No ha sido poco lo que se ha escrito al correr de los años sobre la emperatriz Carlota y su infortunada incursión en México al lado de su esposo Maximiliano de Habsburgo para encabezar un gobierno de tintes monárquicos que terminó trágicamente.

Martha Robles, originaria de Guadalajara, Jalisco (1948) presenta una nueva versión de esta historia en un trabajo sustentado al hurgar y ratificar hechos que cambiaron rumbos para la pareja.

Licenciada con mención honorífica en Sociología por la UNAM, sumó una especialización en Desarrollo social urbano en el Instituto de Estudios Sociales de la Haya, en Holanda.

Posteriormente cursó la maestría en Letras hispánicas (UNAM) y se desempeñó como investigadora en el Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la misma universidad.

Es autora de ensayos, novelas, cuentos y prosas poéticas. Fundamentalmente se dedica a escribir.

De Carlota se manifiesta que pese a nacer en el seno de una fastuosa familia de monarcas y ser educada para gobernar el destino de naciones, quien fuera alguna vez la princesa de Bélgica, muy joven enfrentó un horizonte adverso.

“Llevada por sus fantasías imperiales se embarcó al lado de su esposo, Maximiliano, para ocupar el trono de México.

“Pero nada fue como ella imaginó. Un emperador fusilado y una emperatriz que a los veintiséis años de edad enloquece y es confinada trágicamente por poco más de medio siglo hasta el día de su muerte.

“Bajo el curso de una fugaz pasión entramada de amor, poder, curiosidad, ingenua ambición y no poca aventura, el misterio fue convirtiendo a Carlota en uno de los símbolos de decadencia monárquica de una época imbuida de romanticismo y revoluciones del poder y del pensamiento.”

La escritora la describe:

“Aprensiva, dueña de un ostensible dominio de sí misma, pragmática, autoritaria solo durante su juventud, dominadora y disciplinada para lo secundario, Marie-Charlotte-Amélie-Victoire-Clementine-Léopoldine de Bélgique, por matrimonio se convertiría en archiduquesa de Austria.”

De su relación con quien sería su marido, el apunte:

“Quiso la desgracia que la delicada Charlotte, ocho años más joven que Fernando Maximiliano, se entusiasmara por la presuntuosa figura rubia, uniformada en blanco y oro del comandante de la Armada Austriaca.”

De su enlace:

“En un ambiente de felicidad promisoria, el 27 de julio de 1857 se celebró la boda. Pocas semanas después, la pareja real hizo su entrada triunfal en Milán y el tema de México apareció, casi por accidente, Maximiliano comentó que un grupo de mexicanos le había preguntado si aceptaría la corona de su país.”

No le disgustó; se repetiría que gobernar un pueblo necesitado de su inteligencia y ajeno a la decadencia europea “sería una buena posición”.

Sobre él recayó la profecía que su madre, la archiduquesa Sofía, inscribiera en su telegrama de despedida:

“Adiós. Reciban nuestras oraciones y nuestras lágrimas. Que Dios te proteja y te guíe. Adiós para siempre desde la tierra natal donde nunca más te volveremos a ver. Con el corazón acongojado, te bendecimos una vez más.”

Martha Robles, cita:

“Fieles a la tradición de que los dioses ciegan a quienes quieren perder, los esposos desoyeron a los que trataron por todos los medios de impedir su partida. Más de una vez dudó. Más de una vez apartó de su mente el nombre de México y de nuevo cedió.”

En Querétaro, en el Cerro de las Campanas, Maximiliano fue fusilado.

En paralelo, la vida de Carlota careció de rumbo y de sentido. Se complicaron sus síntomas paranoicos. Repudiaba peinarse porque decía que le clavaban puñales.

Hay una misiva, en Roma, 10 de octubre de 1866: “Tesoro entrañablemente amado: “Me despido de ti, Dios me llama. Te doy las gracias por la felicidad que siempre me has dado. Que Dios te bendiga y que te haga ganar la gloria eterna.

“Tu fiel Carlota.”

Lo demás, entre pasado y cancelado futuro, acabó.

De Ediciones B México SA de CV. La segunda edición es de febrero 2017.

CARLOS

Comentarios