Hasta que un comercial para autos durante la década de 1980 sacó de la oscuridad a Carmina Burana, la ópera de Carl Orff se había mantenido al margen de las puestas musicales en temporadas sinfónicas y de divulgación para la cultura, por la controversia de su contenido, así como el método dodecafónico del autor, considerado contradictorio y forzado, ya que el material de origen recibió un tratamiento grandilocuente que lo elevó a la categoría de “música pegajosa”, cuando los poemas que la inspiraron estaban vetados para su consumo público.

La anécdota de Carmina Burana se extiende lejos en el tiempo. Durante el siglo XII, en el último periodo de la Edad Media, la Iglesia formó un grupo de eclesiásticos sin voto de castidad que se conocen como “clerici”, pero gracias a su educación escolástica salen de sus instituciones de origen para deambular por Europa en busca de empleo. Los oficios a los que se dedican se dan en función de sus preferencias al igual que la especialización de sus habilidades. Estos clérigos de la época constituyen las primeras versiones de lo que hoy se conoce como intelectuales freelance.

No obstante, la mayoría de ellos, ya sin la supervisión de su orden de origen, además de vagabundear se dedican a la buena vida, amparados por su dominio de un latín común en el que se mezcla tanto la formación académica como la vulgata, las lenguas populares. Debido a su plasticidad para adaptarse, así como a la dinámica social de ese entonces, en la que se insertaban sin dificultad, terminan por ser denominados “goliardos”, en recordatorio del gigante Goliat al que David mató con una piedra y de alguna forma se ligaba con lo perverso y demoníaco.

La mayoría de los “goliardos”, además de una reputación intelectual a prueba de toda duda, gustaban del alcohol, el ambiente de las tabernas y la vida amorosa rayana en la lujuria, cosas que la Iglesia sancionaba sin asomo de reparación, pero ella misma había dotado con habilidades académicas, aunque sin recursos para sostenerlos en la vida común. De allí procedía la razón para tacharlos como los bastardos que si rebasaban la tolerancia de Dios, serían aniquilados con la eficiencia de un juicio modesto, pero definitivo.

En su calidad de intelectuales, los “goliardos” produjeron –aunque en forma independiente– una obra común compendiada por temática en el Codex buranus, una antología poética donde se conocen los deslices e intereses de los “goliardos”, glorificando la pasión del amor entre los comunes, misma que disfrutaron y compartieron con los trovadores, quienes se encargarían de divulgarla hasta hacer de esta expresión uno de los géneros favoritos de la Edad Media, que ha sobrevivido hasta nuestros días.

Cuando Carl Orff entra en contacto con los Carmina Burana en 1937, aunque su trabajo fue calificado de pastiche grandilocuente, su resultado contribuyó a revivir una manifestación literaria digna solo de la mirada de los especialistas. Lejos de cubrir la totalidad de los poemas que componen la ópera que lo inmortalizó, Orff seleccionó aquellos fragmentos que permitían una puesta en escena sobre la base de una narración.

En ella un grupo de comensales que se dan cita en una taberna luego de una travesía, tanto rememora como confronta a un grupo de mujeres que le atiende, con lo que se forman dos facciones que contienden, una de varones y otra de mujeres, entre los que se da un choque abierto de afrentas cargado de tensión sexual, a su vez llevado por los líderes de cada uno.

Los intercambios son explosivos y rayan en la brutalidad física, pero al final logran dirimir sus diferencias y concluyen satisfaciéndose entre ellos, que una vez efectuadas sus pasiones parten de la taberna para continuar su viaje.

En una batalla de los sexos, así como lo efímero del amor, las puestas en escena que representan el libreto son muy pocas y se ha preferido la interpretación de la letra, de por sí subida de tono. Pero la escritura y éxito de Carmina Burana fue seguida por la concepción de una trilogía que continúa en Catulli Carmina, para cerrar con Trionfo di Afrodite.

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