La furia se instaló y tiene permiso indefinido en el ánimo de quienes habitamos este país, su expresión es multifacética, sin edad y sin tiempo, pues lo mismo niños y niñas ejercen bullying en sus compañeros, hombres y mujeres expresan enojo ante la menor provocación, adultas y adultos mayores tienen ánimo irritable de origen aparentemente inexplicable. No es que las calles o cualquier espacio que concentre personas sean campos de batalla, tampoco se observan paisajes saturados de malas caras y no prevalecen voces ensordecedoras que callan cualquier susurro; la aparente quietud se debe a la férrea voluntad de la mayoría por tener una convivencia pacífica.
La aparente calma tiene sus fugas de presión para liberar la furia, entonces no sorprende que los pleitos o diferencias entre las personas comunes, los insultos y los golpes sean acompañados de armas de fuego o armas blancas, también nos estamos familiarizando con los linchamientos que a manera de castigo realiza un grupo de personas sobre un supuesto infractor, la turba no tiene interés en la inocencia o culpabilidad porque todos están convencidos de su derecho a proporcionar escarmientos.
Sobre los linchamientos se distinguen dos momentos, el primero ocurre cuando una persona es lastimada en su cuerpo e integridad por una turba que lo acusa de cometer un delito, otro momento ocurre al comunicarse el hecho a los medios informativos. Especialmente los medios digitales que permiten la interacción en tiempo real, en la sección de opiniones se observa un ánimo casi unánime para continuar con el linchamiento.
“Ojala que nunca se mejoren”, “hay que exterminar a todas las ratas”, “solo así se hace justicia”, son opiniones que se repiten en los contenidos de la mayor parte de los comentarios, algunos agregan que los linchamientos resuelven los problemas de inseguridad que la Policía y los cuerpos de protección pública no realizan. Los linchamientos físicos y su continuación mediática son una pequeña expresión de la furia que se instaló en nuestra sociedad. Poco a poco está escalando y tocando a todos en los distintos espacios que hacen “necesario” mayores recursos para la seguridad y castigos más severos para los y las infractoras.
¿Incrementar el número de policías y su equipamiento nos hace sentir seguros? ¿Aumentar los años de reclusión y bajar la edad de procesamiento penal disminuyen los delitos? Me parece que es tiempo de hacer una pausa, porque solo nos hemos limitado a ser espectadores e incluso cómplices del incremento de medidas de seguridad y castigo, pues en realidad hemos fomentado la extensión del sistema carcelario en casi todos los ámbitos de nuestras vidas. Paulatinamente estamos siendo prisioneros de nuestras propias medidas de seguridad: barrotes por todos lados, candados en cajones y puertas, cámaras de vigilancia que graban nuestros movimientos; la desconfianza por el otro y los otros se instaló en nuestra vida diaria.
La desconfianza se convierte en enojo, el enojo deriva en furia, la furia nubla los sentidos y la razón, en ese ánimo cualquier acto puede suceder para convertirnos en turba despojada de cualquier indicio de humanidad, ¿una muestra de ello? Los linchamientos.

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