Mi generación, jóvenes de 16 años en 1978, cantamos, vivimos, amamos, nos desenamoramos, nos creímos rebeldes, levantamos el puño, tejimos sueños con hilos de utopía revolucionaria al compás de la Nueva Trova Cubana, una herencia y provocación que Fidel Castro apoyó para darle a su isla ese ritmo de libertad con la que siempre soñamos.
Ese 25 de noviembre yo estaba sola cuando recibí la noticia de la muerte de Fidel. Desde mi cama y con el control de la televisión en las manos, contemplo las reacciones que me conmueven y las que me indignan. No quiero llorar, por eso lo primero que se me viene a la mente son canciones. Esas letras donde lo describen, que evocan los valores revolucionarios, que cuestionan esta realidad tan compleja, pocas veces generosa, muchas veces esperanzadora. Fidel ha muerto y yo canto como un himno esas preguntas que memoricé y que el cantautor cubano Silvio Rodríguez parece siempre dictarme al oído, casi 40 años después de cantarla y cantarla:
“Compañeros de historia tomando en cuenta lo impecable que debe ser la verdad.
Quisiera preguntar, me urge tanto.
¿Qué debiera decir? ¿Qué fronteras debo respetar?
Si alguien roba comida y después da la vida, ¿qué hacer?
Hasta dónde debemos practicar las verdades.
Hasta dónde sabemos que escriban, pues, la historia.
Su historia, los hombres del Playa Girón.”
De inmediato me remonto a mi época de “ceceachera” –estudié en el Colegio de Ciencias y Humanidades cuyas siglas son CCH, naturalmente en la UNAM, y así nos bautizamos–. Un colegio donde mis maestros eran marxistas, te decían “compañero” y te sorprendías que te pidieran hablarles de tú. Profesores tan jóvenes como nosotras que motivaban tu participación, leímos tantas propuestas revolucionarias, pero sobre todo escuchamos muchas canciones, llamadas, en ese entonces, de protesta. Aquellos años en que mis hermanas y yo comprábamos esos discos LP, de acetato, con portadas vistosas. El día que estrenamos la Antología de Silvio Rodríguez. Hoy la escucho y no dudo que es poesía con música, convicciones utópicas, cantos revolucionarios, apuesta por un mundo mejor. De mis preferidas, “Pequeña serenata diurna”:
“Vivo en un país libre, cual solamente puede ser libre.
En esta tierra, en este instante, y soy feliz porque soy gigante.
Amo a una mujer clara que amo y me ama sin pedir nada,
o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual.
Y si esto fuera poco, tengo mis cantos, que poco a poco muelo y rehago habitando el tiempo,
como le cuadra a un hombre despierto.
Soy feliz, soy un hombre feliz.
Y quiero que me perdonen, por este día los muertos de mi felicidad.”

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