Te escribo porque no tengo intenciones de buscarte para hablar. Hace muchos años que no me interesa encontrarme contigo, ni siquiera por error. No te escribo para decirte que me repugna tu persona por la forma en que enredas la vida por donde pasas, por las mentiras que construyes para sostener otra mentira que a su vez sostiene otra mentira, hasta que éstas por fin se desploman, no te diré eso porque ya te lo he dicho en otros momentos.
Cuando tuviste aquel accidente y te vi en un café, me di cuenta que algo se había roto en ti y no hablo de tus dientes (que en ese momento todavía no te ponían), ni tampoco del cráneo que daba a tu rostro un aspecto deforme. Entendí que algo se había roto en tu mirada y era la capacidad de disimular, cuando hablabas y querías decir tus frases elaboradas de antes, ya no parecían verídicas, tus ojos ya solo eran odio, tu rostro ya solo tenía esa mueca perpetua de la envidia, como si los gestos se hubieran fruncido permanentemente. Era la maldad que no podía seguir habitando oculta, en ese evento aprovechó la ocasión para salir y manifestarse. Ese pequeño velo que se rasgó, era el que te permitía que la gente al menos tuviera la duda cuando aprovechabas cualquier pretexto para ser la “uno más”.
Últimamente he recordado un par de anécdotas tuyas, la primera fue un día que llegué tarde al restaurante donde quedamos de vernos con otros amigos, les conté que se me había ponchado una llanta y, cuando todos escuchaban cómo logré que un desconocido me ayudara a cambiarla, tú, inmediatamente, dijiste “eso me recuerda que no les platiqué que anoche se me poncharon dos llantas casi para llegar a mi casa y cuando intenté arreglarlas se poncharon las otras dos”. Eras un tanto burda, francamente.
La segunda sucedió en la escuela, esa vez tomé un bus para volver de casa de mi abuela a la ciudad, fue toda mi historia, tú “recordaste” un asalto, las amenazas de los ladrones y el disparo al hombre que iba a tu lado en el asiento, su agonía, la sangre, la masa encefálica. Si en este momento me pusiera a evocar anécdotas, seguramente encontraría más que fluyeran en este sentido. Lo cierto es que, a la luz de la distancia, me doy cuenta que siempre estuviste lista para ser quien eres hoy.
Cuando me defraudaste, te dejé, cuando me enteré de tus difamaciones, te dejé, cuando leí lo que tú escribías de mí, te dejé. Pero esta vez, te escribo porque tu esfuerzo de los últimos meses me parece patético.
En el momento en que un personaje desconocido me etiquetó en las redes sociales —con quien tengo demasiados amigos en común— para extenderse en hablar de tu expareja, de la supuesta novia de tu expareja y de asuntos legales que hace tantos años dejaron de existir, me di cuenta que eras tú.
No podía ser de otro modo, recordé también la anécdota de la exnovia de tu pareja, la que, casualmente, te escribía para amenazarte, la que te perseguía, la que te acosaba con correros electrónicos agresivos…
No has cambiado mucho, aunque me resulta curioso que te tomes tanto tiempo en crear personajes y darles forma, vida, intereses (que son los tuyos), que intente desesperadamente interactuar con el mundo digital, que opine de gente de tu pasado, que te ofenda para ser defendida. Curiosamente, vuelves a estar en medio de pendencias.
Supe que eras tú, la foto que eliges, una mujer confiable sosteniendo a un perro y con un nombre italiano. Eres tú. Te dejé seguir un rato, provocar, mover el agua, te observo desde la orilla mientras juegas a chapotear, aunque, debo serte sincera, me causa curiosidad qué harás cuando la tierra se abra y te trague el agua salada.
Sin embargo, decidí escribirte porque ya no tengo tiempo —y no creas que seré dramática y hablaré de alguna enfermedad terminal, no, nunca, esos argumentos son completamente tuyos—, en realidad es un asunto metafísico, ya no tengo tiempo para ti, ya se agotó lo poco que quedaba, ya eres un mero accidente, de esos que solo llegan a tu vida para quitarte tiempo, imagina que presencias un asalto y debes ir al Ministerio Público a testificar una y otra y otra vez la misma historia que viste por error, así yo, creo que eres justo eso, un desagradable accidente que me tocó presenciar.
Sé que me lees, que eres un mísero fantasma rondando la vida de otros, que debes inventar malas historias para tener acceso a ellas, te voy a decir esto una vez más, espero que ahora sí lo entiendas: no vuelvas ni siquiera a escribir mi nombre, aunque lo hagas a través de un personaje irreal.
Anda sigue cosechando tu siembra.

No votes yet.
Please wait...

Comentarios

SHARE
Artículo anteriorReclamemos a Trump la mitad del territorio de EU
Artículo siguienteTras desafuero, MP deberá descartar persecusión política contra funcionarios
Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.