Sobre la noche terrible del 14 de septiembre de 1968 en la población a casi 15 minutos de Puebla

Pachuca.- En 1976, una noche de domingo de un mes que se ha olvidado, Ramón Sainz López, secretario de redacción de Novedades de Puebla, diario ya desaparecido, invitó a tomar café y hablar de futbol en su casa al sur de la Angelópolis.

Ya en la noche llegó otro convidado: un sacerdote, bajito, de mirada amable. Se identificó como Filogonio Sánchez.

El futbol no fue el tema, sino la película Canoa, dirigida por Felipe Cazals, ya ganadora del Oso de Plata en Berlín.

Canoa

Al padre se le interpeló sobre la posible intervención del cura de Canoa Enrique Meza Pérez en el linchamiento de trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP),
a la que aún no se le sumaba el calificativo de Benemérita.

“¿Fue el instigador?”, se le preguntó, aclarando que el interlocutor no había visto el filme.
Moderado, apacible, Sánchez inquirió a su vez: “¿Por qué no se lo pregunta?, está adscrito en Ixcaquixtla, adelante de Matamoros; yo lo llevo”.

Pareció que era oportuna salida para hacer de lado el tema, ciertamente escabroso.
El viernes siguiente, el padre se presentó en el periódico y correcto anunció: “Vengo para usted”.

Acompañó al sorprendido reportero, un fotógrafo, Abraham Paredes, excelente en su trabajo.

Antes de las tres de la tarde arribaron a Ixcaquixtla: se distinguía una iglesia, grande, amplia. En la entrada estaba el padre Meza Pérez. Alrededor de 70 años, moreno, lentes de aumento y, más tarde, se advirtió, con problemas auditivos.

Tras una rápida comida, entre silencios, el diarista entrevistó al religioso. Fue dentro del templo. La conversación grabada, en ir y venir, incluso hasta lo que sería la azotea. Más de tres horas; preguntas cortas, respuestas algo más expresivas, casi sin intervalos.

Y el sacerdote declaró, enfático: no tuvo que ver con lo ocurrido. Ya descansaba y después, al enterarse, informó a sus superiores.

“Expliqué todo –declaró–, nada a mi conveniencia, sino con versiones de feligreses, testigos de lo acontecido. Jamás incurrí en falsedades; era inocente de lo que algunos, con ligereza, me imputaban.”

Fue primera y única vez que se habló con Enrique Meza Pérez.

El retorno transcurrió entre comentarios breves y muchas interrogantes.

El padre al despedirse auguró: “Nos volveremos a ver”, y tendió la mano.

Canoa

Faltaba mucho por conocer. En la sede de la UAP, denominada El Carolino, a una calle del centro de Puebla junto a la iglesia de La Compañía, trabajaban tres de los agredidos. Se les llamaba genéricamente “cochises”. Fue larga entrevista, en el Paraninfo. Estuvieron Julián González, Roberto Rojano y Miguel Flores Cruz.

Vivían con el recuerdo de la noche terrible del 14 de septiembre de 1968, en Canoa, población a aproximadamente 15 minutos de Puebla. Les faltaba agua; eran católicos y les asustaba la palabra comunista.

Miguel Flores confió: “Aún sufro de pesadillas”; los dos restantes asintieron.
En el hermoso salón nadie interrumpía.

Y contaron: “El propósito, con otros compañeros, subir a La Malinche. Había otras rutas, pero nos dijeron que por Canoa era más fácil. Llegamos por la tarde y encontramos una pequeña tienda. Pedimos refrescos. A esa hora vecinos fueron alertados de nuestra presencia. Llegó un señor y nos dijo que mejor nos regresáramos. Era peligroso. Corría el rumor de que éramos alborotadores.

“En la Ciudad de México había tensiones entre estudiantes y el gobierno. Estábamos indecisos si quedarnos o retornar. Lo jugamos a un volado. Nos quedamos. Ya anochecía. El señor, llamado Lucas García, que nos alertó, dijo que podíamos pasar la noche en su casa; aceptamos.

“Caminamos tras él hasta llegar a donde vivía. Era una pieza larga, rectangular. Las puertas de la entrada de madera; gruesas. Estaba su esposa y unos niños; al fondo, otros jóvenes excursionistas. Eran del DF (Distrito Federal).

“Escaparon cuando todo comenzó; de ellos no supimos más.

“Era de noche cuando escuchamos un rumor que fue creciendo de intensidad, como un oleaje.

“Don Lucas advirtió: ‘Ya llegaron. Vayan hasta adentro’. Golpeaban la puerta y maldecían. El señor García se decidió y les abrió. Fue impresionante. Era una turba. Algunos, se advertía, alcoholizados y con machetes. Uno de ellos se adelantó y sin más atacó al señor de la casa. Fue impresionante, de un tajo de machete le cortó el cuello.”

A los trabajadores los condujeron hasta la entrada de Canoa.

“Nosotros en medio; nos gritaban y golpeaban.”

Canoa

Miguel Flores contó: “Delante de mí se ubicó un señor, de edad. Se tambaleaba. Me apuntó con un rifle y disparó. Por su estado físico no fue certero, gracias a Dios.”

Al final, a su rescate acudió la Policía. Un comandante hizo breve apunte: “No los soltaban. Entonces, con mis compañeros, entonamos el himno nacional y lanzamos vivas a la Virgen. Solo así los entregaron. Las ambulancias y paramédicos esperaban”.

Lo acontecido en Canoa no tuvo inmediata trascendencia; el día siguiente era 15 de septiembre.

Notas aisladas. Únicamente eso. Sin precisar número de víctimas.

Tuvo que haber un padre para investigar: Filogonio Sánchez. La película fue ganadora; Enrique Meza, estigmatizado.

En la cárcel de Puebla solo se encontró a un probable responsable de lo que se supuso era homicidio tumultuario.

Una mañana, con un funcionario del ayuntamiento de Puebla, se visitó la casa de Lucas García. En la puerta, advertibles huellas de los golpes: machetes, hachas.

Ahí estaba la viuda. Limpiaba la entrada. No hablaba español. Invitó un taco de frijol; la tortilla azul. Con un intérprete se le preguntó qué recordaba de esa malhadada noche. Más o menos, expresó: “Vinieron los del pueblo, mataron a mi señor y se llevaron a los muchachos”.

Siguió en lo suyo. El taco, sabroso.

Canoa se filmó en Santa Inés Ahuatempan, población ubicada sobre la carretera federal México-Pachuca. Explicaciones anecdóticas de la presencia de actores, iluminaciones.
No más.

Y en el entorno de la historia: nombres que se pierden, casetes obsequiados a una investigadora de Chihuahua, periódicos, testigos fallidos en mudanzas y mudanzas. Solo memoria. Mala memoria.

Con autoridades judiciales, poca respuesta. No se consiguieron constancias de investigaciones.

Canoa

Los trabajadores de la universidad que se salvaron siguieron su vida, mas intensamente afectados. Algunos, 50 años transcurridos, ya fallecieron.

Una tarde, con un calificado artista plástico Andrés Ortega, Andresiño, se visitó Canoa. Se trataba de hacer un boceto de lo ocurrido.

Canoa

Ortega afinaba sus trazos y, de pronto, llegaron unos vecinos. Pidieron: “Váyanse, no queremos que se manche más nuestro nombre”. La visita ahí concluyó.

Durante cinco décadas, no más Canoa. Hasta ahora.

Golpeaban la puerta y maldecían. El señor García se decidió y les abrió… Algunos, se advertía, alcoholizados y con machetes… Fue impresionante, de un tajo de machete le cortó el cuello

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