La semana pasada describí en primera persona el sentir de los dos personajes principales de la tragicomedia catalana-española. Esta semana me adentro en las circunstancias de ambos personajes, con el juego de cartas que se traen estos días entre manos como leitmotiv. Comencemos.
A veces la mejor respuesta es simplemente darla y no callar en busca de los réditos que se supone tiene un silencio bien dado. Y es que no hay silencio que se precie que no tenga un contenido tan espeso como una niebla de inicios de mañana en la que no se ve a un palmo de tus narices, y quisieras alumbrarla con la luz de la vela que utilizaba la abuelita los días de salmodio, versículos y hemistiquios.
Y entonces estamos, nomás faltaba, al principio de todo sin que se hayan movido ni un milímetro las posiciones. Al fin y al cabo moverse es caerse y hacerse un daño irremediable e irreversible.
Parece que no haya transcurrido el tiempo y todo siga igual, pero un poco más allá. Sin que eso signifique que el espacio, al menos el político, haya sufrido alguna alteración que haga visible la salida.
Lo que sí se ha movido han sido las cartas, que han volado a uno y otro lado sin encontrar el destinatario adecuado que tan cuidadosas palabras merecían. La sordera que se tiene no ha disminuido ni un poco
siquiera.
Ambos piden un diálogo innecesario, pues es solo de cara a un tercero. En realidad ninguno de los dos quiere dialogar y sigue y suma, y suma y sigue; por supuesto, en un monólogo que les acomoda más, por ser el propio que les conviene.
Entonces, ambos se llenan de sus razones y conversan con su imagen en un espejo; y el espejo es un interlocutor de lo más adecuado, ya que les devuelve siempre, sin tara de discrepancia alguna, lo que quieren leer de sus labios.
Es mucho más desagradable cuando tienen que ser cuidadosos con lo que dicen en su carta ¡Qué pesadez! Uno no se hizo líder máximo de la nación suprema para hacer ejercicios de redacción. El poder de la investidura es para otra cosa.
El sábado toca terminar o seguir. Al fin, los dos hombres ya han empezado a encontrarle el gustillo a los juegos de palabras y las respuestas laberínticas e intrigantes que solo se pueden leer en clave.
“Lo real”, alejado de cualquier escrúpulo sentimental, lo tuvo claro desde el principio y no tardó en emigrar a otros lugares más confortables. Lo suyo, que es la buena vida que da el beneficio, no atiende a sentimientos de ninguna clase.
La banda del mercado no se ofusca. Se aleja de cualquier horda que le perturbe el sueño. Sigue durmiendo apacible, aquí o allá, en cama mullida. Los otros se lamen las heridas de las pesadillas provocadas por las turbas del desentendimiento.
Es curioso que las cartas ya no sean de amor sino de ruptura, y entonces: ¿si ya rompieron para qué se escriben? Solo para apercibirse de que si no quieren romper deben romper. Y se echan los trastos a la cabeza para romper
pacíficamente.
Dos naciones, dos niños, jugando a jugar que juegan. Eso les divierte mucho, pese a la seriedad que aparentan. Jaleados por los suyos se atrincheran con sus cromos y están preparados para utilizarlos como armas arrojadizas en cualquier momento.
Las cartas echadas, las cartas son cromos. Las cartas sobre la mesa a punto de descubrirse. Fin del juego: fin de lo que fue, principio de lo que vendrá. Será otra cosa y no más de lo mismo, aunque se le parezca mucho.
Encontraremos a faltar el juego de las cartas y desearemos, aunque no se pueda, volver a él. Querremos, ingenuamente, que se nos devuelva lo que ya
perdimos.

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