Cataluña es una entelequia, o sea un ideal de la imaginación, España también lo es. Entonces, luchan dos entelequias por una supremacía, una sobre la otra y la otra sobre la una. En síntesis: dos egos superlativos se confrontan. El punto de encuentro, igualitario por ser de entendimiento, queda enterrado en el vacío.
La parte rompe al todo y el todo suprime a la parte. En plata: Cataluña se desconecta de España, curiosa expresión que significa volver cadáver al que vivía conectado a una máquina, o sea, ¡Cataluña se convierte en cadáver y resucita misteriosamente! España anexiona a Cataluña, es decir, que esta última es una diferencia que se suprime, no una igualdad con el conjunto formado por diferencias: España conformada por sus pueblos.
La independencia y lo que conlleva tiene demasiado de teatro cómico y de tragedia épica. Nada que envidiar a las tragedias de Esquilo, Eurípides y Sófocles, y a las comedias de Aristófanes. Un plato exquisito para Neptuno, que todo lo sumerge en las aguas procelosas de lo irremediable.
Lo único verídico es este ahogamiento de disimulos llevados a la expresión catártica de las masas aunadas en un grito expresado en forma vernácula y escrito en el idioma del imperio: en inglés, por supuesto, no en catalán ni en español. Ambas realidades peninsulares se anulan para crear una mayor, la del sueño europeo, otra entelequia.
Para que todo el mundo se entere, ¡no faltaba más!, hay que mostrar la pasión de una emoción desbordada que levanta las manos en busca de un sueño siempre escurridizo, pero que ya se toca con las yemas de los dedos extendidos que se extenúan al atardecer.
Los brazos en alto y la pose arrebatada que venera al caos constructor de un Estado. La nación ya está, la emoción patria de quien es todo sentimiento y razón ausente también. Falta lo demás: las minucias desgastantes del día a día. Esas son la incógnita, el sobresalto del presente y del mañana que amilana. Ahora no importan, son naderías.
La pasión de la masa sienta bien. Caras arriba, que esto va camino hacia algo nuevo y mejor, más digno. Es la felicidad del panadero que amasa la masa y hace el pan que proveerá alimento y dicha. Toca a todos esa emoción.
Se siente el barullo indefinido y chocante de los cuerpos que se buscan y se alcanzan. Cataluña, esa patria fuera del todo, integrada en sí misma y caída en el pozo de su mismidad, camina hacia lo indefinido, contenta de estar caminando. La historia que no acaba nunca dirá hacia dónde, quizá a ninguna parte, seguramente a su centro que no aparece en ninguna brújula.
Más allá queda España, piel de toro agujereada conformada en el crisol de mil pueblos diversos. Cataluña agrieta su continuidad con esos pueblos, los anula de su imaginario. No solo huye de España, entelequia, sino de sus vecinos reales: mujeres y hombres gallegos, asturianos, cántabros, riojanos, vascos, navarros, aragoneses, valencianos, castellanos, madrileños, extremeños, andaluces, murcianos, valencianos, baleares, canarios, ceutíes, melillenses.
La soledad es inmensa en ese territorio yermo de solidaridades históricas abandonadas que hacían virtuosa a la patria catalana y engrandecían a la española. Ahora “el todo para mí” queda como divisa que sustituye a los “catalanes de firmeza” de Miguel Hernández y entierra a la España plural de los sueños constitucionales de concordia entre los pueblos de España.
Queda el buceo de la introspección del querer ser solo catalán y quizá por fin conseguirlo. Y después qué. Ese qué es todo el sentido del vacío de estar solo al fin. Y a pesar de ello se sigue caminando, se sigue estando en la brega por la “libertad” en contra de la “opresión”; ambas más imaginadas que reales, más sentidas que experimentadas por los catalanes. Dignidades maltrechas de la pretensión de ser más que sí mismos aparte.
Castilla en el horizonte, Madrid es Castilla, España es el horizonte que se niega: aplasta la identidad catalana. La negación se manifiesta en la ruptura: espacio ciego en el que el ciego mira oscuridades y canta “Catalonia freedom”.
Que se entere todo el mundo que mi aspiración es mi mundo, que no se me puede negar el derecho a mi mundo, que lo que digo yo lo dice todo el mundo, que todo el mundo está de acuerdo en lo que digo yo sobre lo que es mi mundo. Fin de la discusión.
Las vueltas hedonistas de la testosterona a flor de piel son las que definen lo que ocurre. Se busca y se encuentra al rival, que ya no es amigo sino el enemigo a aniquilar del pensamiento. Cataluña-España, España-Cataluña se pelean a garrotazos como en el famoso cuadro de Goya.
La noche es larga y el día no llega. La duermevela es una continuación de las pasiones. Ocurre lo trascendental sin medias tintas ni ambages oscurantistas. Llega la hora, el segundo exacto. La pose altanera del uno y del otro, ambos expresando el desencuentro con expresión circunspecta. Portan con soberbia su bandera. Están dispuestos para la batalla.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.