precipicio. Pero no había tenido suerte o la suficiente fuerza para lanzarse en pos del vuelo que le devolviera a María y también a sus hijos.

Ahora ellos estarían lo suficientemente grandes para no pensar nunca en él, y ella estaría demasiado vieja para haber olvidado, en todos los dobladillos de la memoria, los días felices que pasaron juntos.

Unos pasos más adelante, Jesús mantenía la mirada en la espalda del preso número nueve. Tan encorvada como la suya, parecía adherirse todavía más a la sombra que las otras. Esa era señal inequívoca, según su propia experiencia, de que su final estaba próximo. Se alegró por él, pronto dejaría de sufrir.

Jesús era buena persona y todos lo querían. Incluso Pablo sentía cierta devoción por él, a pesar de que él era un viejo huraño que no apreciaba en demasía a ningún otro presidiario de los que conformaban la cadena.

Llegaron a la cantera y los guardias hicieron parejas de trabajo. Pusieron a Pablo y a Jesús juntos. El uno aguantaría la cuña y el otro la golpearía con el mazo. Un trabajo pesado e inútil para demostrar a los presos la nulidad de sus vidas.

Un pájaro se posó en el mazo que estaba manejando el maestro, Jesús había ejercido esa profesión años atrás, antes de esa nueva vida, si es que pudiera llamarse así. El pájaro lo miraba con dulzura y le hablaba. Pablo miraba asombrado aquella escena.

Entonces Jesús empezó a contarle su historia. Había nacido en un pobre pesebre y se había salvado de la muerte de los infantes. Siguió y siguió contándole. El pájaro cantaba alegre, Pablo lloraba.

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