Decidida, valiente y directa, se enfrentó a su familia y a su época para dedicarse con pasión a la escultura y para unirse al hombre del que se había enamorado

Para comprender a esa virtuosa mujer en el ámbito de la escultura, antes debe hacerse referencia de la belleza de las artes, las cuales iniciaron en Grecia, haciendo mención de que “lo bello es agradar mientras se es contemplado”; la belleza es la cualidad que poseen los objetos para producir la emoción estética, también se puede mencionar lindo y bonito como sinónimo a lo bello, dependiendo de las dimensiones; si son pequeñas, se le llama lindo o bonito; como a un niño, un ave, una joya, etcétera, pero otros autores se distinguen al mencionar a “bonito” como el objeto que no reúne los elementos de belleza y lindo es aquel que sí los posee.

Una de las bellas artes es la escultura, como tal, es una de las manifestaciones más hermosas y nobles del espíritu humano. Las artes con las que el ser humano puede representar las distintas cosas que le rodean; como ejemplo tenemos a la pintura y escultura, esta última ofrece una posibilidad de hacer “palpables” las cosas representadas, “es darles un cuerpo”.

Camille nació el 8 de diciembre de 1864 en Fère-en-Tardenois, un pequeño pueblo situado en Picardía, al norte de Francia, falleció el 19 de octubre de 1943 en Montdevergues. Fue la segunda de los tres hijos del matrimonio formado por Louis-Prosper Claudel, quien trabajaba en el mundo de las hipotecas y transacciones bancarias y de Louse Athanaise Cécile Cerveaux, la cual provenía de una familia de granjeros y sacerdotes católicos; hermana mayor del poeta y diplomático Paul Claudel.

Su madre detestaba a Camille por no ser un varón y nunca estuvo de acuerdo con la vocación que Camille mostraba por las artes. Desde temprana edad demostró un talento natural para el arte. Desde su infancia modelaba y esculpía en barro, sus modelos eran su hermano Paul y su sirvienta Helene; aquello que inició como una distracción se convirtió en una pasión que nunca contó con la aprobación de su familia, de quien esperaban siguiera el camino de las mujeres de su tiempo, cuyo destino era dirigido exclusivamente al interior de su hogar.

En 1881 la joven aspirante a escultora encontró una oportunidad para estudiar cuando su familia se trasladó a vivir a París y con la ayuda de su hermano, su principal apoyo, y que más adelante sería el famoso escritor Paul Claudel, Camille fue admitida en la Academia de Arte dirigida por Alfred Boucher cuando tenía 17 años. De esa forma estudió en la Académie Colarossi, uno de los pocos lugares donde admitían mujeres, ahí conoció a varias jóvenes escultoras con las que alquiló un taller en rue Notre-Dame-des-Champs; una de ellas fue Jessie Lipscomb, quien sería su amiga más fiel y una de las pocas personas que permanecería a su lado, cuando se desencadenara la tormentosa vida de Camille en toda su magnitud.

Camille, Jessie y el resto de aprendices trabajaron a las órdenes de Boucher hasta que este se marchó a Italia a mediados de 1883, pidiendo a Auguste Rodin que se hiciera cargo de sus alumnas. De esa forma, Camille conoció a Rodin, él de 43 años y ella de 19. Este fue el inicio de una relación que duró 15 años, en los que recibió influencias en la técnica y temática de las composiciones. Para 1884, aproximadamente, Camille comenzó a trabajar en el taller de Rodin; posteriormente, de ser una alumna pasó a convertirse (de sus propias palabras), en la mujer de su vida, el rostro de Camille empezó a aparecer representado de manera constante en la obra de Rodin. De ser musa pasó a amante; se convirtió en compañera del gran escultor, del que aprendió el arte de esculpir, llegando a alcanzar, sino superar, a su maestro y, así, casi 10 años trabajó junto a su maestro influyéndose e inspirándose y creando mejores trabajos; como lo fue Sakountala, en el de Camille.

Su relación personal fue tormentosa, debido al maltrato psicológico que el escultor sometió a Camille; no únicamente la humillaba y menospreciaba como artista, también se exhibía con otras mujeres ante ella y, a pesar de que le prometió matrimonio en varias ocasiones (algunas por escrito), nunca se lo llegó a cumplir. En 1892 ella quedó embarazada, pero cuando el padre se enteró, este no estaba dispuesto a hacerse cargo del bebé y fue convencida para abortar, cuando comprendió que había sido engañada, decidió terminar su relación a finales de 1898.

El trabajo fue la mejor medicina para Camille, donde mitigaba su dolor que traía consigo. Presa de los celos personales y artísticos, se dedicó en cuerpo y alma a la escultura, donde vivía y trabajaba en absoluta soledad. En diciembre de 1905, ella expuso su trabajo por última vez en un salón de París. Tras esa última muestra, inició un terrible infierno que solo acabaría con su muerte.

El romance que sostuvo con el gran escultor fue un amor enfermizo, ya que este no supo entender nunca los profundos sentimientos de una mujer que habría dado su existencia por ese gran amor, por el cual se enfermó. En el plano artístico, a pesar que Camille creó esculturas de alto valor, siempre se le supuso menos capacidad por ser mujer y atribuían sus esculturas a su maestro, muchos creyeron que era el verdadero autor de su obra. Como en muchos otros casos, si Camille Claudel “hubiera nacido hombre, otro hubiera sido su reconocimiento”.

Durante 1905, Camille había dado signos de inestabilidad mental: desaparecía durante largos períodos, destruyó varias de sus esculturas y empezó a desarrollar fuertes paranoias. La escultora vivió sus últimos años en la más profunda soledad, falleció a los 78 años sin que ni familiar ni amigo asistieran a su entierro.

“No he hecho todo lo que he hecho para terminar mi vida engrosando el número de recluidos en un sanatorio, merecía algo más.”

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