Ya desde su célebre frase: “La vida sin música sería un error”, escrita apenas a los 14 años y que después retomaría para El crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos, Nietzsche fue un fiero y apasionado defensor de la música. Gracias a esa predisposición para tomarla como un aliento sobrenatural desde el cual acceder a las manifestaciones más bellas de la existencia, entre su filosofía y las anécdotas que recogió gracias a ella, hay una faceta del filósofo alemán que no es suficientemente conocida. Entre otras cosas, la familia Wagner, es decir, Richard Wagner, nada más y nada menos que el autor de El anillo de los nibelungos (Der Ring des Nibelungen), recibió la visita de un Friedrich Nietzsche bastante ávido por conocer los secretos de la música de la mano de uno de sus mejores compositores alemanes y, por si fuera poco, uno de los más rigurosos. Pero el Nietzsche de ese entonces era el equivalente de un groupie, interesado en seguir la producción de Wagner para todas las óperas del compositor, incluso llegó a soñar con las representaciones tanto de El anillo de los nibelungos como Parsifal, cuyos estrenos en Beirut contribuyeron a la creación del Bayreuther Festspiele o Festival Beirut. A partir de ese festival, Nietzsche se dedicó a la escritura de Richard Wagner en Beirut, un ensayo muy simpático que deja ver al filósofo como un adolescente encandilado con la producción de óperas. Solo que el romance con la familia Wagner lo puso a trabajar en dos direcciones. Por una parte, mientras desarrollaba sus escritos de filosofía con base en sus estudios de filología, en forma autodidacta, intentó hacer lo mismo con la música y el resultado de ello fue, entre otras cosas, Nachklang einer Sylvesternacht (Reminiscencias de la noche de Año Nuevo), compuesta en honor de Cosima Wagner, quien cumplía años el 25 de diciembre. Richard Wagner se divertía de mil amores con los esfuerzos de Nietzsche por el repetido interés del filósofo para impresionarlo, ya que él mismo se encargaba de echar por tierra la calidad de su trabajo, aunque a Wagner le sorprendía la forma de la estructura musical. Es decir, mientras Nietzsche arremetía contra todas las formas de saber conocido, su escritura estaba tendida sobre la base de una provocación interrogante que apelaba a la conciencia de la escritura en calidad de instrumento para elaborar la razón y con ella establecer una sospecha. Lo irónico y peculiar de su producción musical es que intentó hacer lo mismo con sus composiciones. La liturgia de la época pone, por ejemplo, la respuesta de Hans von Bulöw tras un encuentro entre él y Nietzsche después de una visita a los Wagner, donde le entregó una partitura y, cómo a partir de ella, el talento de Nietzsche estaba fuera de toda duda, pero sin el foco de su dedicación a ella, no se aprecia lo visionario que llegó a ser en el ámbito musical. Para hablar de un simple detalle, Nietzsche buscó romper con los cánones de la armonía, provocando el énfasis en esquemas tonales que hoy día son el punto de partida para las óperas iniciales de Philip Glass, John Adams, las composiciones electrónicas de Terry Riley, así como el trabajo de Art Zoyd. Se adelantó casi un siglo a las variaciones instrumentadas por ellos y una característica adicional es que se planteó resolver dicho problema con ópera de cámara, así como composiciones a cuatro manos que nada tenían de tradicionales. En parte, El caso Wagner, es un gesto de despedida del filósofo a la muerte de Wagner, no tanto en vida como preocupación del filósofo cuando vio la forma en que se orientó hacia el desprecio de ciertas expresiones culturales, incluida una aversión fuera de serie hacia los judíos y que, más tarde, sería una cúspide muy importante del escritor, gracias a que estableció un precedente entre la congruencia de su obra y un principio moral que la conducía, en lugar de mantener su amistad con el compositor. Hecho eso, contrario a lo que se dice y estipula de Nietzsche, se convirtió en un abierto detractor de toda manifestación nihilista, en la que ubicó a Wagner y gracias a ello, tanto El crepúsculo de los ídolos como Nietzsche contra Wagner pueden apreciarse como una forma de rompimiento que afectó su trabajo musical, previo a su descomposición personal cuando la sí- filis empezó el deterioro que acabó con él. Años después, Lou Andreas Salomé dedicó toda una lectura del trabajo de Nietzsche, en su doble calidad de filósofo como compositor, bajo el nada complaciente subtítulo, guiñado en Nietzsche contra Wagner, dirigido a los psicólogos…

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