Canción infantil

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Juan Antonio Taguenca Belmonte

Dormía en paz, al menos eso creía María, a su lado, entre las tinieblas espesas de la noche y el insomnio. No lo oía respirar y todo movimiento de él había cesado hacía unos momentos. El enfermo, aquella masa sufriente que era su marido, había dejado de producir el susurro que musitaban sus labios.

María no estaba asustada, muchas noches había sucedido lo mismo y al amanecer descubría que todo había sido un mal sueño y Jaime se levantaba para ir a trabajar con una sonrisa en la boca y un beso en el aire que era para ella. Los sueños eran así y ella sabía perfectamente que todavía quedaban muchos años para que esa pesadilla se cumpliera, si es que llegaba a cumplirse.

Alcanzó a extender una mano en el aire transparente de la habitación, que la reflejó ajada. Se asustó un poco. No se sabía anciana y el descubrirlo, en ese segundo preciso en el que le alcanzó la conciencia de una verdad oculta, le causó desdicha.

Un sonido como de vieja máquina de vapor surgió a su lado. Era el pecho de Jaime que susurraba espinas de dolor. María se alegró de aquel quejido. No estaba sola en el mundo. Lo tenía a él, aunque ya no le respondiera ni como el desierto de una duda.

Jaime movió el brazo y su mano cayó a peso sobre los hombros de María, quien quedó inmóvil, asustada por la carga muerta de la mano de su esposo. Apesadumbrada, sin ser capaz de apartarla, sus ojos miraban las sombras de la noche que se colaban por la ventana abierta.

Caía nieve en las copas de los árboles del jardín, haciéndolos fantasmas blancos vestidos de sábanas inmaculadas. Más allá, en el horizonte, una luna llena que miraba el mar se reflejaba en el dorso de la mano de Jaime.

María empezó a cantar una canción infantil que había aprendido cuando era niña. La letra era muy sencilla y la tonada era alegre. Justo lo que necesitaba para encontrar la fuerza necesaria para desasirse del abrazo.

Al levantarse se estremeció. No sabía si había hecho bien en abandonar a su marido. Este había vuelto a quedarse inerte. Además, de nuevo, no se le oía respirar. No quiso preocuparse en demasía y se fue a la cocina a prepararse un vaso de leche.

Era extraño, hacía calor. En su mirada se derretían los contornos de la leche dentro de una taza gelatinosa que apenas podía sostener su mano sin textura. La canción infantil daba vueltas en su cabeza. Era la historia de las tres hijas de un conde cristiano que pasaban sus días suspirando por un joven poeta musulmán. Al descubrir esos amoríos, su padre, fiel creyente, las encerraba de por vida en las mazmorras del castillo.

Aquella eternidad de amor puro que no conocía límites era lo que ella misma sentía por Jaime, quien había sido para ella la adivinanza de su horizonte. Al regresar a la habitación, volvió a escuchar su respiración entrecortada.

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