Perla Ibarra*

Voy caminando por avenida Revolución con su característica hilera de palmeras y recuerdo que fue bautizada como “la playa pachuqueña” por mi maestra Natalia, originaria de Barcelona, pero que residió en México durante varios años, apasionada por la arqueología y por Teotihuacán. Continúo caminando, doy vuelta a la izquierda y del lado derecho veo salir a una horda de niños de primaria en turno vespertino, sus padres que esperaban afuera de la escuela al encontrarse con sus bendiciones se difuminan poco a poco del paisaje. Sigo caminando por la calle y el olor a café recién tostado invade casi toda la cuadra, y aunque siempre tengo la idea de pasar a comprar un poco, siempre desisto. Una fuerza ajena a mi antojo me hace seguir caminando a prisa cada que paso frente a esa cafetería. Esa fuerza se llama “el recuerdo de mi padre que solía comprar café ahí y aún no supero la pérdida”.

Me detengo en el cruce de la calle, el semáforo está en verde para los automovilistas, así que mientras espero percibo otro aroma distinto al del café, la culpable es una pozolería que se encuentra a mi lado izquierdo. Curiosamente empecé a amar el pozole cuando viví un tiempo fuera de Pachuca. Los domingos eran días de almorzar en la Pozolería Chapala, a unas cuantas cuadras de mi casa en la colonia del Carmen, en Puebla. Un local diminuto que de tan pequeño conjuntaba la delicia de degustarlo y la experiencia de un sauna pozolero. No tengo idea de cómo sea esa pozolería que se encuentra a mi izquierda, pero dudo mucho que también incluya el sauna.

Continúo por la avenida Juárez, otra de las principales vialidades de la ciudad, a diferencia de la avenida que acabo de pasar, esa no parece pertenecer a una playa, ni me recuerda ningún sobrenombre. Más bien tengo la sensación de haberla cruzado miles de veces, de múltiples maneras, caminando, corriendo, conduciendo. Aunque ninguna se compara a la primera vez que manejé un automóvil. Eso fue hace unos 10 años atrás, tomé un curso de manejo y el establecimiento se ubicaba justo en esa avenida. El método consistía en aprender en cuatro clases, la primera de ellas era subirte a un automóvil con el instructor del lado del copiloto y empezar a manejar. Nunca olvidaré esa primera clase, me subí en aquel vocho color rojo en el asiento del conductor, y al momento de querer ponerme el cinturón de seguridad ese no funcionaba. Le pregunté a la instructora acerca de él y ella quitándose el cigarro de la boca me respondió: –no mija, no te preocupes por el cinturón, no tiene porqué pasarnos nada–. He de decir que en aquel curso nunca aprendí a manejar y por la gracia divina salí viva. Tuve que tomar otro curso de manejo meses más tarde, de mayor duración y con metodologías menos dudosas en el cual sí aprendí.

Cómo son los recuerdos que nos asaltan al primer disparador emocional que nos topamos en la calle, ¿verdad? Ahora mismo que paso a un costado del Parque de la Familia encaminándome hacia el Centro Cultural del Ferrocarril me acuerdo de la fuente que moja a los niños los fines de semana, ahora mismo está suspendida por la huelga de la presidencia municipal. No hay gotas de agua que caigan ni tampoco niños. Recuerdo una tarde que parece ahora muy lejana, un mini safari fotográfico, de esos que extraño tanto, mi exnovio y yo cazando el agua con el obturador. Quién sabe qué será de sus capturas fotográficas y de sus aventuras. Él siempre será todo un cazador.

Cruzo la calle Cuauhtémoc y la nostalgia se acumula en mis ojos sin salir, como el agua que no quiere salir porque la huelga lleva ya como un mes. Camino cabizbaja, miro a la izquierda, la imagen que veo me saca de los recuerdos y me trae de vuelta al paisaje de la ciudad. ¿Qué hace una piñata con forma de burro, de esas de papel de china cortado que asemeja a su pelaje, en medio de la nada, en ese jardín que cruzo casi siempre cuando voy camino a casa? Está ahí a un costado del prado a medio romper, porque ni siquiera la dejaron destruida, está casi intacta, puedo visualizar a la perfección su forma equina. En ese jardín siempre me encuentro un grupo de hombres sentados en las bancas al fondo. Aunque no reconozco sus rostros, siento que ya hasta los conozco. Algunos a veces usan de cómodo sillón esas bancas, incluso como camas. Cuando empieza a caer la noche, generalmente camino a paso veloz, no vaya a ser que en un descuido me aborde alguno sin buenas intenciones. Pero hoy no me siento temerosa, la cálida tarde aunque un poco airosa no deja en mí rastro de preocupación. Sigo caminando, aún volteo a ver la piñata e intento hallar una historia detrás de ella. Cuando vuelvo la mirada hacia mi camino para mi sorpresa casi choco de frente… –Ay, ¿qué onda? ¿qué onda wey?– y aparece una sonrisota de oreja a oreja que me hace sentir alivio por no verme mensa ante un desconocido. Sí, iba en la pendeja, pero por lo menos quien lo notó fue mi amigo y no alguien más. Nos reímos los dos y después de decir el protocolario “¿qué onda? ¿Cómo estás?” Nos preguntamos “qué venías viendo tú”, –yo venía viendo al perro negro bien gandalla– me dice mi amigo, –Ahhh es el Terry, ese perro es la onda. Viene todas las tardes por acá, pero él en realidad vive frente al mercado de la Morelos– le contesto. Frente a su casa hay un automóvil viejo que lleva años sin moverse, pues el Terry utiliza el cofre como su sitio para echarse la siesta al medio día, imagino que ha de sentir que anda en la playa… le platico eso a mi amigo mientras escaneo de reojo toda la calle, el cielo amarillo se torna enrojecido porque está cayendo el día. De pronto me topo con la imagen de un Sol redondo y brillante metido entre dos ramas del árbol que está junto a nosotros. Me distrae demasiado la imagen, le digo a mi amigo, –¡Ah no manches, mira!– y los dos nos quedamos perplejos ante esa visión. Nos despedimos después de ese acto de contemplación. Pienso que ahora ese tramo de calle me recordará a mi buen amigo, aquel día en que casi chocamos de frente por venir cada uno sumergido en su propia cartografía cotidiana.

Salud

Josué Ledesma**

Ese día iba como quien dice, pues pendejeando. Empecé sobre Moctezuma, por alguna razón esa calle me hace desear la playa y tener en la mano una cerveza bien fría, mano. La verdad el Sol pega bastante y a esas horas hace que el edificio de la CFE me parezca bonito. Pues me ajusté a la sombrita y agarré camino al Ferro. Ya me acordé, iba por unos bolillos. Para no hacerla cansada, llegué al Ferro pasando la vinatería que está en la esquina de Heroico Colegio Militar. Ahí mero mi primera novia me nalgueaba seguido y yo me sacaba de onda. Igual y pensaba que de tanto chicotearme las teleras un día me iban a crecer, pero ya tiene rato de eso, ¿qué será de ella? Supe que andaba en el chilango con su morra ingeniera. A ver qué día les invito unas chelas o un café y echamos desmadre, para que la conozcas. Me acuerdo cuando dejaba besos en los libros que me regalaba.

En eso que veo un perro bien majestuoso, de pelaje oscuro como grasa de zapatos, de lejos el atardecer haciendo brillar sus ojos. Me recuerda al Pelida Aquiles, todo madreado de una pata y ladrando bien furioso ¡Héctor, Héctor! y Héctor son los carros que pasan por Ignacio Mejía. Su bandita le hace el paro y también le gritan al Héctor: “¡Órale, pinche puto!” Puro barrio bravo, vatos locos contra tres puntos defendiendo el territorio que alguna vez fuera la casa de esa poeta que dice amor y se pinta de noche. No sé cómo chingados me imagino tanta majadería y los perros siguen en su tiro. A la derecha un grupo de teporochos está como viendo una película, sus chamarras son las habitaciones más sucias del municipio pero de buena fuente sé que ahí es donde guardan las cosas preciadas: fotografías de la familia que nunca tuvieron, anillos rotos como sus corazones, pulseras de mugre y quizás unos quintos para la vaquita. Señalan para arriba y para abajo, boquiabiertos los niños ay wey… me tropiezo. Veo que el Aquiles tiene una pata rota y lamento que no sea gato. Veo el suelo pero no me caigo porque el sentido arácnido no puede faltarle a un vago. El pinche Aquiles se mutea con el sonido de unos pajarracos que ya van a sus cantones para hacer la meme y entonces veo a la chica del cuento, vestida de piedra preciosa, con la mirada clavada en el horizonte o en la piñata rota que hace mal salero en el parque del recinto. Es mi amiga. Yo la quiero mucho porque un día nos pegamos buen rato en las pantallitas platicando recio sobre la vida, descubriendo que no somos tan distintos. A veces nos compartimos dos que tres locuras, otras trabajamos juntos, así porque pues qué chido y en ocasiones se me olvida saludarla porque se corta o enciende su cabellera luciendo como el arrebol que nos ilumina, el día que baja pegando un grito; o quizás es que estoy más acostumbrado a perderme descifrando el lenguaje de las composiciones que arma. Un día escribió que andaba como vidrio empañado y alguna vez fue un barquito a la deriva. Qué onda. Ay wey, qué onda, ¿cómo estás? Me responde con ese par de líneas rojas que le son tan características y nos reímos bien cagados.

Es que iba viendo esa piñata que está en el parque. Y yo iba viendo a ese perro negro, está bien chido, hasta me tropecé por verlo. Ah, es el Terry. Pero en mi cabeza sigue sonando Aquiles. No te había visto. Ni yo a ti. Es que íbamos pendejeando. ¿Para dónde vas? Me dice. Pues la historia termina en que no chingues, mira el Sol. Sí, es cierto, y topa el cuadro completo con los teporochos en la banquita, la virgen a su derecha, la piñata rota en medio del parque apenas comenzando la primavera y el Terry con sus vatos locos enfrente. Qué bueno verte, nos decimos. Ya ni fui por los bolillos porque recordé que tenía una travesura entre manos con unos compas. El sentido arácnido. Y heme aquí.

–Ja, no mames, qué pedo, ¿quieres una chela?

–Pues, salud. Por los amigos.

*Nació en Pachuca en 1986. Es licenciada en historia de México por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) y maestra en estética y arte por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. A la par de su labor docente, se ha desarrollado dentro del campo de la fotografía y recientemente también en el de la literatura. Ha tomado distintos talleres literarios con maestros como Yuri Herrera, Jair Cortés, Danhia Montes y Alfonso Valencia.

**Nació en 1987. Es psicólogo, docente y escritor. Ha publicado Cenicero (Malavida Editorial, 2017). Sus colaboraciones literarias pueden ser encontradas en la revista Los Bastardos de la Uva (abril, 2013); la compilación de poesía Señales para quien está de paso (Malavida Editorial, 2017); “Maldito Vicio” del diario Libre por convicción Independiente de Hidalgo (noviembre, 2017); en la revista electrónica Casa Rosa: Hospedaje Cultural y Círculo de Poesía (agosto, 2018). Además, es fundador de Circuito: Intervención y Arte, así como becario de Interfaz | ISSSTE Atemporalidades, Anacronismos y Emergencias (junio, 2018). Ha cursado talleres de poesía, creación transdisciplinar, spoken word y creación literaria con Mario Bojórquez, Rocío Cerón, Diego José, Jorge Contreras, Cynthia Franco, Jorge Daniel Cabrera Martínez el Ene, Alfonso Valencia y Danhia Montes. Cursó el diplomado en creación literaria del INBA en el Centro de las Artes de Hidalgo (2018).

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