Ida Vanesa Medina P

Meses han pasado desde que se anunciara el brote de una enfermedad respiratoria en China, en ese momento, muchos de nosotros, acostumbrados a la espiral de noticias y lejanos a lo que ocurre en otros continentes, observábamos con asombro, desde afuera, lo que ocurría. Pero gracias a la hiperconexión en la que vivimos pasamos de ser audiencia a ser protagonistas. El Covid-19 ya estaba en Latinoamérica.

Esta no es la primera pandemia que afecta a los humanos. La peste negra, la viruela, la gripe española quedaron registradas en la historia. Sin embargo, solo durante los últimos 40 años hemos vivido varias alarmas: Sida, ébola, gripe aviar, la enfermedad de las vacas locas, el síndrome respiratorio del Medio Oriente (MERS), el síndrome respiratorio agudo severo (SARS).

Todas enfermedades zoonóticas (que pueden transmitirse de animales a humanos) y las dos últimas pertenecientes a la familia Covid. A primera vista el enemigo a identificar son los monos, murciélagos, pangolines, camellos e incluso animales de crianza como las gallinas y las vacas. Pero la respuesta no es tan sencilla. El dedo apunta más cerca.

Quienes se dedican a la ecología de las enfermedades, tienen cada vez más evidencia de como la deforestación, la pérdida de biodiversidad y el debilitamiento que hemos causado por la contaminación y disrupción de diferentes ecosistemas, tiene su moneda de regreso.

Varios científicos aluden al concepto de “efecto de dilución” para explicar cómo en la naturaleza existen millones de patógenos que forman parte del equilibrio de la vida y con los que conviven flora y fauna, muchos sin siquiera enfermarse. En estas condiciones están diluidos y hay menos propensión a que se generen brotes de enfermedades.

Pero con la intervención cada vez más amplia y descontrolada del hombre en estas áreas y el tráfico de vida silvestre, aumentamos las posibilidades de mutación y transmisión de estos agentes. Sin saberlo, nuestra forma de vida está abriendo puertas a nuevos padecimientos.

Tocar estos puntos en un momento tan sensible es delicado. En el ambiente sigue circulando el miedo, la frustración y la incertidumbre. El coronavirus ha llegado para hackear nuestras vidas en muchos niveles. Muchas familias en México se han visto afectadas directamente.

Es por ello que unir piezas y llegar al fondo, hoy, más que nunca, es relevante, vivimos en un mundo en el que aparentemente no tenemos poder sobre lo que ocurre en otro país, ni lo que deciden líderes, ni sobre la historia detrás de las cosas que consumimos diariamente. Pero muchas de las lógicas del mundo, como lo estamos viviendo, se esconden detrás del consumo.

El mercado de Wuhan, donde se presume que comenzó el brote, era un lugar perfecto para este caldo de cultivo: animales (de crianza y silvestres) hacinados, muchos muertos, mezclando sangre y cuerpos apilados, otros estresados y, por tanto, con sistema inmune deprimido. Un ambiente propicio para que el virus prosperara. La razón de que estuvieran allí: hay demanda para ese tipo de productos.

El murciélago está de primero en la lista de sospechosos, por ser un mamífero con una resiliencia extraordinaria respecto a los virus, entre los que se encuentra la familia Covid.

Ese dato público llegó a países como Perú, en donde pobladores de Culden, en el norte del país, no dudaron en ir con antorchas a atacar a estos animales que tenían una colonia cerca de su localidad. Autoridades ambientales intervinieron, pero debido a la baja taza de reproducción de esa especie, pasarán años antes de que se recuperen.

La historia suena lejana y puede no generar empatía, este mamífero no goza de popularidad. Su aspecto y todos los mitos alrededor de él han generado rechazo, de hecho, del 15 al 20 por ciento están en peligro de extinción. Pero, curiosamente, somos todos muy interdependientes de esta especie que ayuda al control de plagas y poliniza más de 500 especies de plantas, entre las que se consigue nuestro amado maguey, del que provienen el tequila y el mezcal.

La clave acá está en el mito que seguimos perpetuando que somos dioses aislados del sistema. Cuando alteramos piezas hay un efecto dominó. Nuestra salud depende también de la salud de los animales y de nuestros ecosistemas. En febrero, autoridades chinas prohibieron consumo de animales salvajes terrestres y se endurecieron las medidas de comercio de fauna silvestre. Pero no es el único lugar donde esto ocurre, ni hay todavía garantía de que sean medidas definitivas.

Bob Hunter, activista y fundador de Greenpeace dijo: “Los grandes cambios parecen imposibles al principio e inevitables al final”. No creo en soluciones milagrosas pero el punto de inflexión al que estamos llegando exige que se acelere el cambio.

Comentarios