Calvario azul

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Cuando el verbo cruzazulear fue sugerido a la Real Academia de la Lengua Española –que, por cierto, lo rechazó hace unos días– supimos que la mala racha del Cruz Azul era cosa seria. Se trata de un mal crónico cuya raíz sigue siendo un enigma para propios y extraños. Luego de la catástrofe vivida la semana pasada, cientos de aficionados mostraron su indignación, malestar y profundo dolor hacia el club por el cual el amor es insostenible.
¿Y qué hacer entonces? ¿Acaso existe fondo en esta fosa celeste? ¿Algún día Cruz Azul tocará fondo y renacerá para hacerle honor a su historia y tradición? Es difícil imaginarlo. Por el momento, el equipo dirigido por Tomás Boy tiene una nueva preocupación: el descenso.
Los cementeros han caído hasta la posición 12 de la tabla porcentual. Si bien no es una locación que les augure un peligro grave –por ahora–, sí es de tener en cuenta, puesto que hace no mucho tiempo los de La Noria eran primeros en el tema de cocientes. El declive en este rubro se desató luego de la derrota ante América en aquella épica final del Clausura 2013. De igual manera, Cruz Azul no se ha podido ubicar entre los ocho mejores en los últimos cuatro torneos, lo que lo consagra como un equipo irregular y de números volubles.
La crisis del cuadro capitalino se ve ligada también a la ausencia de una figura de autoridad. Entre el despotismo del entrenador, la apatía de algunos jugadores y la cada vez menos frecuente presencia de Christian Giménez en el campo, los celestes llevan ya un rato sin un líder que pueda hacer reaccionar a sus compañeros. La ausencia de identidad y orgullo deportivo ha quedado evidenciada un sinfín de veces, como ocurrió el pasado sábado en el estadio Azul.
La voltereta sufrida por el equipo cementero, en su casa y frente a su gente, plasmó el surrealismo bajo el que se escribe la historia reciente del club con peor suerte de México. Las burlas ya no son gratuitas: a Cruz Azul le urge saber a qué quiere jugar y cómo hacerlo. La crisis de identidad, con todas sus vertientes y respectivas repercusiones, es una alarma estridente de auxilio para los dirigentes que, de no dar un giro brusco al timón, verán a la Máquina descarrilarse hacia el vacío.

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