“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”, estoy rememorando el famoso poema de amor de Pablo Neruda o ni siquiera eso. Puedo estar a favor y en contra, ¿de qué?, me pregunto. Puedo no estar siquiera y así untarme de indiferencia el cuerpo y el alma. Puedo no sentirme afectado por lo que hacen otros en contra o a favor de mí, que soy mis ideas. Puedo ser cínico, estoico, Epicuro, ecléctico o lo que convenga ser.
Tanta indefinición es para mí la definición que necesito para moverme con libertad: me permite hacer y deshacer a mi antojo pensamientos y acciones sin que los otros sepan de mis intenciones.
Me miro y mido mi ego, reboto mi propia imagen. Soy likes y followers. Soy, entonces, lo que siempre quise ser: un ególatra de la posverdad que disputa sofísticamente el sentido de su retórico reconocimiento.
Tengo un momento estupendo, en el que no hay más verdad que la mía. La establezco a través del acuerdo personal conmigo mismo. Todo eso, soy consciente, conlleva un narcisismo que resulta de mi visión superlativa de mi yo elevado a la enésima potencia.
Soy el “mí esto, mí lo otro”. Esa es mi única certeza. Me centro en mi centro; huyo de cualquier encuentro con el otro, de cualquier tipo de cordialidad con él. Es demasiado extraño para que me interese.
Así que me encuentro tirando todo lo que encuentro. Soy Cataluña, soy España. Asomo la nariz por afuera de la bufanda para interpretar el sainete de enredos que todos observan con angustia. Soy un personaje tan indefinido y diluido que no se me puede reconocer. Mis diálogos se basan en el: “Donde dije digo, digo Diego y santas pascuas”.
Me mantengo firme y seguro en una forma antigua de posverdad, que es adecuada a cualquier tipo de sustancia discursiva con efectos de materialidad. Mis declaraciones denotan la convicción y fortaleza que pretendo y suspendo por arte de birlibirloque.
Muy cantinflesco soy, muy de norte desnortado y brújula rota que señala el rumbo de mi esperanza. En estos instantes sin dirección juego a los juegos que dan lugar al cumplimiento cabal y correcto de los mandatos de mi propio pensamiento, que reclama de forma imperativa la Abolición en mayúsculas para Construir, mayúsculas también, mi grandeza histórica.
Indefiniciones aparte, mi paisaje se convierte en un desierto y en un vergel según el estado de mis ojos. Los márgenes para que cree un espejismo y una alucinación son enormes. Lo más probable es que la sed acabe con mis engreídos hilos de pensamiento.
Estoy aquí, cómodamente arrebujado en el sillón, con la pluma y el cuaderno en la mano, ideando los mapas del exilio. Imagino los escenarios futuros, todos ellos promisorios y alejados de los androides que sueñan ovejas eléctricas.
No digo que mis sueños, que traduzco en posverdades para mis camaradas, sean la realidad, pero sí afirmo que dan existencia a la misma. Construyo con ellos la esencia del deber ser y del ser. En todo, mis sueños son mi imaginación y mi verdad.
Otros llaman a mis sueños “voluntad”, yo los llamo afirmación asumida como vocación. Yo los afirmo y otros los afirman conmigo. Todos nosotros compartimos los sueños que nos constituyen como diferentes. Somos, por tanto, constitución de sueños: nación, patria, libertad.
En estos momentos, urgido de la necesidad más perentoria, examino mis manos martilleando un clavo en un ataúd. Conformo una unidad dentro de otra unidad, burbuja mayor a punto de estallar. Estoy encerrado en una muñeca rusa funeraria. Rompo el globo y me entierro dentro del ataúd. No importa, lo importante es que el globo ya no existe más.
Mis miserias funerarias y yo andamos dentro de mi entierro desandando lo andado. Mi funeral es por voluntad propia. Deshilo lo hilado para hilar. Me importa destejer no tejer, desandar no andar.
Encuentro la forma más importante de lo que soy: un desencuentro encontrado a encontronazos que se niega a ocupar un mismo espacio. No puedo hablar de mis aspiraciones y esperanzas.
Comparto un diálogo de sordos y espero que me comprendan. Grito verdades de Perogrullo que tienen un eco tan ensordecedor que enmudecen. Pretendo que mi diálogo se convierta en monólogo que elimina.
Estoy aquí, en esta situación de días y semanas sin salida que me pondrán a la altura del betún. No me afecta, rodaré por mis efímeras reminiscencias con perseverancia para encontrarme.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.