Hablar de mujeres científicas o sobresalientes es adentrarse un poco en la vida de cada una de ellas, de conocer un poco más sobre sus gustos, estudios, etcétera, como es el caso de María Carlota Amelia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Coburgo-Gotha y Orleans, tercera hija del rey Leopoldo I de Bélgica.
Carlota nació el 7 de junio de 1840 en el castillo de Laeken de Bruselas, siendo la tercera hija del rey Leopoldo I de Bélgica y su segunda esposa de este, Luisa María de Orleans.
La princesa Carlota vivió una infancia de ensueño a diferencia de otras princesas de la época, disfrutando de una educación similar a la de sus hermanos varones, recibiendo clases de política, filosofía, literatura, entre otras.
Debido a un grave accidente de tren en octubre de 1950, su madre murió y derivado de ello la princesa Carlota cayó en un estado depresivo ocasionando que en su adolescencia se le desarrollara un estricto sentido del deber y responsabilidad, un rasgo que marcó su carácter que le acompañaría toda su vida.
Cuando tenía 16 años, Carlota se convirtió en el deseo entre los príncipes europeos por su gran belleza. Sin embargo, sería el archiduque de Austria Fernando Maximiliano, el hermano pequeño del emperador Francisco José, el que robó el corazón de la princesa durante una gira por Europa que le llevó al palacio bruselense. La boda de la pareja se celebró en Bruselas en julio de 1857.
La pareja viajó mucho por Europa, pasando varios años en Italia como gobernadores, en nombre de Fernando José, en las zonas de Venecia y Lombardía. Sin embargo, ambos deseaban tener una posición donde pudieran ejercer algo de poder efectivo y donde no se vieran sujetos a las directrices de Francisco José.
Esa posibilidad les llegó cuando el emperador Napoleón III, realizó una intervención militar en México con la ayuda de Austria. En octubre de 1861, los archiduques recibieron la noticia de que se había pensado en ellos para ocupar un trono en México. Emiliano y Carlota aceptaron el reto de gobernar el país entusiasmados. “Fundar una dinastía y ocuparse del bienestar del pueblo son grandes tareas”, afirmó por aquel entonces en una carta la archiduquesa y, es así que el 28 de mayo de 1864 arribaron al puerto de Veracruz.
El 12 de junio del mismo año, los entonces emperadores llegaron a la capital mexicana eligiendo como residencia oficial el castillo de Chapultepec. Carlota se entregó a las obras de beneficencia y a dominar el idioma español hasta no poseer el menor atisbo de acento francés. Carlota escribió informando a las familias que en definitiva tanto ella como su esposo eran felices en tierras aztecas.
Carlota y Maximiliano intentaron, desde el primer momento en que llegaron a tierra mexicana, controlar la inestabilidad política que reinaba en la región, luchando contra el Ejército de Benito Juárez, asó como tratando de ganarse el cariño de sus súbditos.
En tanto, su esposo el emperador cada vez se alejaba más de ella y en su soledad la emperatriz intentaba hacer reformas para su nuevo imperio, de esa forma ella fue la responsable de la fundación de innumerables escuelas y de la aprobación de una ley que universalizaba la educación en México. Asimismo, se preocupó por las infraestructuras mexicanas, construyendo la línea ferroviaria entre la capital y Veracruz. Su vida no era totalmente feliz, ya que permanecía angustiada por su incapacidad de tener hijos y su esposo no hacía nada para arreglar la situación.
Sin embargo, la base del poder de Maximiliano se encontraba en el apoyo del Ejército francés y cuando Napoleón III decidió empezar a retirar sus tropas de esas tierras, Maximiliano y Carlota prácticamente se quedaron solos frente a las tropas de Juárez, por lo que el emperador se planteó abdicar, pero Carlota lo convenció para mantenerse en el trono diciendo: “Abdicar es solo aceptable en ancianos o imbéciles, no es la manera de obrar de un príncipe de treinta y cuatro años”, le espetó al monarca. Lejos de dejar toda la responsabilidad de la situación en su marido, Carlota realizó un viaje a Europa para buscar apoyo entre los gobiernos del viejo continente. Sin embargo, la presión comenzó a hacer mella en la emperatriz, que a ojos de varios testigos parecía trastornada y en extremo nerviosa.
Carlota estaba en Europa cuando se enteró de que su esposo había sido ejecutado por los hombres de Benito Juárez, habiendo defendido su imperio hasta el final. La emperatriz, que ya exhibía signos de paranoia y depresión mientras viajaba por Europa sin conseguir la ayuda que necesitaba para su marido, cayó en un estado de profunda melancolía. Su hermano, el príncipe Felipe, conde de Flandes, se hizo cargo de ella.
Era el año de 1867 y la emperatriz viuda tenía 27 años cuando inició su locura que duró 60 años, la que se inició con la obsesión de que su esposo no se encontraba y pasaba las noches pidiendo a gritos su llegada, llorando amargamente por su lejanía y más aún, cuando recordaba el fusilamiento sus gritos eran mayores. La emperatriz falleció en Bruselas el 19 de enero de 1927 a causa de una gripe mal curada; fue enterrada en la cripta de Nuestra Señora de Laeken.
Recordando con ella la siguiente frase, acuñada por Groucho Marx:
“Detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Detrás de él está su esposa.”

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